• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Cine criollo de explotación

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Regresamos a los tiempos del Román Chalbaud de la serie Cangrejo, del César Bolívar de Homicidio culposo, del Clemente de la Cerda de Soy un delincuente.

En los setenta y ochenta fue la novedad de la pantalla, heredada del consumo de las crónicas sensacionalistas y amarillistas.

Hoy es un mercado de explotación, alimentado por múltiples factores, como la inseguridad, el subsiguiente caudal de historias basadas en hechos reales, la adopción pragmática de métodos de producción alternativos.

Así llegaron tres cintas vernáculas a la cartelera de verano: Las caras del diablo 2, El psiquiatra y Complot, piezas de género dedicadas al gran público. Las firman Carlos Daniel Malavé, Manuel Pifano y Jackson Gutiérrez, quienes comparten muchas características, habilidades y recursos.

Ruedan con prisa, estrenan varios títulos por año, plasman sus proyectos en formato digital, son ingeniosos para abaratar costos.

Colegas del gremio envidian su ritmo de trabajo. Allí debemos rescatar un mérito del grupo. Otro asunto complicado es la recepción crítica de sus respectivas obras.

Por ejemplo, el colega John Manuel Silva afirma lo siguiente sobre una de las cintas mencionadas: “Vi El psiquiatra y creo que es una de las peores películas que he visto en mi vida. Despreciable todo ese ejercicio de explotación del dolor ajeno, a manos de autores oportunistas y mediocres”.

Luis Bond también comparte una percepción de corte similar: “Los problemas de fondo y forma la van agujerando desde la primera escena (un cadáver de una chica con un ojo afuera que parece sacado de La casa mágica) hasta el último plano (una supuesta cárcel que parece el baño de cualquier gimnasio), haciendo que los esfuerzos por sacarla a flote se pierdan rápidamente”.

En efecto, la propuesta de El psiquiatra acaba diluyéndose desde el principio, por culpa de las interpretaciones y el típico enfoque de un capítulo de Archivo criminal, cuya definición evoca el perfil de una tesis de grado, de un ejercicio amateur. Un problema afín al resto de los largometrajes citados.

Se aborda, entonces, el género policial según parámetros convencionales de realización, a pesar de ejecutar los proyectos con técnicas supuestamente de avanzada, de guerrilla.

En realidad, poco hemos evolucionado en forma y fondo, más allá de los cambios cosméticos del empaque.

De cualquier modo, Caras del diablo 2 y Complot denotan una cierta evolución en la carrera de sus directores. Las imágenes de ambos cobran mayor vistosidad, sus cámaras ya no permanecen tan inmóviles ante el desfile de actores y figurantes.

Con la práctica, el ensayo y el error, los filmes de ellos comienzan a ganar dinamismo. Aunque no es suficiente para el espectador versado en la materia.

Al final, las ideas, los estereotipos y los conceptos trillados se imponen en el acabado plástico de Complot y Las caras del diablo 2.

Volvemos a un panorama lastrado por viejas tramas de secuestro y gatillo alegre, unificadas alrededor de un formato plano de melodrama para la caja chica.

El equivalente vernáculo de las series colombianas como El capo y El patrón del mal. Tipo narconovelas con malandros, groserías y demás.  

Interesante porque, al menos, visibilizan expedientes oscuros de la agenda contemporánea. Aun así, la denuncia se queda en la superficie y no logra incomodar al poder.
 
Tinta roja evaporada.