• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Sergio Monsalve

Yo soy Charlie en pantalla grande

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Como el 11 de septiembre, el siniestro atentado contra Charlie Hebdo marcará el devenir de la historia del cine.

Con seguridad, el drama y la no ficción plasmarán la realidad del lamentable hecho.

Desde la caída de las dos torres en adelante, la gran pantalla brindó luces al espectador para comprender las diversas aristas del tema.  

La pesadilla terrorista fue analizada, desglosada y desmontada por una importante cantidad de películas y documentales.

A su vez, la industria sacó un provecho pragmático del clima de paranoia, al producir una cadena de franquicias.

Entonces, los superhéroes llegaron para quedarse, ofreciendo una esperanza populista de estabilidad y paz, según el esquema de tópicos binarios y maniqueos.

Hubo excepciones a la regla de la pornografía apocalíptica, recientemente cuestionada por Alejandro González Iñárritu en Birdman.    

Iron Man 3 y Caballero oscuro son dos cumbres del género, por su curiosa estela de ambigüedad, que formulan preguntas incómodas a la audiencia. Batman se veía en el espejo del Guasón, quien intentaba demostrar un punto: la doble moral, la relación entre el bien y el mal.

De igual modo, las corrientes periféricas e independientes buscaron captar la esencia del problema. ¿Cuál es su origen? ¿De dónde surge y por qué? ¿A quienes involucra y afecta?

Hablando de Francia, podríamos recordar el trabajo de Olivier Assayas en Carlos, protagonizado por Edgar Ramírez.

El estupendo filme reconstruía la vida del improvisado y egocéntrico Chacal, cuyos atentados escondían un profundo complejo de inferioridad, así como las desacertadas imposturas de una cierta izquierda guerrillera, mesiánica, inquisidora.

Al final, la violencia no resolvía absolutamente nada y condenaba a prisión al personaje principal, junto con sus ideales traicionados por la corrupción.

La cinta aportaba una visión pesimista sobre un pasado difícil de separar del presente y del futuro.

Si nos vamos más atrás, otras dos piezas de acento francés nos permiten ilustrar el contexto de un país definido por la sombra de los conflictos sociales y de las tensiones raciales: La batalla de Argel y El odio.

Fuera y dentro del radio de Europa, los realizadores contemporáneos desarrollaron una muy discutible interpretación conspirativa del asunto, explotando lecturas amarillistas, especulando a diestra y siniestra, sembrando dudas en lugar de respuestas. Caso de fenómenos virales como Loose Change y Zeitgeist, donde literalmente acusaban a Bush de tumbar el World Trade Center, para justificar la campaña de la guerra de Irak.

En un tono más serio, Why We Fight, Taking Liberties y Power of Nightmares dejaban en evidencia cómo los gobiernos instrumentalizan la sensación colectiva de caos y miedo, a objeto de impulsar las agendas corporativas y electorales del poder.

Para ir cerrando el bucle, Vuelo 93 y Zero Dark Thirty se apegaron fielmente a las versiones oficiales. 

Pero detrás de su aparente naturalismo inocuo, lograban proyectar imágenes y conceptos de interés político, como el descontrol de la maquinaria burocrática y la fría deshumanización de una operación de inteligencia. Efectos del ascenso del fundamentalismo islámico.

Aquí, por último, cabe recomendar tres títulos: OsamaParadise Now y Esclavo de Dios. Obras dedicadas a explicar las trágicas consecuencias de la adopción de la yihad, del extremismo musulmán. Verbigracia, así volvemos al planteamiento inicial.

Por tanto, contamos con el cine para recuperar y honrar la memoria de las víctimas del cruel ataque del 7 de enero en París.

El séptimo arte dice, por derecho propio, “Yo soy Charlie”.