• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Carta abierta a Nicolás Maduro

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Palacio de Miraflores. ¿Su despacho de emergencia, de excepción? Señor Nicolás Maduro. No lo llamo presidente, porque usted ganó con trampa y usurpa funciones como jefe del Estado. Le escribe un ciudadano de a pie, vulgar y corriente, como cualquier otro. Como me dedico a reseñar películas, desde el espacio del análisis audiovisual le envío la siguiente misiva, a modo de reclamo.

Si no le contaron, su gobierno abolió a la crítica de cine, como en la época de Hitler, por considerarla una tradición intelectual decadente, ajena a las odiosas prácticas de las relaciones públicas de la quinta república. La prohibieron, la censuraron y la condenaron al ostracismo, al provocar el paro técnico de la revista Encuadre, hoy fuera de circulación.

Sus enterradores contaron con la complicidad del gremio y por tanto nadie salió en defensa de la publicación. Fue un crimen perfecto. Un acuerdo tácito para despachar y sepultar a un grupo incómodo de periodistas disidentes. Algunos se vieron obligados a abandonar el oficio. Por un tiempo reinó la incertidumbre ante el destino incierto.

Afortunadamente, surgió una generación de relevo gracias a la impronta de las redes sociales. Los veteranos volvieron a su trabajo, apoyados por los medios clásicos y los portales emergentes de Internet. No hubo conflicto entre la vieja y la nueva escuela. Así resucitó el ejercicio denostado por sus camaradas, cuyo encargo de exterminio impulsó el efecto contrario. Fíjese en el ejemplo, pues resulta una constante de su pésima gestión. Intenta destruir a la oposición. Esta lo derrota, elección tras elección. ¿Por qué no aprende de sus errores?

A propósito, continuemos hablando de luces, cámara y revolución. Tampoco le informan del memorial de agravios de la industria nacional, dilapidada por sus operaciones políticas de propaganda. Los mujiquitas solo le relatan la parte bonita de la historia, el final feliz de la cadena de comiquitas involuntarias.

Lo tienen sumergido en una cápsula de hibernación, cual Walt Disney del socialismo del siglo XXI, para ocultarle la realidad. Lo consuelan enumerándole cifras (pasadas de moda y sacadas de contexto), recitándole la cartilla de protección a los ingenuos y domesticados guerrilleros de la comunicación dizque independientes, recordándole la lista de premios obtenidos en los últimos años (300, 500, siempre inflan la cantidad), invitándolo a los estrenos de cuanto mamotreto bolivariano le producen a la medida de sus gustos obsoletos y estalinistas (El hombre de las dificultades, Libertador y Abril).

Toca despertarlo del sueño profundo y mostrarle una proyección del festival de pesadillas, organizado por sus burócratas. Culpa y responsabilidad directa de la gerencia designada por su dedo, por su mazo dando.

Despilfarraron 50 millones de dólares en una fallida biografía del mentado padre de la patria. El pico máximo de la bancarrota generalizada de los largometrajes épicos, generados como churros por su máquina de lavar cerebros.

De ruina en ruina creativa fundió el motor de la Villa del Cine, la niña de sus ojos devenida en una caja chica saqueada y quebrada. Actualmente es un parapeto, una fachada, una empresa de maletín, un monumento a la desidia y a la falta de criterio. Nació mal. Terminó fulminada. Hasta sus propios explotadores del pasado reniegan de ella. Fingen demencia como usted, señor Nicolás. Gozan de sus beneficios adquiridos en el extranjero. No se deje engañar. Aquí muchos realizadores son meros delincuentes disfrazados de Orson Welles, incomprendidos e irreverentes. Conocemos sus nombres y apellidos. Padecemos sus bodrios en la pantalla grande. Exprimieron y secaron la ubre del CNAC (en terapia intensiva). Les recomendamos bajar el perfil y regresar el dinero robado a las arcas públicas. Mínimo activarles un plan de contraloría social.

Para resumirle el guion de espanto y brinco, los recortes eléctricos le apagaron las escasas energías a las áreas de distribución y exhibición, sometidas a un régimen de estricta supervivencia. Ojalá logren superar el escollo, la difícil coyuntura.

La crisis agudizó la tragedia del sector, fungiendo de espejo de la situación país. El primer semestre de 2016 despliega la escena de una pobre réplica de una franquicia nacional de terror. No vale la pena mencionar los despropósitos lanzados a la cartelera, durante el año, por cuestiones de trámite. Ahí los sacrificaron y los quemaron por inocentes. ¿A cuáles liquidaron, a los peces gordos, a las vacas sagradas? Aplicaron un método de matanza selectiva, harto discriminatorio. Llevaron a la carnicería a propuestas de amateurs, jóvenes y advenedizos. Sometieron al escarnio y a la autodestrucción a su mentira del séptimo arte comunal. De paso, a los noveles cineastas les mochan sus óperas primas en las salas de edición, violándole derechos garantizados por ley. Casos por montón. Para armar un expediente.

Por ello, señor Nicolás, su función debe concluir. Basta de amenazas de parodia de El último rey de Escocia, de sumir a la población en la miseria de El hijo de Saúl, de permitir la corrupción de la boliburguesía a la manera de El lobo de Wall Street, de conducirnos a una Civil War, de transformarnos en Angry Birds, de forjar conspiraciones truchas de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, de buscar chivos expiatorios, de emprender cacerías de brujas, de justificar y prolongar la agonía de un período cancelado, impopular, represivo, desfasado.

Dada su arrogancia de Torquemada, le auguramos un desenlace idéntico al del infausto senador McCarthy, deconstruido en el título Good Night, and Good Luck. Sea humilde, escuche a la gente y acepte el reto del referéndum.

Evite una confrontación innecesaria, un estallido, un Caracazo, una conclusión de Winter on Fire en una plaza Maidán. Vaya armando sus maletas. Próximamente en salas, los espectadores asistirán a su The Last Picture Show. Nos vemos en el rodaje inminente del revocatorio, señor Nicolás Maduro.

Atentamente, Sergio Monsalve, crítico de cine y hater de su Juego de tronos