• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Canción animal

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Animales al acecho. Cazadores todos. Imágenes de la selva invaden la pantalla. Vemos primeros planos de felinos. Por ratos, nos sentimos dentro de un safari, un zoológico a cielo abierto. La fauna atraviesa el desarrollo del metraje, como la inesperada proyección de un corto de Discovery Channel. El recurso se emplea en dos películas recientes: Relatos salvajes y Lucy. El fin es el mismo. Se trata de ilustrar el devenir de un mundo desbocado y dominado por las leyes de Darwin. No hay lugar para los débiles.

Desde el prólogo, el filme de Damián Szifron vuela por el aire del desmontaje de nuestra especie. Un crítico pedante y su víctima hacen estrellar un avión sobre la faz de la Tierra, sobre el propio espectador. Entra luego la música, con ecos de western, de Gustavo Santaolalla para anticipar los derroteros del complejo guión, estructurado por seis tramas paralelas. Así comienza una gran historia de vida cruzadas, a la manera de Short Cuts, Magnolia, Pulp Fiction y Amores perros.

El rompecabezas argumental va armándose con diversos fragmentos inconexos. Un hombre quiere matar a otro en una carretera perdida. Un joven atropella a una mujer y su padre lo encubre con la ayuda de un abogado. Poco a poco, el público descubre el significado del resto de los conflictos.

El director ofrece una mirada implacable, tragicómica, sin concesiones, retratando a unos personajes sumidos en una espiral de violencia, venganza y brutalidad. 

Al final, Relatos salvajes desnuda, con humor negro y sensibilidad, la naturaleza depredadora y caótica de la sociedad argentina. En resumen, una lograda pieza de autor, bien secundada por el clan Almodóvar. Mujeres y hombres al borde de un ataque de nervios.

Por su lado, Luc Besson apunta a un target más internacional y convencional. Su Lucy es un largometraje estrictamente de género, estelarizado por Scarlett Johansson. Pero en su descargo, cuenta con el absoluto respaldo de la personalidad y el compromiso del realizador francés, quien regresa a sus dominios, entre los asesinos a sueldo de León, los efectismos de la serie Taxi y las mujeres fuertes de títulos como Juana de Arco, El quinto elemento, Nikita y The Lady.

El llamado “síndrome Trinity” (catalogado en homenaje a la chica dura de The Matrix) vuelve a ser revisitado por la obra del director francés.

Las mejores bazas de la cinta son el ritmo desenfrenado de la edición, la estética de cine posmoderno, la presencia de los secundarios (Morgan Freeman, Amr Waked y Choi Min-sik), el manejo de la fotografía, la vistosidad de las diferentes locaciones y la seductora contribución de la protagonista, cuya inteligencia se dispara al cien por ciento tras la absorción accidental de una droga de diseño (introducida en el mercado por una mafia de origen asiático). 

Los ángulos discutibles de la pieza responden a la activación de viejos prejuicios (“la amenaza amarilla”), al reciclaje de una moraleja medio new age (tras la huella de El árbol de la vida de Terrence Malick) y al ensamblaje de una conclusión mesiánica. Como siempre, la heroína se redime y sacrifica en beneficio de la humanidad.

Fuera de ello, Lucy se disfruta y consume como una trepidante propuesta de acción, salpicada de algunos mensajes de contrabando. Su único y real problema: trafica con contenidos ya procesados por la industria. Igual se la recomendamos a los fanáticos de Luc Besson.