• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

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Apuntes sobre la Reforma de la Ley de Cine

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Aprobada en 1993, la nueva Ley de Cine brindó impulso a la industria nacional. Sufrió una reforma seis años después. Ambas iniciativas consolidaron la marca venezolana tanto dentro como fuera del país. Imposible desconocer sus alcances, logros, números y reconocimientos. Sería un ejercicio necio tapar el sol con un dedo. Buscarle las cinco patas al gato.

Por supuesto, nada es perfecto y los resultados admiten cualquier tipo discusión. De cualquier modo, hasta 2013 y 2014, parecía reinar un clima de consenso, alrededor de las virtudes del instrumento sancionado en la Asamblea. Pero la crisis política y económica le puso fin al cuento de hadas, a la luna de miel, al clima de “sí se puede”, al color esperanza.

De un tiempo para acá hemos entrado en un estado de alerta, paranoia, miedo, angustia e inquietud ante las condiciones inciertas del futuro sombrío de la nación.

Los índices de recaudación cayeron en picada, la gente empezó a sacarle el cuerpo al producto vernáculo, varios títulos se desplomaron como fichas de dominó al hilo.

En 2015, la constante del primer semestre fue el espectro del embudo de las dos semanas. El lapso mínimo para permanecer en salas, de no conseguirse un porcentaje establecido de recaudación. Así, los estrenos acumulados se proyectaban y quemaban en cuestión de 15 días. Surgieron las voces de protesta, los reclamos, las idas y vueltas, las exigencias, las querellas, las disputas, los reconcomios, los resentimientos, las denuncias, los llamados a la acción, las amenazas, los dimes y diretes.

Hablando claro, las opiniones y las informaciones no oficiales desataron una ola de rumores en el seno del gremio. Supuestamente expropiarían una cadena de exhibición. El negocio sería completamente estatizado. El gobierno, a través del Minci, pasaría a administrar los fondos públicos, subvencionados por los dineros del sector privado, con fines propagandísticos y proselitistas. La comunicación comunitaria, funcional a los intereses de la revolución, recibiría el mayor pedazo de la torta a repartir. Los vientos de tormenta anunciaban un desenlace apocalíptico, de mal en peor, para el relato del boom del siglo XXI, de la segunda edad dorada.

En medio de tales circunstancias no aclaradas del todo, irrumpe en el mes de junio el plan estratégico de cambiar, ajustar y modificar las reglas del juego, bajo la insólita supervisión de Cristóbal Jiménez, quien preside la folklórica Comisión de Cultura y Recreación de la Asamblea Nacional. El disparate político más sonado de la reunión, al exigir una versión de Ciudadano Kane en la patria de Bolívar. Zapatero a su zapato. Afortunadamente, el cantante del llano cumplirá un papel secundario y decorativo en la discusión, porque de séptimo arte sabe poco.

Aprovechamos el espacio restante para sumarnos al debate, sembrar nuestro granito de arena (como dirían las misses), proponer conceptos, sugerir enfoques y plantear ideas apegadas a la razón, desde nuestro humilde rincón.

Lanzamos un mensaje en el interior de una botella. Veremos si llega a su destino y obtiene alguna respuesta positiva. Sea como sea, las circunstancias nos obligan a fijar posición. Vayamos rápido al grano.

Colegas, ya basta del verso “imperio yanqui”, de la planta insolente a combatir, del monopolio de Hollywood. Es buscarle la salida fácil al problema de fondo. Hagan la prueba, camaradas. Eliminen la oferta procedente de Estados Unidos de la cartelera. En días, la plataforma se hundiría. Duro pero cierto, como una tumba.

Consulten a los espectadores, antes de ponerse a inventar y sancionar decretos. La meca no es el enemigo. Debe asumirse como un aliado en la movida. Por supuesto, exige y demanda retos mayúsculos para competirle en igualdad de condiciones. No obstante, se ganó su lugar en la taquilla. Y a pesar de ello, varias veces le hemos hecho una sana y justa resistencia. Solo es cuestión de dejar de mirarlo como el chivo expiatorio, como el villano de la serie, como el adversario que se debe doblegar y bloquear. Aprendamos de sus campañas de publicidad, de sus atributos y defectos.

En paralelo, sigamos promoviendo la democratización y diversificación del mercado. En el menú de la programación, merecemos disfrutar de los sabores y los contenidos de los cinco continentes. Cada uno envuelve una singularidad enriquecedora para el estómago del público. ¿Dónde reside el principal obstáculo? En la mente de la audiencia, acostumbrada a digerir una sección limitada del recetario global.

Aquí sí vale la pena implementar iniciativas de enseñanza y educación, destinadas a ampliar los estrechos márgenes de la conciencia colectiva. En vez de aplicar un correctivo de manera vertical, la sociedad civil necesita de la orientación de los entes y las instituciones culturales, a objeto de ensanchar sus expectativas de consumo.

Por último, dos cuestiones delicadas. Uno, el espíritu paternalista y proteccionista nos conduce hacia un atolladero. Alimentamos un pensamiento de víctimas, de Cenicientas, de mendigos, de parásitos, de mártires de los fantasmas y demonios de la distribución de los panes. Fomentamos roscas dulces, corrientes acomodaticias, macollas pragmáticas, élites intocables, escuelas de autocensura, círculos viciosos. Creamos a un monstruo con look de bachaquero, cerebro de minero y corazón insensible de corrupto.

Dos, los circuitos corporativos e independientes tampoco son la manzana podrida de la discordia. Compartamos sus requerimientos y sus posibilidades. Entendamos sus convenciones. Estimulemos su desarrollo. No intentemos aplastarlos y someterlos. Convivamos en armonía y paz.

¿Incrementar de facto impuestos, cuotas, semanas de pantalla, retribuciones y diezmos, salvará a la industria de su parálisis, de su actual estancamiento, de su momento de depresión? Respuesta complicada y sujeta al análisis de las partes involucradas.

Según nuestro punto de vista, la crisis no se solventa, no se arregla, sancionando un paquete de medidas populistas, demagógicas y punitivas. La libre empresa corre peligro de desaparecer. Aboguemos por fortalecer lazos de unión, tolerancia y concordia.

Por una reforma ajena al credo dogmático y cerrado de la polarización.