• Caracas (Venezuela)

Sergio Monsalve

Al instante

Antichavismo de peso ligero

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El Inca ofrece sus mejores golpes en los primeros rounds del metraje. El director introduce una historia verosímil con recursos austeros, una narrativa dinámica y un grupo de actores convincentes.

Alexander Leterni conquista la corona nacional de la generación de relevo de los actores del método al encarnar un papel de alta complejidad, desde lo físico hasta lo mental.

Bajo la tutela del realizador, el intérprete dota al personaje de una estimable gama de matices, pasando de la pérdida de la inocencia a la prematura consagración profesional. Rompe récords en su división, obtiene el título mundial y conserva la racha de invicto por 27 peleas.

El protagonista logra transmitir los diferentes estados alterados y anímicos del boxeador, demasiado humano en la sonrisa, atormentado por los demonios de su calvario personal, producto de un contexto de miseria, pobreza y adversidad. En él se cifran varias metáforas sobre la Venezuela de los ídolos rotos. Una de las claves del subtexto.

El prólogo despierta el suspenso del espectador y cierra la incógnita en el epílogo. El plot gira alrededor de la pregunta: ¿Valero mató a su esposa?

El guion describe el ascenso meteórico del pugilista y el progresivo desmoronamiento de su carrera.

Ignacio Castillo Cottin libra una digna batalla contra los límites de la industria vernácula, poco o nada acostumbrada a concebir y ejecutar proyectos de forma independiente. Sin pedir un centavo al gobierno, el cineasta aprueba el difícil examen de convencer a inversionistas privados para filmar su segunda película. Conecta así con la búsqueda de autonomía de otros emprendedores audiovisuales del país, tanto de la vieja como de la nueva escuela.

El Inca combina las técnicas y contenidos de una tendencia mainstream global, adaptada a las condiciones del mercado interno. Propone la revisión de un género establecido, según el enfoque de un joven autor influido por los lenguajes contemporáneos de la publicidad, el video clip y las series de televisión.

La fotografía cumple con el trabajo de traducir el argumento al idioma polisémico de las imágenes en movimiento. De día, los desplazamientos de cámara develan el aura costumbrista e hiperrealista de las acciones, restaurando algunos hallazgos del clásico Rocky. De noche, los colores opacos y contrastados exponen el dilema del relato, escindido entre la fascinación y repulsión por la figura del antihéroe, un arquetipo de la condición esquizofrénica. El acabado plástico va perfilando el destino trágico de un coloso aparentemente invencible, derrotado por sus propios delirios, desórdenes y complejos.

El atleta favorito del presidente Chávez se representa, entonces, como un ícono del ocaso, de la autoinmolación de la épica del socialismo bolivariano.

El reparto secundario, la música, la mezcla de sonido y la sobria puesta en escena contribuyen a crear una atmósfera pesimista, crepuscular, emblemática del declive de una época.

Cuatro aspectos descompensan el balance de la cinta: el arte (lastrado por detalles como el diseño de un tatuaje falso), la producción a gran escala (desdibujada en su precariedad cuando el lente expande el campo de registro), la edición (porque el tercer acto merece un corte exhaustivo, dado lo redundante de su discurso) y la apelación alegórica subrayada. Es obvia y perfectamente prescindible la simbología “choronga” de la mariposa negra.

Aunado a la timidez política del conflicto y la resolución predecible de la trama, El Inca sufre para mantenerse en pie durante sus dos horas de proyección. Gana por los puntos de su esfuerzo colectivo. Sucumbe a la lógica instrumental de un melodrama biográfico tradicional.

Pudo ser un contundente nocaut para la estética de la revolución. Queda en la superficie de la versión popular de la crónica roja, del crimen pasional. A la postre, una inofensiva explotación del morbo. Todavía esperamos por un filme verdaderamente incómodo para la dictadura.