• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

Al instante

El síndrome del miembro ausente

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En verdad, el destino de los países es tan inescrutable como la conducta de un marciano. Por eso no apuesto demasiado por lo que pueda ocurrir en las elecciones de ningún país de América Latina, donde el azar, el espectáculo, las venganzas y los reconcomios tienen mayores probabilidades de triunfar que la modernización o el bienestar.

Lo que llama mi atención, lo que atrapa mi curiosidad de merodeador de gente que necesita terapia, se encuentra en otro lado. Son ciertas personalidades que representan un enigma, una suerte de incógnita clavada en el tejido social de un país como higuera en cancha de golf (Cisneros).

Por eso me interesó Daniel Scioli, el gobernador de Buenos Aires, quien aspira, junto con su amigo de juventud Mauricio Macri, a la presidencia de la Argentina pos-NK/CFK. Y su interés, debo confesarlo aquí, surgió de la lectura de una noticia firmada por Carlos Cue en El País, sobre la presentación del patrimonio personal de los candidatos presidenciales.

En esa nota me llamó la atención que Scioli, uno de los abanderados del Partido Justicialista, el peronismo populista con raíces en el pueblo más necesitado, fuera el hijo de un acaudalado empresario, que siempre tuvo una vida holgada, cercano a lo que los italianos llaman la dolce vita. Vaya paradoja. Pero hubo un dato en esa nota de Cue que me hizo alzar la ceja.

Daniel Scioli tiene una casa de 30.000 m² y 7.500 m² cubiertos en las afueras de Buenos Aires, en un sector conocido como El Tigre. Allí este político enigmático ha construido su Xanadú personal: mansión, piscina, parques, helipuerto, club deportivo con cancha cubierta, amarradero de embarcaciones, y la guardería náutica El Remanso con capacidad para 400 lanchas.

Lo que en verdad acicateó mi sorpresa fue la cancha de fútbol, donde juega con un equipo de primera división. Esa cancha tiene gradas en los lados, con estatuas de cera, de gente célebre que los ve jugar: Che Guevara, Churchill, Gandhi, Maradona y Messi, Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner.

Esta curiosidad de un político que se construye una cancha con muñecos para que lo vean jugar me pareció una excentricidad de cuidado. Y entonces busqué el libro de los periodistas Pablo Ibáñez y Walter Schmidt, Scioli secreto, publicado por Sudamericana en Argentina. El libro tiene dos subtítulos: De Menem a Kirchner, de motonauta a presidente, y Cómo hizo para sobrevivir a 20 años de política argentina.

Recomiendo leer este libro (si el lector logra conseguirlo por Internet) porque de muchas maneras uno entiende todo al leerlo. Sin duda Scioli tiene una épica personal en la que no solo encaja la cancha con público de cera, sino una vida enigmática que pareciera haber salido de una telenovela.

Scioli fue en su juventud un corredor de lanchas fuera de borda (por cierto, hay que tener dinero para practicar este deporte), hasta que sufrió un accidente y la lancha le cayó encima.

En el accidente perdió la mitad del brazo derecho. Salió en todas las revistas del corazón, por héroe, por víctima, por sobreviviente. Además de tener muchas novias, enamorarse de una modelo famosa, tener una hija fuera de matrimonio, haber sufrido el secuestro de un hermano por guerrilleros de los setenta, ser amigo y trabajar con Alfonsín, Menem, Duhalde y Kirchner.

Evidentemente, Scioli no es un peronista profesional. Es un ídolo mediático que se hizo a sí mismo después de padecer una tragedia que aún deja secuelas: sufre el síndrome del miembro ausente. Es un ajedrecista que calcula cada imagen que sale en los medios, cada gesto que trasciende. Un hombre al que le cuesta demasiado decepcionar a los demás. Cosa rara para un político que quiere ser presidente.