• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

Al instante

Algo ha salido mal

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Se sabe: a los viejos nunca les preguntan qué quieren ser cuando sean grandes. El problema es que los niños casi nunca tienen la experiencia adecuada para responder un desafío de esta naturaleza, por eso en una época soñaban tanto con ser bomberos y astronautas.

En mi caso siempre quise trabajar en una casa que compra y vende objetos antiguos. No me refiero a las clásicas firmas inglesas, que se fundaron en el siglo XVIII, Sotheby’s y Christie’s, de donde salió, entre muchos otros talentos, nada menos que el infatigable caminante y escritor Bruce Chatwin.

Yo hubiera querido formar parte de las filas de Bloomsbury Auctions, empresa que en 2012 tuvo el privilegio único de sacar a subasta un lote de artículos de magia inesperado. Su sola mención invocaba en las mentes más febriles el arte de la prestidigitación, la telepatía, el contorsionismo, la levitación, la escapología y el tenebroso misterio de cortar mujeres hermosas por la cintura.

El lote en cuestión, que salió a la venta pública tres años atrás, contaba con tesoros. Por ejemplo, artículos que habían pertenecido a Vonetta, la dama del misterio, cuya fama trascendió en Escocia. Fue una de las escasas ilusionistas que alcanzaron renombre en un oficio dominado por hombres. Las mujeres generalmente fueron relegadas a cargar jaulas de pájaros huidizos o soportar descargas de cuchillos que a veces les dañaban las medias o las despeinaban.

Este tipo de material ofrecido en subasta suele contar en ocasiones con literatura del mago, donde se explaya sobre menesteres propios del arte de la prestidigitación. Así ocurrió en 2012, con un lote de diecisiete cartas de Alí Bongo, artista inglés que había nacido en 1929 como William Oliver Wallace. En esas esquelas se encontraba un diseño minucioso e incomprendido de su disfraz de hombre invisible.

Yo hubiera querido estar presente en el preciso momento en que se develó uno de los lotes estrella de la noche: las cartas relativas a la enemistad que enfrentó a dos magos temibles, Chung Ling Soo y su rival Ching Ling Foo.

El primero, aunque tenía un ostentoso nombre chino era estadounidense y había venido al mundo como William Ellsworth Robinson. El otro sí era chino, había nacido en Pekín, y fue el primer mago oriental que alcanzó fama mundial. Aunque ambos tenían nombres falsos, reclamaban frente al otro ser los genuinos poseedores de la magia.

En 1905 ambos actuaron en Londres una noche que los testigos no olvidaron jamás. Quizás porque se habían convertido en noticia; a lo mejor porque inquietaba el hecho de reconocer finalmente quién era el mejor de los dos; lo cierto es que la taquilla de los dos teatros agotaron entradas. Lo interesante es que Chung Ling Soo jamás hablaba en público, respiraba humo y atrapaba peces en el aire. Era enigmático y sacaba de quicio a su rival.

Pero su suerte tenía techo. Una maldición lo distrajo en el teatro Wood Green Empire. Foo debía agarrar una bala con los dientes. En la confusión su pistola fue cargada con balas de verdad. Apenas balbuceó: “Algo ha salido mal, bajen el telón”, atinó a gritar, mientras se iba.

He comprendido que me apasionan las cartas con cuentos como babushkas rusas después de leer las páginas de Posdata, curiosa historia de la correspondencia, de Simon Garfield (Taurus, 2015). El ha recopilado estas y otras curiosidades que conforman una suerte de melancolía por el arte de escribir cartas.

Uno podría pensar que esta pasión es una forma inútil de aferrarse al pasado. Pudiera ser. Pero viendo lo oscuro que se presenta el futuro, por ahora las cartas son una tabla de salvación. Ahí se encuentra la historia de amor de mis padres, la enemistad de un tío díscolo, la confusión que alejó a unos amigos de infancia… Es decir, el comienzo de una historia de vida tan universal como íntima.