• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Sergio Dahbar

¿Habrá paz para los malvados?

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La semana que culmina pasará a la historia como el inicio formal de las negociaciones que persiguen la paz en Colombia. Una paz anhelada por muchos ciudadanos de ese país que han sufrido la violencia y que desean quitársela de encima como quien despierta de una pesadilla.

Es probable que las negociaciones caminen hacia buen puerto.

Eso sí: amanecieron con augurios sombríos. Que Venezuela y Cuba sean dos garantes de alto quilate del proceso que busca la conciliación hace pensar que la paz tiene una pata floja. Ojalá no sea así.

Venezuela no sabe qué hacer con los muertos que ingresan los fines de semana en las diferentes morgues del país, como fruto de una inseguridad sin control. Parece un país en guerra, huele como un país en guerra y luce como un país en guerra: aún así ninguna entidad oficial se anima a reconocerlo y menos a solucionar el cáncer que diezma a la sociedad.

Cuba es una prisión rodeada por agua, desde hace años, con presos políticos históricos. La revolución se fundó sobre una épica romántica que extravió el paso en fusilamientos y retaliaciones fuera de cualquier ley. Hoy una disidencia inocultable sufre persecuciones y el terror de un Estado que solo trabaja para mantenerse en el poder.

La paz es una tarea laboriosa, que puede tardar muchos años, enterrar demasiados muertos y dejar en el aire infinitas mentiras. Esa es la lección que ofrece la historia. Para muestra el lector debe leer las memorias de Henry A. Kissinger.

Fueron publicadas en 1979, por la editorial argentina Atlántida.

Los negociadores colombianos que lean libros encontrarán en esas páginas informaciones útiles sobre la locura del ser humano cuando busca la paz.

Kissinger relata con detalles precisos su participación en el cese del conflicto armado entre Estados Unidos y Vietnam. Una guerra que duró 11 años y llegó a costar 28 millones de dólares por día. Era un negocio redondo.

Un incidente improbable puso en marcha el conflicto. En agosto de 1964 "supuestamente’’ torpedos vietnamitas atacaron el destroyer Maddox, en el golfo de Tonkin. Por ese motivo 64 bombarderos estadounidenses atacaron Vietnam del Norte. Así nació una guerra en la que nunca existió declaración de guerra.

Con base en el relato de Kissinger, tardaron 8 meses de 1968 en ponerse de acuerdo sobre la forma de la mesa, en una mansión de la Avenue Kleber, en París.

Primero se propusieron una mesa rectangular; después evaluaron dos mesas triangulares, que enfrentadas hacían un rombo; y finalmente accedieron a cuatro mesas circulares. Permitía separar a los negociadores en dos bandos que podían ser cuatro: EE UU, Vietna m del Norte, Vietnam del Sur y el Frente de Liberación Nacional.

Mientras tanto crecían los muertos. Pero el protocolo no se alteraba. Kissinger conoció al hombre con el que iba a entenderse: Xuan Thuy, jefe de la delegación, quien siempre tenía a su lado a un hombre que no abría la boca: Le Duc Tho. Ese era el caballero que tomaba las decisiones.

Los fines de semana Kissinger viajaba a París de incógnito, a través de líneas aéreas y aeropuertos poco llamativos, y cruzaba el mundo con el nombre del general Harold A. Kirschman, alias acorde con sus iniciales verdaderas.

En 4 años se acumularon 174 sesiones y más de un millón de muertos, antes de que Kissinger y Le Duc Tho firmaran la paz, en octubre de 1972. Es el único documento en la historia diplomática, escribe Kissinger, en el que no se mencionan los bandos que firmaron.

Era un juego de simulaciones y formalidades ridículas, con un final perfecto para gente que discute ocho meses sobre la forma de una mesa; para países que comienzan a matarse sin haber declarado la guerra y para un perdedor (EE UU) que nunca reconoció su derrota.

Henry Kissinger y Le Duc Tho recibieron el premio Nobel. Le Duc Tho se negó a recibirlo, porque "la paz no había sido realmente restablecida en Vietnam’’.

Tenía razón: ese país mantuvo conflictos con Camboya, China y otros demonios internos.

Cabe esperar un destino diferente para Colombia. Todo país merece convivir en paz. Aunque se opongan los perros de la guerra y algún que otro político de esos que sólo saben respirar en el caos y el resentimiento.