• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Sergio Dahbar

¿No es país para ciegos?

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Resulta difícil confrontarse con la vida cotidiana de una persona con capacidades diferentes a las de uno. Vivimos apurados, ocupados y muy desesperados con rutinas caseras o del trabajo. El otro, ese que está al lado nuestro aunque no lo vemos, sufre a diario imposibilidades que son ajenas a nuestra vida cotidiana.

Hasta que un día, por causa del azar o de una necesidad particular, entramos en contacto con una realidad que desconocíamos. A mí me pasó en seis días de julio que fueron maravillosos, pero también aleccionadores.

El 24 de julio pasado llegó a Venezuela Lucero Márquez, una joven invidente mexicana en compañía de su perra guía, Ava. Venía a presentar junto a su autora, Menena Cottin, el libro Cierra los ojos que vamos a ver. Lucero Márquez es la protagonista fundamental del libro, un ser humano sensible y motivador que ha tenido una vida dura y que sin embargo no baja la cabeza ni se da por vencida. No le gusta la compasión, ni acepta que la traten como una persona impedida.

Durante seis días traté de mostrarle a Lucero Márquez las maravillas de la amabilidad venezolana, de la curiosidad apasionada de la gente por el que viene de lejos, de las cosas notables que tiene Caracas a pesar del oscuro momento por el que atraviesa la convivencia y el espíritu cívico.

Desde el primer día chocamos con la realidad. Entrar a un restaurant con Lucero y su lazarillo fue objeto de rechazo de los dueños. Los mesoneros, desconcertados, miraban para todos lados, buscaban al dueño o al gerente, y repetían una o dos frases: “es un problema sanitario’’ o “a los clientes no le gustan los perros’’.

En el país donde más se repite las palabras inclusión y solidaridad; donde se les obliga a los propietarios de locales comerciales a colocar un letrero gigante que destaca que ninguna persona será objeto de discriminación, porque está penado por la ley; una joven que no puede ver, acompañada por un guía, fue expulsada sin el menor empacho.

Todavía resuena en mis oídos la frase sobre el reparo sanitario que me soltaron diferentes propietarios en la ciudad. Me hizo gracia. Sus cocinas no soportarían la más mínina supervisión de sanidad de un país serio, que proteja la salubridad de lo que consumen sus clientes. Nadie usa tapabocas, ni guantes ni redes en el pelo, por citar pequeños deslices de cocinas impresentables que uno prefiere ignorar, porque sino no saldría a comer en la calle.

Borges afirmó que si hay algo que prueba que el Corán es árabe es que en ningún momento hace hincapié en la presencia de camellos. "Fue escrito por Mahoma, y Mahoma, como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes; eran para él parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos; en cambio, un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página’’

Como el gobierno bolivariano, que se empacha con las palabras inclusión y solidaridad, dos términos que en la práctica gubernamental cotidiana desconocen de la manera más sorprendente, salvo –claro- cuando desean castigar a alguien de la oposición.

Si estas palabras suenan duras, a las pruebas me remito. En el artículo 34 de la Ley para la personas con discapacidad que apareció en Gaceta Oficial Número 38.598, del Viernes 5 de Enero de 2007, se destaca: “Las personas con discapacidad que tengan como acompañantes y auxiliares animales entrenados para sus necesidades de apoyo y servicio, debidamente identificados y certificados como tales, tienen derecho a que permanezcan con ellos y las acompañen a todos los espacios y ambientes donde se desenvuelvan. Por ninguna disposición privada o particular puede impedirse el ejercicio de este derecho en cualquier lugar privado o público, donde se permita el acceso de personas’’. Palabras que nadie hace cumplir.

Así como tropezamos con propietarios insensibles e ignorantes; con gente sin criterio para mejorar la cocina de sus locales, pero prestos a rechazar a un invidente por prejuicios; también encontramos gente generosa, amable, considerada, que le regalaron a Lucero Márquez uno de esos recuerdos de un país que se vuelve inolvidable. Ella quiere volver. No se amilana fácilmente.