• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Sergio Dahbar

La frivolidad y el padecimiento

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El azar suele encargarse de hacer de las suyas cuando uno comienza a leer un libro. Me encontraba en Ciudad de México, en un congreso de periodistas que se reunía todos los días en el imponente castillo de Chapultepec, cuando descubrí que tenía conmigo el libro de Denise Affonço, El dique de las viudas, que fue traducido por Libros del Asteroide en España con el nombre de El infierno de los jemeres rojos.

Comencé a leerlo en los ratos libres, cuando el encuentro de periodismo bajaba la guardia y nos ofrecía receso. Denise Affonço es una euroasiática. Nació en Phnom Penh en 1944 y se considera un producto puro del colonialismo. Hija de un francés y una vietnamita, vivió los años convulsos de Camboya entre 1970 y 1979. Su libro es una memoria de cómo sobrevivió a esa época oscura.

No hay pretensión en su escritura, ni sube el tono cuando el espanto roza su carne de manera irremediable. La limpieza de su narración y el asombro de un ser humano corriente expuesto al totalitarismo más abyecto erizan la piel.

Mientras abría y cerraba las páginas de El infierno de los jemeres rojos, tropecé con una noticia que dio la vuelta al mundo. Moría a los 89 años el rey padre de Camboya, Norodom Sihanouk. Curiosamente, vivía y era adorado en China. Se lo conocía como el monarca de las mil caras.

Como casi siempre ocurre en estos casos, entendí que había dado con una señal invisible. El padecimiento de Denise Affonço, símbolo de un dolor masivo, se confrontaba con la frivolidad de un hombre que sin estarlo mantuvo su presencia en Camboya todo el tiempo y se convirtió en uno de los monarcas más valorados de Indochina.

¿Quién era este curioso personaje, adorado en el sudeste asiático, que se casó 6 veces y tuvo 40 hijos, consumía champagne y foie gras a discreción, y era cineasta, poeta y músico y, más recientemente, un desconcertante surfista en las redes sociales?  “Sihanouk es Camboya”, escribió su biógrafo oficial, Julio Jeldres.

Y agrega el corresponsal de La Vanguardia en Pekín, Isidre Ambrós: “Una afirmación que describe a la perfección la actitud de este monarca dos veces exiliado, dos veces restaurado, capaz de compaginar las mayores frivolidades imaginables con la audacia de realizar alianzas políticas inverosímiles con tal de preservar la unidad de su reino, destrozado por décadas de guerras civiles”.

En Indochina confluyeron muchas fuerzas en los años sesenta: intereses europeos, chinos y norteamericanos. Norodom Sihanouk fue derrocado por un militar corrupto apoyado por Estados Unidos, Lon Nol. Este militarote fue bueno para robarles los dólares a los gringos, pero salió del juego político asiático cuando los jemeres rojos entraron en Phnom Penh en abril de 1975. El pueblo los recibió como héroes.

Los salvadores de la patria suelen empezar bien y terminan muy mal. Los jemeres rojos se vestían de negro, con un pañuelo rojo al cuello, y sandalias Ho Chi Ming. Apenas entraron en Phnom Penh ordenaron el desalojo de la capital porque temían bombardeos estadounidenses.

Pero escondían otros planes: crearon un Estado agrícola, con resabios de las ideas de Mao. Buscaban el hombre nuevo, libre de toda intoxicación imperialista, capitalista y burguesa. Para lograrlo asesinaron a 2 millones de personas.

Denise Affonço durmió cuatro años en una esterilla. Trabajaba quince horas al día en los arrozales y comía insectos, saltamontes y hierbas del campo. Su hija pequeña murió de hambre, al igual que sus cuatro sobrinos. Su marido fue asesinado y perdió el contacto con su hijo mayor.

Angkar, el partido omnipresente, obligaba a aprenderse unos mandamientos de memoria: todos serán reformados por el trabajo; no podrán robar; siempre dirán la verdad; no se podrán expresar sentimientos de alegría o de tristeza, ni sentir nostalgia del pasado; no se podrá quejar de nada; será obligatoria la autocrítica en público; no se usará ropa de colores y los niños serán separados de sus padres. Cruzar las piernas era un gesto capitalista absolutamente cuestionado.

El alegato de Denise Affonço, un ser humano anónimo, sensible, con una capacidad de aguante inimaginable, es un grito desesperado ante el avance de una ideología que sólo puede concebir el mundo como una guerra donde hay que aniquilar al que piensa y es diferente.