• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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La fotogenia del fascismo

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En días de debate cruento sobre el retiro de las imágenes bolivarianas del Parlamento, pasa por debajo de la mesa el siguiente asunto: ¿qué hizo el chavismo con la utilización de la imagen del ex presidente Hugo Chávez en oficinas públicas, en parcartas callejeras, en gigantografías desplegadas por los caminos más recónditos del país, en espacios de la Asamblea Nacional y en edificios gubernamentales del territorio nacional?

La fascinación por reproducir el culto a personalidad del timonel de Sabaneta ha sido una de las intromisiones más abusivas del espacio público venezolano que hayamos conocido en la historia nacional. El paisaje venezolano jamás había sido invadido con una acción propagandística tan desmesurada como en los últimos 17 años.

Similar a lo que ocurrió en regímenes fascistas de todo el planeta, como Corea del Norte, China, Unión Soviética, la campaña propagandística para endiosar una personalidad política (elegida para servir a los ciudadanos) se convirtió también en una arremetida política, que nunca fue exhibida como promesa electoral, ni consultada con la mayoría venezolana para saber si deseaba convertir el paisaje nacional en un museo al aire libre de la genuflexión ante el eterno.

El escritor cubano Iván de la Nuez, autor de un excelente libro sobre la relación entre los intelectuales y la dictadura más extensa de América Latina (Fantasía roja, Debate), ha trabajado en su blog el fascismo y la fotogenia.

Adolf Hitler tenía consciencia suprema del valor de su imagen. Por eso trabajó con fotógrafos que construyeron su mitología. Heinrich Hoffmann, Walter Frentz, Franz Krieger, pero también Benno Wündshammer, Arthur Grimm, Hugo Jäger, Franz Gayk. Eran a la fotografía lo que Leni Riefenstahl había sido al cine: arquitectos de una imagen poderosa que cautivaba a las masas con símbolos arquetípicos y absolutamente falsos.

Así lo describe Iván de la Cruz. “Todos forman parte, a diferentes niveles, de un programa que combinó la fotografía de guerra y la propaganda, la documentación y la edulcoración, el objeto y el sujeto del Tercer Reich. (Estos fotógrafos eran una especie de Goebbels con cámara)”.

Más cerca, las revelaciones que hace la escritora Thays Peñalver en La conspiración de los 12 golpes demuestran como se forjó el mito de Chávez con mentiras que él reelaboró desde sus desmesuradas cadenas de televisión y radio.

Cuba, ese país que los chavistas suelen olvidar cuando defienden soberanía e intromisión extranjera, fue otro territorio donde la fotografía del líder modeló un culto reverencial. Fidel Castro entendió que necesitaba fotógrafos para construir una épica rebelde: Enrique Meneses, Roberto Salas, Liborio Noval, Korda, Henri Cartier-Bresson, René Burri… Artistas que ayudaron a modelar al “buen revolucionario”.

La fotografía fue esencial para el fascismo a la hora de construir el mito (recordemos a Sontag: no hay imágenes neutrales). Así como Mussolini, el Shá de Irán, Stalin, Ceaucescu, Sadam Hussein… construyeron en mármol y cemento las estatuas para inmortalizarse.

Como bien anota De la Nuez, la fotografía tiene larga vida, mientras que las estatuas pueden ser destruidas. Como ocurrió en la decadencia del Shá de Irán, donde familias de ambos bandos sobrevivían destruyendo y levantando de nuevo estatuas de políticos envanecidos (Ryszard Kapuscinski).

En estos días, lejos de discutir la esencia (por qué dejamos que este régimen de corruptos erigiera un culto a la personalidad de un golpista en todo el país) perdemos el tiempo con la forma. Y evitamos tocar temas que muerden a la gente: cómo vamos a comer mañana en un país donde los inventarios se encuentran en cero y el hombre que va a buscar inversiones extranjeras es un comunista que odia el mercado.