• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

Al instante

La escisión

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Sé que toda complejidad le resulta ajena a este proceso revolucionario que se desmorona como una casa sin cimientos. Pero puedo imaginar a más de un compañerito en el trance de defender alguna de las más desatinadas teorías chavistas, tratando de digerir y justificar al mismo tiempo las acciones de los sobrinísimos en el mítico escenario de los piratas, el Mar Caribe. O sea, colocar unos kilos de polvo blanco en ruta hacia Manhattan. Podrán alegar lo que quieran, pero no hay forma de defender lo indefendible.

Entiendo que lo del fiscal del caso López, el inescrutable señor Nieves, ya es en sí mismo una bomba atómica. Que un hombre de la Fiscalía, que hasta meses atrás sirvió a un régimen vengador y carente de toda justicia, confiese sus culpas y las órdenes que debía seguir, es un alegato que debería haber dejado en libertad ipso facto al hombre que se encuentra sentenciado por una orden ejecutiva y política en una miserable torre en Ramo Verde.

Después, el cartero tocó la puerta de la señora Tibisay Lucena. Era un joven de DHL, de esos que se visten con colores fosforescentes. Con una sonrisa corporativa le entregó 18 páginas escritas por el secretario general de la Organización de los Estados Americanos, OEA, Luis Leonardo Almagro, oriundo de Cerro Chato, Paysandú, con residencia conocida en la capital del imperio.

La misiva que recibió Tibisay Lucena es una de las más duras y contundentes que se hayan escrito –no ya desde una cocina de la oposición– desde una oficina con la institucionalidad de la OEA. Es una carta escrita para la Historia. Que la Historia haga algo con ella, es algo que veremos.

¿Qué le dice Luis Leonardo a Tibisay? Que en el país, Venezuela, hay ausencia de topes o controles al gasto de la campaña electoral; que existe acceso desigual a los medios de comunicación a candidatos del oficialismo y de la oposición; que nuevas regulaciones sobre la ubicación y características de las papeletas de votación podrían llevar a confusiones al momento de sufragar; que la implementación de medidas de seguridad limitan la libertad de expresión; que hay judicialización y amenazas a manifestantes pacíficos; que existen inhabilitaciones y cambios en las condiciones de distribución de género y de la representación estadal que podrían afectar los resultados electorales; que se ha producido intervención de partidos políticos por el poder judicial.

Quiero regresar al primer párrafo, del que me alejé muy rápido, para aclarar que no se trata de una sola monstruosidad la que tendrá que tragarse el compañerito chavista, sino de tres misiles que hubieran descompuesto a cualquier democracia del planeta con su ISO 9000 al día.

Usted seguramente piensa lo mismo que muchos venezolanos. El problema de fondo es que ahora, hoy, y desde hace quince años, padecemos una democracia tapa amarilla. Y uno de sus signos es que aquí nadie se asombra de nada. Pudiera ser.

Cuando me enfrento a dilemas como los hechos reseñados más arriba, por alguna razón inexplicable recuerdo a Victor Serge. ¿Se acuerdan de él? Era ruso, fue un conspirador de alto vuelo y un escritor de su época, con siete novelas, dos poemarios, un volumen de cuentos, un diario, sus memorias, tres biografías políticas. Fue el primer intelectual en llamar a la Unión Soviética estado totalitario hacia 1933.

El escribió esta frase: “Los problemas ya no tienen la hermosa simplicidad de antaño: era provechoso vivir de antinomias como socialismo o capitalismo”. Hoy la “revolución”, esta “revolución”, huele peor que la Dinamarca de Hamlet. Con una ventaja que nunca antes habíamos tenido por delante: el 6-D. Un buen día para dejar de taparse la nariz.