• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Como empezó todo

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No resulta sencillo tener presente la genealogía de una condena a muerte. El tiempo pasa y la vida continúa. Lo curioso es que cuando creemos olvidar el horror de la intolerancia, vuelve a salir a flote como una pelota de plástico en el agua. Como es el caso de Salman Rushdie.

En septiembre pasado este escritor volvió a convertirse en noticia por la publicación de sus memorias, Joseph Anton (unión de dos nombres de escritores que admira, Conrad y Chejov). En esta obra Rushdie por fin cuenta el calvario al que se ha visto sometida su vida después del 14 de febrero de 1989, cuando le pusieron precio a su cabeza por primera vez.

Septiembre también fue protagonista del efecto que causó una película infame en contra de los musulmanes. La cinta avivó el odio en el mundo, y una nueva fundación religiosa aumentó el precio de la fatwa contra Salman Rushdie: 3.300.000 dólares.

Este escritor indio estudió en Inglaterra su bachillerato en Rugby School, un internado prestigioso donde sus compañeros se burlaban por hindú y por ser poco diestro con el deporte. Después se licenció en historia en la Universidad de Cambridge.

Su primer libro fue celebrado, Hijos de la medianoche, por ser una elocuente saga familiar de la India, que remitía inmediatamente al realismo mágico latinoamericano. Quizás Salman Rushdie hubiera podido ser un escritor más, con éxito o sin él.
Pero al escribir Los versos satánicos se convirtió en la peor noticia de su vida. Así lo narra en Joseph Anton, un libro extenso, a veces excesivo, pero absolutamente necesario. Una suerte de autoanálisis de toda su vida y de la peor experiencia que un ser humano puede vivir: ser el blanco de la intolerancia de un pueblo hasta el punto de tener que vivir protegido desde 1989.
Hay más de 1 millardo de musulmanes sobre la tierra, lo que representa cerca de 20% de la población mundial. Esta situación abrió un compás de posibilidades siniestras para los pensadores del mundo islámico, que se atreven a disentir o a mirar el mundo con ironía o humor negro.

Rushdie puede morir en cualquier instante y sus verdugos convertirse inmediatamente en héroes del mundo árabe. Aunque para el universo civilizado (y pasivo) no sean más que vulgares asesinos.

Han pasado 23 años ya desde la condena del ayatolá Jomeini contra Los versos satánicos y mucha gente no entiende aún por qué esta obra enfureció tanto a una teocracia constitucional.

La pieza exige cierto conocimiento previo sobre el Corán y el islam. Y conjuga diferentes lenguajes, usos, maneras de nombrar la realidad, como el inglés universitario, expresiones comunes en Bombay, y el vocabulario de los inmigrantes paquistaníes en Londres.

Con esta solución lingüística, Rushdie dio rienda suelta a una imaginación que juega con la herencia de Rabelais y se aproxima nuevamente sin parecerse a ciertos frutos del realismo mágico. Los versos satánicos celebra el mestizaje en una encrucijada global totalmente adversa.

Las consecuencias de este libro no se parecen a muchos en la historia de la literatura universal: el traductor japonés fue asesinado; otros editores europeos sufrieron atentados; las autoridades iraníes crearon un concurso literario (con un premio de 600.000 dólares) para escoger el mejor relato que narre “la angustia y el horror sufridos por Rushdie desde el 14 de febrero de 1989”.

El escritor checo Milan Kundera (Los testamentos traicionados) intentó explicar la resistencia islámica ante Los versos satánicos alegando que los musulmanes no lo consideran un libro serio. Pero la mala suerte de este libro pareciera residir en que apareció en un momento histórico preciso en que Irán había perdido una guerra y necesitaba cohesionarse alrededor de un puñado de odios nacionales que hicieran posible la supervivencia de un poder aplastado.

La religión fue el pretexto perfecto. Las razones profundas de su rechazo esconden un problema político que el mundo ha desatendido con absoluta frivolidad. Mientras la intolerancia crece, el planeta sigue cruzado de brazos. Y que condujeron a los atentados del 11 de septiembre.

Mientras la intolerancia crece, hay que leer y recomendar leer Joseph Anton. Rushdie ama la literatura y estas memorias recorren parte de su vida y muestran una fotografía de su oficio, deslumbrante y atroz.