• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Sergio Dahbar

Las cosas cambian

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Hacia 2004 viajé a España para presentarles a los ejecutivos de un banco (de los grandes) el proyecto de un premio latinoamericano de periodismo. El galardón existía en Venezuela, pero se lo quería extender hacia el continente de habla hispana, desde México hasta Argentina. Era un plan ambicioso, y necesitaba un patrocinante con músculo e ideas novedosas.

Ese viaje fue una experiencia singular, porque en ese momento jamás llegué a pensar que una década más tarde las cosas iban a estar patas arriba en España y que pasarían de castaño a oscuro, como decían antes.

A la reunión me acompañó un representante de la editorial en la que yo trabajaba como scout literario en aquel entonces. Nos convocaron en una ciudadela del futuro, en las afueras de Madrid. El edificio era tan, pero tan inteligente, que las personas parecían sonámbulos que se movían sin ton ni son.

No se podía utilizar ninguna instalación para empleados (baños, supermercados, guarderías, gimnasio y spa, restaurantes, cafés, etcétera) sin carnet. El Gran Hermano vigilaba todos los pasos de los trabajadores. Y no se podía pagar con dinero. Todo se cobraba a través de los carnets.

Sentí que había entrado en el temible ámbito de Orwell y tuve la sensación de que si la reunión no iba bien, si se imponía un traspié, tal vez quedaría encerrado en aquella ciudadela para siempre, sin que nadie pudiera oírme.

Nos reunimos con los amigos de comunicaciones en uno de los restaurantes. En un ambiente relajado conversamos sobre América Latina, que casi siempre aporta el lado bufo de la realidad en las conversaciones corporativas. Chávez daba para todo.

Finalmente entramos en materia. La buena noticia era que estaban interesados en patrocinar el premio. Les parecía una buena idea para relacionar la imagen del banco con un premio que atendía al planeta de los periodistas.

Todos estábamos entusiasmados con las ideas, con el jabugo y el vino españolísimo, con los sabores que iban y venían de un continente a otro. Hasta que una de las personas del banco que no había hablado en toda la reunión, abrió la boca. Y tiró una bomba en medio de la reunión. Un asesino serial.

Preguntó ¿qué pasaría si entre los libros que los jurados analizarían para encontrar al ganador, en caso hipotético, aparecía una investigación sobre la realeza española? Aquel artefacto estalló y su efecto fue devastador.

Una de las bajas fue el premio latinoamericano de periodismo más fugaz que se haya conocido al sur del río aquel. No hubo manera de pegar de nuevo la reunión. Algo se rompió y aunque nos propusimos seguir en contacto y buscar alternativas, entendí que la hipocresía era letal.

Diez años después pienso en la reunión y me parece un chiste. La he recordado al seguirle la pista al pequeño Nicolás, Francisco Nicolás Gómez Iglesias, estudiante de derecho de 20 años, que fue acusado de falsedad, estafa y usurpación de identidad. Un pillo de siete suelas, al que le gustaba echárselas tomándose fotos con señorones del PP.

Me gustaría decirle al hombre que dinamitó aquella buena idea en el año 2004, que si no aparecía un libro sobre las corruptelas en el mundo íntimo de la corona, era hora de encargarlo. Nada más con las bicicletas financieras de Iñaki Urdangarin teníamos una saga millonaria.

Sin contar 56 condecoraciones del rey Juan Carlos a represores de la dictadura argentina; ni el viaje aquel africano para cazar elefantes en medio de la crisis más severa de la economía española; ni toda la mugre que se esconde debajo de las alfombras más rancias de una España que de esperpento en esperpento sigue intacta, aunque queriendo pasar por buena.