• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

Al instante

El arte de perderse para siempre

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Es misterioso el amor. Lo sabía Shakespeare, que lo retrató de maneras complejas en sus obras inmortales. Lo sabe la gente de a pie, que lo goza y lo sufre casi siempre, y en raras ocasiones sobrevive a sus desmanes. De las mareas que alebresta esta pasión, la que me deja perplejo una y otra vez es la huida del amante que se va sin despedirse.

No hace falta que se trate de varón y mujer. Si uno revisa una de las novelas policiales más leídas de la literatura, El largo adiós, de Raymond Chandler, la esencia no es más que dos amigos y una traición. Philip Marlowe hace todo por el otro a cambio de nada y lo único que espera es su amistad. En cambio, Terry Lennox, un perdedor bueno para nada, huye y le da la espalda.

Toda la novela, atravesada de enredos y mucha violencia en las calles de San Francisco y en la frontera con México, persiste para que Marlowe elucubre sobre la soledad, beba gimlets en barras tristes, encuentre un amor tardío en Linda Loring, y pueda decir la frase final, la que le da sentido a su honor de amigo irreductible: “No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final”.

Según Marlowe, que habla por la boca de Chandler aunque tiene vida propia, los franceses tienen un nombre para todas las cosas. Lo paradójico es que el mundo suele llamar a este desvarío de salir a comprar cigarrillos y no regresar nunca más, como “despedida a la francesa”.

Un adiós disfuncional que han padecido mujeres y hombres a lo largo de la historia. Incluso alguna celebridad le ha puesto su firma personal: Daniel Day Lewis le mandó un fax a la mujer que esperaba un hijo suyo, anunciándole que la relación había terminado.

En estos días las páginas de la farándula universal han referido una revelación: el novio de la australiana Olivia Newton-John, aquella catira que tuvo su momento de esplendor –junto a un John Travolta engominado y bailarín– en Grease, ha reaparecido, cuando ya todos lo daban por muerto.

Así lo había declarado la guardia costera de California, después de buscarlo infructuosamente por tres años. Aparentemente salió a pescar en 2005 y nunca regresó. Al tiempo de desaparecer, se supo que tenía deudas y que no cumplía con la manutención de su hijo. Newton-John buscó el anonimato y se casó con un magnate de la salud, John Easterling, en la tupida selva peruana.

Patrick McDermott se llama el coreano que era novio de la actriz, de profesión técnico electricista. Lo acosaban las deudas en 2005 y escogió una “despedida a la francesa”, con un leve toque macabro: se habría ahogado al caerse del barco en el que salió de pesca. El mar se encargó del resto.

McDermott, como Terry Lennox, también huyó a México –como se supo ahora, gracias al trabajo de detectives que nunca creyeron el cuento de la muerte–. A un pueblo, San Pancho, visitado por surfistas y marihuaneros, donde –según algunos lugareños entrevistados por la periodista Elena Reina– suelen acudir personas que necesitan hacerse los muertos.

Este coreano huyó al lugar perfecto, frente al Pacífico mexicano, para vivir una segunda vida, sin llamar la atención, como cualquier hijo de los años sesenta que siente nostalgia frente al mar. McDermott encontró una oportunidad de oro con su desvanecimiento.

Cuando lo declararon muerto, el seguro ejecutó un pago de 100.000 dólares a nombre de su hijo. A pesar de lo que pensaban sus críticos, le dejó un seguro de vida. Desde su perspectiva, ató todos los cabos sueltos. Le dejó algo de dinero al vástago, se quitó las deudas de encima y clausuró una relación que naufragaba. ¿Y Olivia Newton-John? Se encuentra devastada. Así de misterioso es el amor.