• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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El arte de escribir

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Todos admiramos a algún escritor. Uno de los míos es Charles Dickens. Vivió 58 años intensos (1812-1870), en los que escribió y publicó 15 novelas, decisivas para la literatura inglesa y universal. No se quedó ahí. Invirtió sus energías en el periodismo, la edición, la actuación, y la reforma social. Era un titán de una complejidad rabiosa.

Uno de los hombres mejor conocidos de Inglaterra a mediados del siglo XIX, era también uno de los más amados. Lo seguían tanto la reina Victoria como obreros analfabetas. Estos últimos compraban sus novelas en serie. Uno de ellos, el letrado, se las leía a sus compañeros.

Esta singular popularidad se desparramó por América, Europa y Rusia. El dolor le dio la vuelta al mundo cuando falleció. “Nunca pensé que la muerte de un autor pudiese generar tanto duelo”, escribió el poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow. “No es una exageración decir que todo el país está sumido en el dolor”.

La herida fundacional de Charles Dickens tuvo lugar cuando era niño. Formaba parte de una familia clase media respetable, que enviaba a sus hijos a buenos colegios. De un día para otro, Charles Dickens se quedó con monedas en los bolsillos, en un cuarto alquilado, mientras la familia permanecía presa de los deudores de Marshalsea.

Su padre gastaba más de lo que podía. Sólo Charles quedó en libertad para trabajar y buscar algo de sustento. Nunca perdonó que lo separaran de la familia. “Me sorprende cómo se me abandonó a tal edad… lo juro por Dios”.

Podrá parecer la oportunidad perfecta para forjar un carácter aguerrido. Pero no fue así para quien sentía que le habían bloqueado su educación futura. Era, como dijo el crítico Robert Gottlieb, “un asunto de clase en una de las sociedades más conscientes de sus clases”. Cada tanto lo atormentaría la pregunta: “¿Charles Dickens era realmente un caballero?”.

Ese dolor de origen será crucial en la relación con las mujeres. La novia primeriza, María Beadnell, que lo atrajo y luego lo rechazó. La esposa que representará la ilusoria búsqueda de estabilidad, Catherine Hogarth, y a quien despreció después de que diera a luz diez hijos. Al final la acusó de volverse “gorda, nerviosa y enfermiza”.

La madre, Elizabeth Barrow, a quien jamás perdonará por haberlo obligado a que siguiera trabajando esforzadamente aún después de que todos los problemas económicos desaparecieran. La cuñada, Mary Scott Hogarth, quien murió prematuramente una noche en sus brazos. Y la amante, Ellen Ternan, a quien conoció cuando tenía 18 años y se volvió el amor de su vida.

Todos los días caminaba 32 kilómetros. Montaba obras teatrales de aficionados, que crecieron hacia elaborados montajes: organizaba y supervisaba todo, y era la estrella principal.

Ofrecía discursos para infinitas causas. Viajaba frecuentemente por Gran Bretaña y Europa con enorme esfuerzo. Redecoraba de manera casi obsesiva sus residencias. Asistía a fiestas. Le dedicaba tiempo real a obras de caridad, como la fundación y gerencia del hogar para prostitutas en busca de una vida mejor. Leía montañas de correspondencia.

Les dedicaba atención a sus hijos cuando eran pequeños. Mantenía a su amante Ellen Ternan. Ofrecía lecturas públicas que literalmente lo llevaron a la muerte. Todo esto ocurría mientras le legaba una obra compleja y virtuosa a la eternidad, con finos tipos humanos que reflejaban sus carencias en vida, sus heridas sin solución. Scrooge, David Copperfield, Oliver Twist, Micawber, Pecksniff, Miss Havisham, Wackford Squeers. Fue uno de los autores que gozó de mayor fama universal en vida. Todo en 58 años.