• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Yo acuso

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Conocí al escritor italiano Erri de Luca (1950, Nápoles) en Cartagena de Indias, en el marco del Hay Festival. Recuerdo a un hombre delgado, fino, silencioso, seguramente tímido, que se paseaba por los ambientes del Hotel Santa Clara, entre dioses y monstruos de la literatura universal. No se parecía a ninguno de los que ese año habían llegado a la costa colombiana.

Allí descubrí que tenía una obra atada a su Nápoles de origen, autobiográfica (la ficción sería un abuso de confianza), con libros breves y nostálgicos, en los que se mueven con energías diversas niños que no quieren abandonar la infancia y que están enamorados de jovencitas fantasmales. Entre los libros más leídos se encuentran Montedidio, Los peces no cierran los ojos y El día antes de la felicidad.

Lo que más me impresionó en ese momento es que al verlo caminar por las calles de la ciudad amurallada jamás imaginé que se trataba de un hombre que había sido albañil en su juventud (construyó la casa donde vive con sus manos), un oficio del que guarda la memoria en las huellas de sus manos.

Menos aún que perteneció al grupo de ultraizquierda de los setenta, Lotta Continua; que trabajó como obrero en Fiat; que ejerció de voluntario en Tanzania; que durante la guerra de los Balcanes condujo camiones de apoyo para salvar a ciudadanos civiles de los bombardeos, y que derivaría en una pasión por el alpinismo, que es una forma casi sagrada de conocer las alturas.

Nunca más supe de Erri de Luca hasta días recientes, en los que he seguido una batalla legal que mantiene con autoridades de la ciudad de Turín, por sabotear una obra de infraestructura italiana (la construcción de un túnel que atraviesa las montañas de Susa en Italia para que pase un tren de alta velocidad que unirá las ciudades europeas de Turín y Lyon).

Su pelea ya tiene diez años. Una década atrás descubrió que la policía atacó de noche una protesta de niños, ancianos, bomberos, etcétera, con bastones, para disuadir el reclamo de la paralización de las obras, dado que esas montañas poseen amianto, un mineral que se volatiliza con las perforaciones y causa enfermedades como cáncer.

No resulta exagerado el reclamo. Una investigación de la BBC y el Consorcio de Periodistas de Investigación reveló que más de 1 millón de personas podrían morir de aquí a 2030 por enfermedades relacionadas con esa sustancia.

La industria del amianto mueve miles de millones de dólares, sobre todo por las exportaciones a los países en desarrollo, donde las leyes que regulan la protección son más permisivas, como India, México y Brasil.

¿Qué hizo De Luca? Dio estas declaraciones: “El TAV ha de ser saboteado. Para eso sirven las cizallas: son muy útiles para cortar las verjas. Las mesas de negociación del gobierno han fracasado. El sabotaje es la única alternativa”.

Inmediatamente la empresa LTF, constructora del tren, demandó al escritor y la Fiscalía de Turín lo procesó. Lo que pueda ocurrir no deja de ser interesante. Sobrevuela sobre el destino de este escritor italiano el destino de cinco años de cárcel.

No es poca cosa para un anciano que suele pararse sobre su nostalgia como tabla de salvación. Su último movimiento estratégico ha sido escribir un panfleto de cien páginas, La palabra contraria, donde explica sus derechos cívicos. Ya ha vendido 100.000 ejemplares.

Los medios han atendido esta noticia de Turín contra Erri de Luca como otra batalla entre David y Goliat. Como buen obrero que defiende principios importantes, no teme la cárcel: “Si mi opinión es un delito, no voy a dejar de cometerlo”. Yo, por mi parte, pongo mi firma para que el mundo conozca el Yo acuso de Erri de Luca.