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Sergio Dahbar

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Siempre nos queda el papel

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El papel nos humaniza. Aun en las peores tragedias, inmortaliza un testimonio de lo que fuimos. Como confirma uno de los mayores especialistas del planeta, el periodista Nicholas A. Basbanes, se trata de un “material ligero, absorbente, fuerte, abundante y portátil; se puede doblar, enviar por correo, cubrir con cera y hacerlo resistente al agua; en él es posible envolver pólvora o tabaco, o hervir té”.

Pocos productos permiten contar hechos significativos de la historia, redactar leyes que regulan las sociedades, pactar negocios, escribirle una carta de amor a alguien, despedirse de un trabajo aburrido, solicitar vacaciones, decorar paredes de las casas donde vivimos, demostrar nuestra identidad y limpiar el cuerpo.

Basbanes recuerda que la historia sería otra si ni hubiera existido el papel. Escándalos, supuestos espías y guerras tuvieron soportes en papel. El caso Dreyfus incluyó la falsificación del memorandum bordereau. Estados Unidos ingresó en Primera Guerra Mundial cuando descubrió el telegrama de Arthur Zimmermman, solicitándole a México que se aliara a Alemania contra su vecino del norte.

Alger Hiss fue condenado como espía por unos papeles que dijo descubrir Whittaker Chambers en una calabaza. El matrimonio Rosenberg, Ethel y Julio, fueron condenados a muerte por un boceto de un artefacto de implosión nuclear. El caso Watergate tiene un referente en los papeles del Pentágono que publicó Daniel Ellsberg.

Cuando la humanidad se acerca al abismo de los atentados terroristas y las dictaduras, cuando el autoritarismo censura, tortura, y arrasa a quienes piensan diferente, siempre pienso en el papel. Sobre todo en el papel que comienza a escasear para periódicos y libros, pero también para usos más caseros y dramáticos.

Una de las noblezas mayores del papel ocurre a 30 kilómetros al norte de la ciudad de Washington, DC, en un lugar conocido como El Fuerte, en Fort Meade, donde se alza la Agencia Nacional de Suguridad.

Allí todos los años se destruyen 100 millones de documentos clasificados como secretos. Se convierten en pulpa de papel, y de ahí, por un proceso industrial, se doblan y signan hasta convertirse en cajas de pizza y cartones de huevos. Hasta ahí llega la dignidad del papel.

No quiero olvidarme de Randolph Scott, un corredor de una empresa llamada Euro Brokers, que tenía sus oficinas en una de las Torres Gemelas de Manhattan, y en el mismo piso, donde el vuelo 175 de United Airlanes se incrustó fatalmente con gasolina y pasajeros.

Su esposa y sus hijas siempre creyeron que había muerto en el instante del choque, porque pensaban que se había quedado en su escritorio como muchos empleados que acataron las órdenes que salían por los parlantes de seguridad del edificio.

Diez años más tarde, entre los 1.8 millones de toneladas de papel de desechos que se recolectaron cuando cayeron las torres, apareció un papel manchado de sangre, donde habían escrito: “84th Floor, West Office, 12 personas atrapadas”. La prueba de ADN demostró que pertenecía a Randolph Scott.

Ese pedazo de papel puede parecer insignificante, pero para su familia es la prueba que necesitaban para comprender que Randy (una de las 2.982 víctimas confirmadas de los ataques) no se quedó en su escritorio, sino que intentó salvar a 12 personas y que hizo algo por resistir.

Tanto su esposa como sus hijas accedieron a prestarle ese pequeño trozo de papel al Museo del 11 de septiembre. Por el tiempo que lo necesiten. Pero es un préstamo, porque ese diminuto trozo ajado por la historia convulsionada de la humanidad es la única herencia que les queda del ser que amaban. Eso es lo que es capaz de hacer el papel.

 

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