• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Sergio Dahbar

Rivales eran los de antes

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No sé qué hubiera dado por asistir en julio de 1972 a la ciudad de Reykiavik, Islandia. En ese verano Bobby Fischer, uno de los ajedrecistas mejor dotados de todos los tiempos, estiró la cuerda de su talento (y su locura) hasta el límite. Alguien podría diagnosticar que se había psicotizado, pero quien sabe. Los seres humanos son animales extraños.

En una suerte de perfomance singular, canceló las reservaciones de sus vuelos, renegoció condiciones económicas a última hora, pidió disculpas por escrito a su contendor Boris Spassky y ofreció una clase magistral que nadie de los que estuvieron en esa fría ciudad de géiseres, al sur de la bahía de Faxaflói, pudo olvidar.

La idea era enloquecer al oponente. Pero su conducta encubría asimismo su propia demencia. En plena Guerra Fría, Fischer suponía que funcionarios de la KGB podían envenenarlo o querer derribar el avión que lo llevaba a Reykiavik. Pidió que le quitasen todas las amalgamas de la boca por temor de que alguna de ellas ocultase un dispositivo electrónico capaz de influir en sus pensamientos.

Sus desplantes ingresaron en los anales del desquicio humano por parte de una celebridad que no sabía cómo manejar la veneración de sus fanáticos. Fischer incrementó las ofertas, aplazó el inicio de la partida, retiró las cámaras de la sala de juego con el pretexto de que el ruido que hacían lo molestaba (las pruebas audiométricas demostraron lo contrario). Era un incordio en estado de gracia.

El colmo fue que Fischer no se presentó a la segunda partida, lo que constituyó un golpe psicológico para su oponente ruso, quien, al igual que los organizadores y el árbitro, cedió a la presión. En cuatro partidas de una virtuosidad que quedaron para la historia, Fischer arrolló a Spassky.

Desde aquel día la vida no ha sido fácil para el perdedor. En Moscúlo consideraron un traidor. No era para menos. Las cifras apuntalaban esa obsesión rusa: “287 millones de habitantes, cinco millones de ajedrecistas federados, 50 millones de practicantes esporádicos; 80% de los mejores del mundo eran soviéticos’’, según reporte del periodista Leontxo García, desde Sochi, Rusia.

La presión era tremenda y en 1976 Spassky no tuvo más remedio que mudarse a París. 36 años después, hemipléjico y al borde de la quiebra por una demanda de divorcio, regresó a Rusia en 2012. Hoy tiene 77 años y una agilidad mental que ya quisieran algunos de sus contemporáneos. Puede parecer impresionante, pero dice que sueña con Bobby Fischer.

Spassky siempre admiró a su verdugo. Fueron amigos entrañables. Como suele ocurrir con las obsesiones, Fischer confesó que habla en sus sueños con su rival más importante: “Por ejemplo, una vez le pregunté cuál es mejor como primera jugada, 1 e4 ó 1 d4. Y me dijo que 1 d4, porque ese peón está defendido, y el otro no”.

No cabe duda que los ídolos movilizan energías peculiares. Y si tienen rivales importantes más aún. Por ese carril caminaron (o aún transitan) Nadal y Federer; Lauda y Hunt; Senna y Prost; Frazier; Alí y Foreman; Mourinho y Guardiola; Messi y Cristiano Ronaldo.

Algunos le deben todo a su contrincante. Otros los odian eternamente. Lauda sobrevivió a las heridas de su fatal accidente en 1976 en Alemania porque en los momentos más dolorosos sólo pensaba en Hunt.

Y ahora, cuando Spassky observa en Sochi a los nuevos ídolos del ajedrez, Magnus Carlsen y Viswanathan Anand, siente nostalgia por el vodka que tomaba en las noches para recuperarse de los maratones de ajedrez que lo dejaban exhausto. Le hace falta el gran Bobby, quien lamentablemente entre el ajedrez y la locura, terminó por convivir con la segunda tentación hasta el día de su muerte.