• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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¿Raro? Muy raro

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Tengo un amigo alemán que siempre soñó con la aventura. Quizás por vivir en un país previsible, en el que una demora de cinco minutos del transporte público provoca un debate nacional sobre el deterioro de la calidad de vida, siente una atracción irracional por descubrir la locura que habita nuestras tierras.

Como no quería herir sus sentimientos latentes sobre este lado de la costa, callé cuando me comunicó por correo electrónico que ya tenía los pasajes de toda la familia (esposa, dos hijas, suegra de 82 años) para disfrutar de la luz del trópico. Por suerte, tomó una precaución que salió de algún lugar oscuro de su conciencia: viajaría primero él, para preparar los detalles de la llegada de la familia.

Cuando supe que venía, le puse un chofer a la orden para que lo recogiera. Pero él se había adelantado y tenía todo resuelto. Me comentó que una persona –la conoció en la Embajada de Venezuela en Berlín– le recomendó un chofer infalible. Otra vez cerré la boca y me arrepiento de aquel silencio, pero en verdad nunca pude contradecirlo porque su entusiasmo era irrompible.

Cuando bajó del automóvil del chofer que contactó desde Berlín, frente al hotel caraqueño donde yo lo esperaba, lo sentí pálido y sus palabras fueron el presagio de un incidente: “Este es un país muy raro”.

Llegó cinco horas después de aterrizar. Le pregunté por ese retraso. Había razones que pasó a explicarme mientras llenaba la planilla de ingreso al hotel.

El chofer lo esperaba dentro del aeropuerto con un letrero. Salió con sus maletas y buscaron el automóvil. Relajado, como dicta el librito universal de las llegadas a un país desconocido.

En algún momento del trayecto el chofer recibió una llamada. Mi amigo escuchó una frase entrecortada (“¿…De verdad…?”) que le costó comprender. Recuerda que el chofer dijo: “Quédate quieta que voy para allá”.

Una vez que entraron en las arterias obstruidas de Caracas, el chofer buscó la manera de llegar al centro comercial Millennium. Mi amigo no entendía qué hacían allí. El chofer lo invitó a bajarse un momento nada más y caminaron hasta una feria de comida, donde había señales de pelea. Mesas tumbadas. Sillas destruidas. Policías tomaban nota de los hechos ocurridos.

Una funcionaria pública, resguardada por guardaespaldas que parecían dos clósets, se detuvo a tomar un café. Como no le gustó la temperatura de la bebida, le vació la taza en la cabeza a la muchacha que atendía la cafetería. Dócil, esta joven preparó otro café, que tampoco le gustó a la señora. La bañó de nuevo.

Dos veces era demasiado. La joven saltó el mostrador como una gacela, tumbó a la funcionaria de dos cachetadas y anuló a los guardaespaldas a patadas, después de quitarles las armas. Era una diabla.

La joven, que ahora estaba detenida, era la hermana del chofer de mi amigo alemán. Entre todas las cosas incomprensibles que presenció este extranjero optimista esa tarde destacaba la pretensión de los dos guardaespaldas: discutían con la policía municipal porque querían rescatar las grabaciones de las cámaras del centro comercial.

Deseaban borrar cualquier testimonio de la agresión de su jefa contra la muchacha (el origen del conflicto), y de la paliza que esa joven acababa de propinarles a dos kiluos como ellos. Era una humillación.

Mi amigo le confesó al chofer –con pudor de recién venido– que quería llegar al hotel. Este se desentendió y lo abandonó en plena calle, con sus maletas y su agotamiento a cuestas. Tuvo que buscar otro taxi –no fue fácil– y así llegar a destino. Ese fue su recibimiento en tierras calientes, señal inequívoca de que había llegado al país de las emociones imprevisibles.

To be continued.

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