• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Sergio Dahbar

Pensar diferente

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Las historias que se relacionan con el esfuerzo humano para transformar realidades adversas poseen una potencia irresistible. Conmueven. Demuestran que la voluntad mueve montañas y que no hay mal que dure cien años si una persona –una nada más– piensa diferente y se empeña en una idea motivadora.

Es el caso de Salu, Self-Help Blind and Handicapped Association, organización no gubernamental que sacó a 1.200 personas sin futuro de la indigencia y la mendicidad.

Todos sus miembros poseen una capacidad diferente y de muchas maneras estaban condenados a vivir una vida miserable. Ciegos, sordos, mudos, paralíticos o amputados, después de participar en guerras o víctimas de la violencia étnica, recorrían las calles de Addis Abeba (Etiopía) sin ninguna oportunidad. Un día decidieron que su suerte iba a cambiar.

Naciones Unidas determinó que en el mundo hay 600 millones de discapacitados (10% de la población mundial). 80 millones se encuentran en África, en un entorno de miseria, hambre y conflictos bélicos. Allí, tener un hijo con discapacidad es considerado una carga y un castigo.

En 1996 Wondimu Asfaw, ciego de nacimiento, convocó a un grupo para fundar la asociación, que se dedica a prestar apoyo social y a impartir formación a cientos de personas con enormes necesidades.

Uno se lo dijo a otro y así nació la cadena que se convirtió en una esperanza. Hoy imparten cursos de confección de escobas y cepillos, de artículos de madera y metal, de cestería, de prendas de punto y costura, de cría de gallinas y otros animales. Nunca pensaron que sería fácil, pero tampoco que llegarían tan lejos.

Lo importante era que tenían una idea fija. Se estructuraron en un engranaje de reproducción del conocimiento extraordinario: uno le enseñaba al otro lo que ya sabía y así multiplicaban la fuerza para seguir adelante. Al principio no tenían comida y pensaban muchas veces en tirar la toalla.

Los amigos de Salu, Self-Help Blind and Handicapped Association escribieron muchas cartas que eran botellas lanzadas al mar. Tocaron las puertas de organizaciones humanitarias. Un día llegaron buenas noticias.

Con esos recursos, el mundo dejó de parecer cuadrado. Se convirtieron en escuela, con 58 empleados. Ofrecen cursos de 9 meses, a gente que no tiene ingresos y posee una capacidad diferente.

Otra iniciativa gemela, Rasen Mechale Handicap and Blind Saving and Credit Parnertship Office, también surgió en Mekanisa, barrio pobre y folklórico de Addis Abeba. Consiguen microcréditos para emprendedores fuera del espectro del trabajo formal. Los miembros crearon una cooperativa de 29 personas que hace pequeñas inversiones gracias a un fondo que los miembros reúnen cada mes.

Sus recursos son contados, pero la morosidad se mantiene en cero. Sus clientes cumplen religiosamente con el compromiso adquirido. Valoran las ideas para mejorar un negocio que abre nuevos puestos de trabajo.

Cada uno pone 5.000 bolívares al mes. La asociación evalúa las solicitudes y aprueba o niega los créditos. Cuando llega el momento de devolver el dinero, el beneficiario paga 10% adicional del monto que recibió en préstamo.

Esta historia fue posible en un barrio marginal de Addis Abeba, Mekanisa. Nadie hubiera dado medio por sus habitantes. Pero esa gente demostró que la voluntad y el compromiso individual son irrompibles y mueven montañas.

Viven muy lejos de las estridencias vacías del socialismo del siglo XXI, de la retórica hueca de la patria y la soberanía. Les falta un ojo, un brazo, una pierna, pero tienen ganas de cambiar el mundo y nadie los puede convencer de lo contrario. Con ellos el mundo puede ser mejor.