• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Muertos que hablan demasiado

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La antropóloga forense Clea Koff atesora una frase que le sirvió para avanzar en su carrera y para su formación como ser humano comprometido con grandes causas humanitarias en Ruanda, Bosnia, Croacia y Kosovo: “La verdad no resucita a los muertos, pero permite que se oigan sus voces”.

Esa idea potente ratifica lo que muchos científicos forenses no se cansan de afirmar: los muertos hablan demasiado. Por eso muchas veces un cadáver nos lleva directamente al criminal que le quitó la vida. Por eso muchas novelas policiales entrañables comienzan con un ahogado que aparece azarosamente en una playa desierta.

El héroe de la historia a la que voy a referirme se llama William Martin, a la sazón, mayor de la Armada británica. Un día de 1943 apareció ahogado en La Umbria, una de las playas de Huelva, al sur de España. Podría haber sido uno más de los tantos que perecieron en la Segunda Guerra Mundial. Pero no era uno más.

Era el ardid que inventaron funcionarios de la inteligencia inglesa para colar información estratégica en las costas españolas. Martin, irremediablemente muerto, arrastraba una maleta, atada a la cintura, con papeles en su poder, que fueron pasando de mano en mano, de oficiales franquistas a espías alemanes, quienes finalmente los hicieron llegar a las manos de Hitler.

Estos documentos explicaban la estrategia de los aliados para invadir el sur de Europa por los Balcanes y Grecia. Con esta treta, lograron que las playas de Sicilia fueran desatendidas por el mariscal  Erwin Rommel y se ganó una parte importante de la guerra.

A cargo de ejecutar esta misión, conocida como Carne Picada, estuvo Ewen Montagu, juez, escritor y miembro de la inteligencia naval inglesa, quien logró llevarla a buen puerto. Más tarde Montagu escribió un libro de memorias, El hombre que nunca existió, y después vio cómo esas memorias se transformaron en una película del mismo nombre (1955), dirigida por Ronald Neame y actuada por Clifton Webb.

La idea exigía encontrar un cadáver de treinta años, que hubiera fallecido por una afección pulmonar. A la hora de una autopsia, debía lucir como un ahogado que va a dar con sus huesos a una playa solitaria.

Montagu encontró el cadáver, y preparó los documentos que debía esconder en su maletín, el que llevaba amarrado en la cintura. Una verdadera obra de arte de la simulación.

Metió una invitación a un club nocturno; un aviso de un sobregiro de un banco; una factura de la cuota anual del Club Naval y Militar en Londres; boletos para una obra en el Prince Of Wales Theatre; varias cartas manoseadas de su prometida; fotos de la prometida en traje de baño; un recibo de un joyero de New Bond Street de un anillo de compromiso; y una carta del padre de Martin invitándolo a comer en el Carlton Grill.

Tres detalles colaterales merecen ser anotados. Uno, se desconoce la identidad real del cuerpo que fue utilizado para darle credibilidad a William Martin. En la tumba dice: “Aquí yace Glyndwr Michael, que sirvió como el mayor William Martin de los Royal Marines”, pero no hay certeza de su identidad.

Dos, el médico que hizo la autopsia se dio cuenta de que había gato encerrado en ese cadáver, pero nunca dijo nada. Le comentó a un amigo: “Hay que tener mucho cuidado con ese muerto, porque está muy vestido para ser un muerto”.

Y tres, quizás el más sorprendente, se trata de la octogenaria británica Isabel Naylor. Por 42 años viaja 4 kilómetros desde su casa en Huelva hasta el cementerio de La Soledad. Lleva un ramo de amapolas rojas. Para ella lo importante no es quién fue William Martin, sino que aun muerto y sin saberlo salvó muchas vidas.