• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

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Imposturas

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Hace pocos días en redes sociales alertaban sobre unos sujetos que simulaban ser lo que no eran, empleados de Cantv, para entrar en casas de usuarios de la empresa de telefonía pública y robar a discreción. Lamentablemente, no me sorprendió la noticia, ni me pareció estrafalaria. Se incorporó como un dato más en una realidad poblada por delincuentes que saquean a la sociedad, en un clima de disolución social y moral. Pensé que era una buena metáfora de lo que nos sucede: un país acosado por los impostores.

Toda realidad monstruosa produce asociaciones deformes. Yo tuve el impulso de recuperar el impostor que me había marcado en mi adolescencia, de nombre real Arthur Orton y de profesión aprendiz de carnicero, pero inmortalizado por un desliz chileno en el apelativo de Tom Castro.

Este bueno para nada tiene en esta historia una contrafigura, Roger Charles Tichborne. Hijo de una familia de nobles ingleses, educado con un acento francés que propiciaba la burla y el desdén, huyó hacia Suramérica y murió en un naufragio después de embarcarse en el vapor Mermaid frente a Río de Janeiro.

Dos fuentes recomiendo a la hora de entender estas vidas deformes. En la Enciclopedia Británica, edición de 1911, este caso verídico es reconstruido por el académico inglés Thomas Seccombe. Jorge Luis Borges lo reinterpreta en la Historia universal de la infamia.

Detrás de toda impostura respira siempre un doble crimen: hacerse pasar por otra persona y perseguir una recompensa ilegal por esa representación. La historia se encuentra repleta de suplantadores de identidad. Algunos han tenido éxito sin merecerlo, porque siendo pésimos sindicalistas e intrascendentes conductores de autobús, destruyeron los destinos de una nación asumiendo las pieles de un heredero real.

Vuelvo a la historia del noble Tichborne y del impostor Castro. El inglés, queriendo huir de la mofa por su acento y sus modales franceses, pierde su tristeza en un naufragio. Deja un dolor inconmensurable en su madre, que era hija natural, Henriette Felicité, la verdadera artífice de criar a un hijo inglés como si fuera francés. Quizás por culpa, o por verdadero amor, no quiere creer que su hijo ha muerto y coloca avisos en periódicos masivos.

Uno de esos avisos cae en manos de un tercero en discordia, personaje esencial que hasta ahora se mantenía oculto, el negro Ebenezer Bogle. Es el artífice de la simulación y del engaño a la familia de nobles ingleses que querían recuperar al joven extraviado en las aguas del Atlántico. Bogle trama el engaño y todas las facetas de una representación que en principio logra su cometido.

Pero, como bien anota Borges, estos impostores no toman en cuenta la presencia del Destino (“tal es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas”). Muere la madre y muere el abogado de la familia, fervientes defensores del impostor Tom Castro. Así las cosas, la familia demanda al hombre que se hace pasar por Tichborne y arremeten con furia. Para colmo, Bogle es atropellado por un carruaje. El fin se asoma ya.

Dos singularidades anotó sobre este caso Tomás Eloy Martínez en su libro Ficciones verdaderas. Castro no se parecía en nada a Tichborne y, sin embargo, logró engañar a la aristocracia británica. El otro hecho es la genialidad del sirviente negro Bogle, que Borges trasmuta de esta manera: “Tom Castro era el fantasma de Tichborne, pero un pobre fantasma habitado por el genio de Bogle”.

Regreso así al primer párrafo de este texto y me pregunto entonces, rodeado de impostores por todas partes, cuándo le conoceremos el rostro al genio de Bogle que hizo posible este drama de 17 años interminables de simulaciones perversas.