• Caracas (Venezuela)

Sergio Dahbar

Al instante

Guerra económica

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Hoy fui a retirar un cheque a la parroquia Altagracia. Después de estacionar, ubiqué la oficina de unos padres jesuitas, donde me dijeron que la joven encargada de entregar los cheques había salido corriendo porque le habían avisado que en el automercado apareció leche La Pastoreña.

Ya estaba en la calle, así que me fui a Las Mercedes para entregar el presupuesto de la impresión de un libro que me había pedido un psicólogo lacaniano. Entré en la sala de espera de su consultorio y encontré solo pacientes. La asistente del doctor, me explicaron, había salido porque tiene un bebé recién nacido y aparentemente vendían pañales en Farmatodo.

Había una señora que debía acercarse vertiginosamente a los 50 años, con un pañuelo en una mano, al que se agarraba como si fuera su única tabla de salvación. Un señor mayor, sentado en una silla de ruedas, leía una revista, donde se anunciaba una catástrofe política inminente. Una mujer emperifollada, con marcas que se exhiben en los centros comerciales del planeta, acompañaba a su hija adolescente.

La joven odiaba la idea de perder el tiempo en la tarde de esa manera; detestaba a los psicólogos, se espantaba con los modales exhibicionistas de su madre, y observaba el mundo con desprecio y cierta rabia a punto de estallar. Pensé que en parte ella tenía razón.

La señora que se aferraba al pañuelo aprovechó para expresar cierta preocupación ante la posibilidad de que la asistente del doctor no regresara ese día. Buscaba una celada para escapar de una cita que nunca la había convencido. Una amiga le recomendó que asistiera a terapia, pero ella sentía tantas dudas como angustias.

En ese momento el señor de la silla de ruedas apoyó la revista en sus piernas, ya que encontró una grieta por donde colarse: “Con o sin asistente, yo aquí me quedo hasta que aparezca el doctor”, dijo, con un acento español de esos que abundan en la calle Serrano. “Acaso yo me voy a tratar con una asistente…”.

La señora se quedó en silencio unos segundos, como si cavilara algo profundo. Inmediatamente, comenzó a hablar sin atender demasiado al hecho de que se encontraba entre extraños, y confesó que en esos días estaba muy nerviosa. Dormía poco en la noche y en el día andaba inquieta.

 “Soy cubana, nos explicó, y me enviaron a abrir la oficina de una empresa petrolera”. Era la encargada de establecer contactos entre Pdvsa y el petróleo que fluía desprejuiciado hacia la isla. Había alquilado un apartamento en Los Palos Grandes y se había amañado a la vida caraqueña.

Todo marchaba sobre ruedas, hasta que recientemente su jefe cubano le escribió para decirle que la cosa se había puesto fea con los negocios y que debía abandonar el apartamento. Mejor se mudaba a uno que le cedieron en la misión vivienda de Fuerte Tiuna. Era una instrucción vertical.

Ella paseaba todas las mañanas por el Parque del Este, desayunaba en un balcón hacia el Ávila, tenía todos los servicios a unos pasos. Y apenas pagaba 50 dólares mensuales. No podía pegar los ojos desde que anunciaron el recorte de gastos. Y tenía pesadillas desde que una amiga la llevó a recorrer Fuerte Tiuna, y descubrió el vertedero de basura que tenía al lado. Reconoció que tenía llanto fácil. Chaparrones bruscos y repentinos.

En ese momento se abrió la puerta del consultorio y apareció el doctor lacaniano. Era un hombre de estatura mediana, canoso, vestido con pantalón caqui y camisa blanca. Debía tener 45 años. Aproveché para entregarle el presupuesto, mientras él hacía pasar a la señora Garcés. Así se llamaba la dama cubana que acababa de trastabillar socialmente, por culpa de un estornudo de la guerra económica.