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Sergio Dahbar

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Fantasmas recurrentes

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El pasado regresa a nosotros, de manera implacable. Aun cuando intentemos evitarlo. El escritor rumano Norman Manea acaba de publicar La guarida (Tusquets, 2012), su más reciente ficción que relata la vida de un puñado de exilados rumanos en el camino de rehacer su destino en Estados Unidos.

Aunque ya había escrito artículos sobre la figura de un prócer rumano con tendencias fascistas, Mircea Eliade, nunca antes concentró su interés narrativo como ahora. No es para menos: Eliade es el autor de un monumento ensayístico: el Diccionario de las religiones, que escribió en colaboración con otro compatriota, Ioan Couliano, y publicó Paidós regularmente desde 2007.

Fue publicado en inglés en 1991, y sus capítulos organizan las religiones del mundo, con informaciones sobre fundadores, profetas, libros sagrados y corrientes espirituales. Sus 366 páginas conceptualizan diferentes sistemas de relaciones y sitúan en una nueva perspectiva la historia comparada de las religiones.

Fue el último aliento de Eliade, el punto con el que cerró el círculo de su vida y de su conocimiento, antes de morir en 1986, en la ciudad de Chicago, donde trabajaba como profesor universitario.

Eliade sabía que iba a morir. Por eso llamó a su discípulo, Ioan Couliano, de quien se había distanciado por razones políticas. Comenzaron a reunirse a diario y aunque buena parte de la jornada perseguían la coherencia discursiva, se dedicaron a rehacer una relación rota.

Como la vida no suele respetar ilusiones, Eliade se fue antes de tiempo. Couliano ubicó otros colaboradores, negoció con los herederos derechos de autor y colocó el punto final en 1989, año en que el comunismo se venía abajo.

El libro se convirtió en objeto de culto. Una segunda vida, más inquietante por equívoca, brota de las páginas de este diccionario. Meses después de su publicación, las noticias sobre su influencia creciente comenzaron a encontrarse con otras, que daban cuenta del extraño asesinato de Ioan Couliano.

El 21 de mayo de 1991 Ioan Couliano recibió un tiro en la nuca, en el baño del tercer piso del Swift Hall de la Universidad de Chicago, arriba del departamento de estudios teológicos. No le robaron nada. Ese mismo día entraron en su casa y revolvieron todas sus cosas.

El crimen nunca se resolvió. Hay allí elementos para una excelente novela policial: peleas políticas, amenazas telefónicas, agentes secretos e incluso una historia amorosa (Couliano acabó con un difícil matrimonio que arrastraba desde Rumania y se enamoró de una estudiante de 27 años de Harvard).

Las sospechas del FBI apuntan hacia los servicios secretos de la Securitate rumana. En 1989 el régimen dictatorial de Nicolás Ceausescu y su esposa Elena, que duró 22 años, se vino abajo.

Lo derrocó una revolución de dudosa naturaleza (Frente de Salvación Nacional), que impuso a otro tirano del Partido Comunista de donde había salido Ceausescu, de nombre Ion Iliescu.

Ioan Couliano siempre combatió el comunismo. En sus manifestaciones críticas advertía que tanto Ceausescu como Iliescu eran caras de una misma moneda. Lo que caracterizaba al autócrata de turno era la promoción de una alianza entre la ultraizquierda y movimientos neofascistas.

Una de las razones del distanciamiento entre Eliade y Couliano era que su maestro en su juventud colaboró con la Guardia de Hierro, movimiento antisemita y ultranacionalista que operaba en Rumania antes de la Segunda Guerra Mundial. Por respeto nunca habló del tema mientras Eliade estuvo vivo. Después lo ventiló públicamente.

Los seguidores de Eliade no toleraron ese gesto y comenzaron a amenazarlo por teléfono. Numerosos compatriotas lo rechazaron. Y el FBI investigó a un peligroso grupo de agentes de Europa del Este que circulaban por Estados Unidos y celebraron públicamente su desaparición.

Ambos desembarcaron en la Universidad de Chicago, donde apoyaron el orientalismo hippie y el movimiento por una vida más sana. Pero se los tragó el fuego de la intolerancia, que suele ser más nocivo que cualquier otra enfermedad.

De eso habla Norman Manea en su libro La guarida. Algunos se quieren esconder en los libros para no contaminarse, pero no lo logran. Como escribió Manea: “Todo rumano vive a disgusto su propia biografía”.