• Caracas (Venezuela)

Sergio Antillano

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Los árboles salvan la ciudad

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Los araguaneyes diseminados a lo largo del valle de Caracas, están en flor. Resaltan y atraen la mirada con su amarillo que contrasta con la gama de grises del cemento armado que prevalece en la caótica ciudad. Las flores caídas  de este árbol emblemático, hacen alfombras sobre el negro asfalto. En todos lados salta un árbol araguaney en flor; al recorrer la Cota Mil; entre los verdes del campo de golf del Country Club; en las laderas del cerro en Petare; en calles de la urbanización Miranda y aceras de Terrazas del Ávila. El intenso amarillo de un frondoso araguaney, reúne admiración en una calle de los Palos Grandes y sus fotos circulan en Twitter. Los vemos en el jardín Botánico, o en La Castellana; alegrando el paisaje en San Agustín y haciéndose notar en La Florida, Las Palmas, San Bernardino, Coche, o las Flores de Catia. Hay varios en San Martín, y uno de espectacular dimensión por San José. En toda la capital, esta especie resiste la violencia y el tedio de una ciudad hostil a sus habitantes, incluidos los árboles.

El araguaney florecido intenta quizás recordarnos  la belleza, apenas uno de los variados beneficios que los árboles nos brindan con infinita generosidad.

En Caracas, la gente sufre y a veces se queja del incremento del calor, de la contaminación del aire, de la ausencia de sombra, y del despótico reinado del automóvil que determina y rige la vida contaminada de una ciudad incaminable, por falta de aceras y sombra pero abundante delincuencia.

A pesar de estar azotados por el sol y el concreto armado, muchos parecen no entender que los árboles –estando  en pie- aportan a la calidad del aire, a un microclima agradable, a la posibilidad de caminar gratamente la ciudad o esperar en la sombra el autobús. Los árboles cuando están vivos, dinamizan y embellecen el paisaje, y muchas especies producen alimento… si nos remitimos a sus beneficios con visión exclusivamente homocentrista.

Pero los árboles ayudan no sólo a las personas. Esta vegetación alta, de múltiples especies, dimensiones y frondosidad, son fundamentales para la ecología del espacio urbano como zona de vida. Son hábitat, fuente de alimento de numerosas especies de otras plantas, de hongos, de insectos, de aves, y mamíferos. Cuando muere un árbol, muere un mundo.

A pesar de ello, se ha vuelto usual en Caracas, la tala indiscriminada de árboles. La poda innecesaria y brutal. La razia impune contra la sombra. A veces casi sin que nos demos cuenta, desaparecen árboles que estábamos acostumbrados a ver y disfrutar en el paisaje,  aquí y allá.

Hace un par de meses, un general retirado debutó como vecino en la urbanización La Florida, derribando un gigantesco pino que alojaba un nido de gavilanes que frecuentaban la zona desde hace varios años y que los vecinos admiraban.  Unas semanas después, el periodista “Cheo” Carvajal reclamaba en Facebook la desaparición de árboles adultos en la urbanización Bello Monte, irónicamente talados para hacer una plaza. Unos días antes, en El Rosal, funcionarios públicos tumbaron árboles para abrir más espacio al contaminante automóvil luego de colocar un mamotrético puente improvisado sobre el Guaire. Los vecinos de Las Palmas y alta Florida han denunciado el talado de sus árboles por razones fútiles y organizaciones ambientales critican con ira la criminal tala que hacen empresas extranjeras que trabajan para el Metro en el interminable desarrollo de sus jugosos contratos.

La más reciente  arremetida de la ignorancia con poder, es visible en los trabajos de “ampliación” de la autopista “Francisco Fajardo”; allí la deforestación ha sido descomunal y ha cargado con árboles centenarios, para abrir cauce a más tráfico, más vehículos, más contaminación, más calor, más desolación. Este diario denunció hace pocos días un nuevo episodio de ese crimen reiterado contra la ecología y bienestar de la ciudad. Sacrifican calidad ambiental para que las colas de carros sean más anchas.

Los organismos públicos parecen estar regidos por arcaicos criterios desarrollistas que copian el viejo modelo de ciudad donde reina el automóvil y el concreto armado. No hacen ciudad a escala humana, ni respetan las relaciones ecológicas. Ignoran las leyes de la naturaleza y las del país. Favorecen e imponen un modelo urbano donde la tipología de obras de vialidad al estilo Los Ángeles,  determina nuestra cotidianidad. Contraviniendo la orientación constitucional de una sociedad sustentable, y las leyes de protección ambiental, burócratas con sus cuadrillas, arrasan la capa vegetal de la ciudad.

No diseñan con respeto por la vegetación existente. No consultan a la comunidad. No evitan la tala ni trasplantan los árboles. No siembran ni cuidan la vegetación existente. Con ello deterioran la calidad de vida de todos.

La desgracia de tener ciudadanos desinformados o insensibles y funcionarios poco formados o preparados en cargos públicos decisorios, victimiza a la vegetación urbana. La gente y los árboles pagamos las consecuencias de la ignorancia de esos funcionarios que tumban árboles sin ninguna consideración.

La mayoría de quienes tumban árboles en Caracas tienen menos edad y aportan menos al bienestar colectivo, que los ejemplares botánicos que derriban impunemente.

En los últimos 150 años, el dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, ha aumentado un 40%. Son numerosas las investigaciones científicas que han comprobado que las plantas y los árboles especialmente, han aumentado también su capacidad de contrarrestar ese factor determinante del cambio climático, en un admirable fenómeno que pareciera un mecanismo de defensa de la naturaleza como respuesta a la contaminación atmosférica. Los árboles se están esforzando más para “salvar la tierra”.

Con las talas indiscriminadas se reduce el número de árboles de la ciudad y los árboles actuales no están creciendo como solían hacerlo. O sea, hay menos árboles y son más pequeños que hace cien años.

En teoría, el aumento de CO2 en la atmósfera pudiera provocar crecimiento de los árboles tropicales pero no está ocurriendo. Pero, a pesar de ello, los árboles están siendo más eficaces en consumir CO2, gracias al aumento de las tasas de fotosíntesis y a que han reducido su uso de agua. Si los centros urbanos aumentan su cobertura vegetal, y protegen los restantes bosques tropicales urbanos, aumentarán la biomasa en la ciudad, y podrían ayudar a mitigar el cambio climático al capturar mayores proporciones del principal gas de efecto invernadero.

Los troncos de los árboles dibujan un anillo cada año y su espesor ofrece información sobre su crecimiento. Los científicos analizan la anchura de esos anillos de los troncos en árboles tropicales y con esas mediciones han podido comprobar que el crecimiento de los árboles, previsible en teoría por la mayor disponibilidad de CO2, no se está produciendo. Pero ante el aumento de CO2, los árboles sí han desarrollado una mayor eficiencia en el uso del agua. El ahorro de agua de los árboles muestra su mayor resistencia al estrés hídrico.

En las ciudades, muchos factores impiden el crecimiento de las plantas. Por ello es necesario ayudarles y multiplicar, -no reducir, como ocurre en Caracas- el número de árboles. Si muchos elementos urbanos están limitando el crecimiento del árbol tropical, entonces para combatir el cambio climático, debemos multiplicar el número de árboles. La disponibilidad de nutrientes en el suelo, parece ser uno de los factores que determina que los árboles en la ciudad no sean tan altos y de tallos tan anchos como solían ser hace más de 150 años. Si no hay más nutrientes, si el suelo urbano está empobrecido, el aumento de CO2 en la atmósfera, tiene poco efecto sobre el crecimiento de los árboles. Otra causa puede ser un aumento de la temperatura de las hojas, que interfiere en el proceso de fotosíntesis y, por lo tanto, en la generación de biomasa: el aumento de la temperatura ambiente junto con un menor enfriamiento de las hojas por evaporación, podrían provocar este efecto de inhibición de crecimiento.

En resumen, los árboles tropicales están compensando parcialmente las emisiones antropogénicas de CO2, aunque no están creciendo más. Eso les da a los árboles una importancia mayor a la que siempre han tenido, en el ciclo del carbono, en este momento particular de la vida del planeta. El ciclo del Carbono involucra cualquier transformación química relacionada con el carbono, que, en el conjunto del planeta, influye directamente en la regulación del clima.

Los estudios del comportamiento de estos grandes habitantes botánicos de las ciudades, muestran un aumento de la biomasa, y por lo tanto, de la cantidad de carbono almacenado en ellos, incluso si el crecimiento del árbol no se produce como antes y no es la causa del aumento de biomasa. Los niveles elevados de CO2 requieren y hacen posible una densidad de plantación mayor.

Los árboles de las ciudades requieren funcionarios públicos mejor formados y más educación ambiental de los ciudadanos, así como más investigación y estudio, mayor protección y mayor siembra. Todos nos beneficiaríamos de ello.

 

*El autor es ingeniero con postgrado en Planificación Ambiental