• Caracas (Venezuela)

Sergio Antillano

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Sergio Antillano

Un árbol de espinas

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Una vez iba con Leandro Aristigueta por Lagunillas, y desde el carro vimos un inmenso cardón, de cerca de 12 metros de altura y de impresionante frondosidad. Detuvimos el auto y nos acercamos bajo el inclemente sol a ver de cerca ese ejemplar inusual. Era un cardón de Lefaria (Subpilocereus repandus), y me explicaba don Leandro que no había visto nunca uno de tal edad y porte. Él estaba emocionado; yo lo fotografié junto a aquel singular ejemplar tan especial como solitario... se erguía en un terreno desértico, cercano a la vía.

A partir de ese momento, iniciamos juntos gestiones para encontrar la forma de proteger ese árbol. Redactamos un borrador de ordenanza municipal de “árboles monumento”, hablamos con concejales de ese municipio y con medio mundo en esa zona de la Costa Oriental del Lago de Maracaibo. Finalmente, luego de meses de reuniones, cartas y didácticas explicaciones que brindaba Aristigueta, logramos que aprobaran la ordenanza y la estrenaran declarando aquel cardón gigante Árbol Monumento del Municipio Lagunillas.

El árbol resultó estar en las cercanías de la Asociación de Comerciantes e Industriales de Lagunillas que acogió gustosa nuestra idea de que adoptaran al vetusto cardón y vigilaran su bienestar.

El Instituto de Conservación de la Cuenca del Lago de Maracaibo, Iclam, hizo una placa que se colocó a un lado del cardón, con su ficha de identificación y su pomposo título de Árbol Monumento; pusimos una pequeña cerca a su alrededor para delimitar su entorno, y realizamos un acto con escolares, vecinos, concejales, gente del Iclam, comerciantes y muchos que se acercaron ese día a celebrar, con Himno Nacional de por medio, esta inusual acción de amor hacia un cardón de espinas… y a escuchar las palabras de don Leandro Aristigueta, que ese día agregaba otro árbol protegido a su largo historial.

Algunos años después pasé a visitar al monumental cardón, que allí seguía erguido e imponente. En la Asociación de Comerciantes me contaron que con frecuencia venían grupos escolares, de la mano de maestras entusiastas, y a la sombra del cardón había actividades didácticas. Tanto así que la asociación había impreso un folleto sobre su botánico hijo adoptivo para repartir a los uniformados y bulliciosos escolares que, retando el calor y el sol, venían a visitar este árbol anciano.

Leandro Aristigueta falleció hace unos días, después de sembrar mucho. Varios jardines botánicos y parques del país recibieron el cuido de su sabiduría y esfuerzos. Experto botánico y emprendedor incansable, son muchas las plantas que dan sombra y producen oxígeno hoy en Venezuela gracias a su labor.

Es necesario revisar cada caso ejemplar de venezolanos de bien que ayudaron o ayudan a preservar la naturaleza y la prodigiosa biodiversidad de Venezuela. Y al explorar sus caminos de éxitos, será fácil reconocer los factores que contribuyeron a que sus sueños se alcanzaran. Uno de esos componentes fundamentales de la construcción de país y del proceso civilizatorio es la conjunción de esfuerzos entre los sectores público y privado, el respeto a los conocimientos y la diversidad de actores en cada iniciativa.

La pluralidad y diversidad son imprescindibles para el concierto de elementos que requiere hacer bien lo que debe hacerse. Articular los diversos sectores, acercar el conocimiento científico, escuchar la voz de los emprendedores, innovar y educar son necesarios en el crecimiento armonioso y saludable de un árbol y de un país.

Es necesario defender, cuidar y proteger los grandes árboles, los ejemplares monumentales de la vegetación urbana. Esos seres centenarios que crecen silenciosos en nuestras aceras y otros espacios urbanizados nos proveen sombra, aire limpio y espectacular paisaje. Son hábitat de muchas especies. Sirven de forraje al suelo, para evitar deslaves y derrumbes, y contribuyen a crear microclimas de bienestar. Aportan una infinita gama de colores al paisaje con sus diversas hojas y flores y sus cambios a lo largo del año. Muchos ofrecen alimento a los humanos y dudo que exista quien no haya comido mango de esos miles que inundan las ciudades. Los árboles son de los más longevos seres vivos con los que compartimos el espacio urbanizado.

Y tal como un árbol, para vivir longevo, frondoso y alcanzar la grandeza, una sociedad necesita de los conocimientos y sabiduría, del respeto a todos y de la unidad de propósitos. Así, como a ese cardón, lograremos proteger la vida de la sociedad, por más espinas que tenga.