• Caracas (Venezuela)

Sergio Antillano

Al instante

Sergio Antillano

Stalingrado queda en Maracaibo

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En la plaza Baralt una estatua del intelectual zuliano mira de reojo a dos barbudos atlantes que desde comienzos del siglo XX sostienen gruesas columnas en la fachada de un edificio ahora desvencijado donde antes quedaba la llamada “Botica Nueva”.

El tiempo, tan inclemente como el clima local, ha hecho estragos en la estructura y pareciera que nada sostiene a los atlantes quienes ya sin fuerza, sucumbirán un día cercano y serán sepultados por el edificio al derrumbarse. Los frisos de la losa que ellos aparentan sostener, han desaparecido; las cabillas están a la vista y el deterioro de mamposterías y elementos estructurales hacen evidente la urgencia de una restauración.

El deterioro de este y otros edificios históricos de la ciudad –puerto más occidental de Venezuela, deriva de la indiferencia de organismos e instituciones, obligados por ley a cuidar y preservar el patrimonio construido, así como de la exclusión de universidades y museos en las decisiones sobre el patrimonio arquitectónico de la ciudad.

El paso del tiempo, contaminación, humedad y salitre del clima, junto al descuido oficial, han llevado a la situación crítica que hoy evidencian las sin iguales edificaciones del casco urbano de Maracaibo.

Hermosos detalles de diestros artesanos y mampostería de elevada calidad; balcones de madera o cemento; ventanas de romanillas, tragaluces y elementos de hierro o madera que tamizan la luz; paredes de bahareque o piedra, antiguos ladrillos de arcillas locales y mármoles importados de lejos; puertas con vitrales y pisos de baldosas de infinita belleza manufacturadas en las desaparecidas fabricas locales, son sólo algunos de los elementos arquitectónicos de inteligencia y estética superior que están siendo borrados hasta de la memoria.

La misma suerte de los edificios que circundan y alojan a la plaza Baralt, la corren hoy los que se ubican hace más de un siglo en sus calles aledañas, como aquellos que habitan las cercanías de la estructura de hierro centenaria, otrora sede del viejo mercado de Maracaibo y que hoy da cobijo al excelente Centro de Arte Lía Bermúdez. También se suman al deterioro acumulado, aquellos edificios-almacenes de balcones y arabescos, como el Tito Abbo, que se prolongan sobre las calzadas y nos recuerdan el origen de las aceras techadas de El Silencio en Caracas. Otros, dan frente al malecón y protegen de vientos salitrosos a los cientos de buhoneros que inundan las estrechas calles de la trama urbana originaria. Todo ese conjunto arquitectónico inteligente y privilegiado, que habla de orígenes e identidades, está volviéndose olvido.

Apenas dos o tres cuadras, más al norte, las calles conducen a la plaza Bolívar y sus árboles, frente a la Catedral. Allí, en derredor de este centro que las leyes de Indias señalaron, están el Teatro Baralt y el Palacio de Las Águilas sede del Gobierno regional, franqueado por la llamada “casa de la capitulación” y por el Palacio Legislativo. A pesar de longevos, sus arquitecturas al menos, dan muestras de buena salud.

Pero basta caminar un poco, para encontrar muy cerca terrenos vacíos donde antes hubo casas de techos de dos y cuatro aguas. Quedan las ruinas o la comprometida situación de decenas de casas tradicionales, de inteligente arquitectura, techos altos, de tejas holandesas o españolas, caña y bahareque; con gárgolas ingeniosas y ventanas de madera de hojas batientes de romanillas y celosías, que luchan por sobrevivir.

Esas casas de zaguán y patio interior, de pisos excepcionalmente hermosos y fachadas pintadas con la poderosa cromática que la luz del Zulia ha sembrado en los ojos y creatividad de los habitantes de estas tierras, están siendo borradas del paisaje urbano por la indiferencia y la ignorancia; por el olvido y la falsa modernidad. Esas casas que son vivienda y sentimientos, son también identidad, y espejo de lo que somos. Reflejan nuestra ineptitud cultural.; nuestra dificultad para aprender y preservar conocimientos y diversidades.

En el centro de Maracaibo hay un silencioso bombardeo de irresponsable indiferencia que derriba nuestro pasado de la sabia arquitectura que domaba el clima y liberaba la creatividad. Zona de guerra; escombros y ruinas; casas medio derrumbadas y edificios que ya son sólo fachadas desteñidas. Sitiado y bombardeado, en medio de ese espeluznante paisaje, Stalingrado sigue en pie. El Bar Stalingrado, con su aviso amarillo descomunal con sus ficheras; el aire acondicionado de sus penumbras, tras oscuros vidrios ahumados y su barra con cerveza helada, sigue allí, detrás del edificio de los atlantes exhaustos.