• Caracas (Venezuela)

Sergio Antillano

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Sergio Antillano

Opio del siglo XXI

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El deterioro y la destrucción del país, en estos 14 años de fallidos intentos, negligencia y caos propiciado desde el poder, tienen orígenes no visibles para quienes sufrimos las consecuencias. Al parecer, no todos ven lo mismo en el espejo del país. Un buen número de venezolanos, que sufre o percibe la inoperancia de servicios públicos, fallas frecuentes de luz, improvisación en las escasas obras públicas, desplome o deterioro de infraestructuras, desbordamiento de ríos, delincuencia criminal, corrupción, narcotráfico y otras tragedias, aún no ve la relación entre el mal gobierno y esos males. Ese sector de venezolanos ve un espejo opaco. No logra asociar las causas con las consecuencias. No logra entender que el origen de tanto deterioro está en la segregación y la exclusión política, la priorización de la agenda política por encima de la gestión de gobierno y la baja competencia de funcionarios que no tienen méritos ni credenciales.

Nuestro paisaje es de apagones y, el universo construido del país está plagado de roturas de tuberías madre, hundimientos de vías, puentes que se desploman, lagos que se desbordan, refinerías que se incendian o explotan, hospitales precarios o en eterna remodelación. Agobian servicios de aseo urbano que no asean y teléfonos que no funcionan; el servicio de correo no existe y los aviones nunca parten ni llegan a la hora prevista; las carreteras son un riesgo de huecos y malandros. El Metro de Caracas es boceto borroso de lo que fue y otros sistemas de transporte masivo no terminan de construirse. La única cifra en aumento es la de personas muertas o secuestradas por una delincuencia asesina que reina impune. Todos vemos esa cotidiana degradación de nuestras vidas y del espacio que habitamos, pero, insólitamente, no todos ven la responsabilidad del Gobierno en esa realidad agobiante.

La infinita biodiversidad del país también sufre procesos de deterioro. Ríos se han secado o sufren contaminación, humedales urbanizados, bosques en retirada, corales reducidos, crecimiento de médanos y desiertos disminuyen las especies botánicas y de fauna, mueren animales en cautiverio en zoológicos y acuarios. El lago de Valencia desborda sus aguas contaminadas, y el lago de Maracaibo, cada vez más eutroficado por enfermedad evitable. Y el sistema de parques nacionales y áreas protegidas está a la deriva, y campea la anarquía de actividades humanas contrarias a su preservación y adecuado manejo. El hermoso y vital entramado bio-geográfico de la nación comparte nuestra tragedia.

El país muere porque su principal guardián no hace bien el trabajo que le fue encomendado y al que obligan leyes y reglamentos. Pero nada de eso parece reflejarse en el espejo al que se asoman muchos venezolanos que votaron por la reelección del Presidente. Por alguna o muchas razones están impedidos de visualizar la responsabilidad que, por acción u omisión, tiene el Ejecutivo en esas complejas problemáticas. Muchos no perciben que el denominador común de la degradación de calidad ambiental y de vida es una gestión pública cuya incompetencia se acentúa al ser sectaria.

Al no ver esa causa fundamental de los problemas, se conmueven con la realidad, pero escogen mantener el curso equivocado. El hogar de la familia es derrumbado y ese grupo de parientes, con quienes compartimos casa, aplauden enceguecidos a quien mueve la mandarria.

Quienes no logran entender la verdadera causa de su propia tragedia deben ser estudiados. Indagar en las razones de esa ausencia de capacidad asociativa y analítica que les lleva a asumir una postura acrítica, y premiar con votos a quienes lo han hecho tan mal. Quizás la carencia de suficiente información y de capacidad crítica, el exceso de adoctrinamiento alienante, el fanatismo y la desesperanza cargada de resignación están entre las causas de su incapacidad para percibir el vínculo directo entre mal gobierno y caos reinante.

La sensatez de ese colectivo, seguidor de sus verdugos, quizás desaparece bajo el feroz y alienante discurso del fanatismo. Sin capacidad asociativa y abarrotados de dogmas, reeligieron sin rubor el continuismo de un fracaso.

El reto es comprender ese fenómeno de alienación y ceguera de un colectivo social, para descorrer velos que nublan las miradas de esos compatriotas. Los votantes del continuismo son una razón más para luchar; ayudarles a liberarse es parte de las metas de los demócratas. Venezuela es hoy un territorio devastado y su mayor tragedia es esa parte de sus habitantes que se mira en un espejo opaco y aplaude su propio envilecimiento y destrucción.

 

*Ingeniero / Planificador ambiental