• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Las teleseries y la inmediatez

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En un mundo llevado por la inmediatez, en el cual nos informamos a base de la lectura veloz de los headlines de las diferentes noticias, chequeamos la vida personal de trescientos amigos haciendo un rápido roll por el Facebook, y donde los escasos caracteres de Twitter a veces se vuelven demasiados como para leerlos completos, es extraño pensar que las series televisivas hayan seguido en pie y moldeado, en cierta forma, la sociedad que somos hoy en día.

Es extraño dedicarle tanto tiempo, tanto en horas como en vida, a un único hecho. Si no es por requerimientos del sistema, como trabajar para poder pagar las cuentas, o por los de alguna índole social o afectiva (salir con tu pareja, llevar a los hijos al colegio) el ser humano como tal pasa poco tiempo centrando toda su atención en una sola actividad. Un buen ejemplo de esto es cuando debemos hacer tiempo en una sala de espera: recorremos cada una de las aplicaciones que tenemos en el celular, revisamos fotos que hayamos tomado, respondemos mensajitos de Whatsapp que habíamos postergado, le escribimos a aquella persona que se graduó contigo y que soñaba con ser de la realeza porque, casualmente, también hojeamos una desgastada revista Hola que nos recordó a ella. Luego, por supuesto, nos da chance de volver a las aplicaciones del celular, pero ahora las revisamos más a fondo. Empezamos a seguir a gente que no seguíamos, a dar likes, a revisar qué es tendencia ahora en Singapur. Cuando por fin nos toca despegarnos de nuestros asientos el daño está hecho, y hemos pasado una hora, dos, acumulando nuestro cerebro con un sinfín de información tan disonante y diversa como podríamos imaginar. No podemos quedarnos quietos. No podemos estar sin hacer mil cosas. El tiempo se acorta, cada vez alcanza para menos, y hay que aprovechar cada segundo como si no hubiese otro enseguida. El ciclo se repite hasta el infinito, en el Metro, en la cola hasta la casa. Y, aun así, seguimos viendo series.

Tal y como nos dice Jorge Carrión en su libro Teleshakespeare, las teleseries firman un pacto con el espectador. Esto es muy diferente al pacto que uno realiza cuando va a leer un libro o ver una película, y todo es por cuestiones de tiempo. Una película puede durar lo mismo que tres o cuatro capítulos de una serie, y una novela difícilmente ocupará tantas horas invertidas como lo sería ver las seis temporadas de The Sopranos. Con las series ocurre un fenómeno extraño que tiene que ver con todo aquello que no se cuenta, las elipsis, las largas transformaciones de los personajes, los que llegan y los que se van, las historias paralelas y, sobre todo, saber inconscientemente que todo eso se va a terminar. Comenzamos a ver cualquier serie sabiendo que en cierto momento se va a acabar. Cuando esto sucede, enseguida consumimos otra. Producen adicción. Citando a Carrión: “Por tanto, comenzar a verlas significa saber que es muy probable que, si la ves entera, acabes sintiendo empatía por sus personajes, enamorándote y dependiendo mínimamente de ellos; por tanto, significa empezar a elaborar el duelo por perderlas”. Y esto es fascinante, porque sin duda ha cambiado la relación simbólica que uno genera con las teleseries. Un ser humano que no le alcanza el tiempo para nada, que no puede dedicarse a una sola cosa a la vez, que trabaja más, duerme menos y le cuesta mayor trabajo formar vínculos afectivos, termina invirtiendo gran parte de su vida a seguir, como perro fiel, otras vidas, ajenas, ficcionales, durante horas, días, meses, años y temporadas. Y hace todo eso sabiendo que aquello que ve es ficción, y aun así termina cayéndole buenísimo el protagonista, termina odiando a un par de personajes, se identifica a sí mismo y a los que lo rodean con los diversos personajes. Además, y es lo que da más miedo, sabiendo que es un esfuerzo caduco. Que por más temporadas que tenga Friends en algún momento iba a terminar y se iban a separar los amigos. Tus amigos.

Y es que, quizás, de cierta forma hemos estado buscando en las series televisivas una suerte de refugio. Nos escudamos detrás de las ficciones de nuestra propia realidad, porque es seguro, porque es más fácil. Adictos como somos, devoramos una detrás de otra, nunca tenemos suficiente y queremos más. Sufrimos y pasamos el cold turkey cuando se acaba la temporada en aquella escena clímax y debemos esperar meses antes de seguir saciando nuestro apetito. Nos metemos como locos en Internet a buscar reviews, posibles teorías, escenas filtradas, pequeños videos de Youtube que no nos dicen mucho pero que nos siguen generando ansiedad. Nos llenamos de placebos y suplantamos nuestras identidades. Visitamos foros, páginas de fans, enciclopedias virtuales con un sinfín de datos increíbles, absurdos y hasta inimaginables. ¿Quieres saber qué carajo significa el episodio de la mosca en Breaking Bad? Abre Google, abróchate los cinturones, y empieza un largo viaje de propuestas que van desde el 9-11 hasta el muro que quiere levantar Donald Trump en la frontera si gana las elecciones. ¿No es suficiente? Entra en cualquiera de las páginas web de las series y sigue invirtiendo horas de tu vida en las diferentes trivias, juegos, wallpapers, ringtones, sneak peeks y behind the scenes que te ofrecen cualquiera de ellas. La lista continúa.

Y aun así, a pesar de saber todo esto, tienes anotado en tu calendario el próximo inicio de temporada o estás bajando por Torrents el último capítulo que ha salido. A pesar de saber que no tienes tiempo para nada, sigues buscándolo de alguna u otra forma para usarlo en ver el capítulo que tienes pendiente y del que no dejan de llegarte spoilers  de todos lados. A pesar de que quieres vivir más aventuras, y viajar por el mundo, y conocer el amor de tu vida, sigues hablando en cada reunión de las vidas y amoríos de los personajes de la pantalla. Lo inmediato pasa por las teleseries, es un filtro, una droga y una bendición que ha pulido a nuestra sociedad actual y que tiene y tendrá reminiscencia en lo que somos como seres humanos.