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Santiago Zerpa

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Santiago Zerpa

El síndrome Neal Cassady

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A través de la historia de la cultura pueden encontrarse distintos personajes que, sin ser protagonistas directos de la creación, han estado involucrados de una u otra forma en las actividades culturales que le atañían en el momento. Uno de los casos más ilustres fue el de Neal Cassady, ícono de la generación Beat estadounidense de los años cincuenta.

Cassady creció en Denver, bajo el tutelaje de un padre alcohólico, una crianza entre paredes de reformatorios y graves conflictos con la ley a temprana edad por su predisposición a robar automóviles. Creció siendo un ser subversivo, bisexual y esclavo de sus emociones e instintos más profundos. Aficionado al sexo, al alcohol y a las drogas, se amistó rápidamente con aquellas jóvenes promesas de la literatura americana que luego pasarían a formar unos de los movimientos literarios más importantes de la historia. Escritores de culto, que se siguen leyendo y parodiando hasta el cansancio, y que rechazaban aquella estructura de valores clásicos que, para la época, contradecía a personas como ellos.

Entre los mayores representantes de la generación Beat encontramos a Jack Kerouac, a William Burroughs, a Allen Ginsberg y a… ¿Neal Cassady? ¿Por qué Neal Cassady? Si bien es cierto que estuvo presente en el movimiento, Cassady nunca fue un escritor, ni creador. Aunque era un lector empedernido, su “función” en el grupo equivaldría al de una suerte de musa, un personaje tan ficcional, tan excéntrico, tan impredecible que resultaba imposible pasar inadvertido. Todos los escritores beats lo utilizaron en sus respectivas obras, porque Cassady era tan fascinante que hubiese sido una tontería no hacerlo. Sin embargo, hasta ahí queda su aporte. Un buen amigo, el loco del grupo, que se emborrachaba más que nadie, se drogaba más que nadie, bailaba como un poseído al sonido del jazz, que robaba automóviles estacionados para dar vueltas como un maniático alrededor de la ciudad, con el que podías viajar haciendo autostop y atravesar el continente varias veces al año, con el que podías buscar novias mexicanas y dormir debajo de un puente… Cassady se volvía entonces un objeto de identificación y explotación por parte de sus amigos, que luego desarrollaban aquellas hazañas y extravagancias en poemas y relatos. También funcionó como musa en escritores posteriores como Tom Wolfe o Charles Bukowski.

Neal Cassady muere a los 41 años de sobredosis en un pueblito de México. Póstumamente se recogerían cartas y textos dispersos de su autoría y se recopilarían en un libro, lo que no es más que un intento editorial de volver “escritor” a un personaje fascinante que no lo era. De crear de la nada a un contendiente Beat de la talla de sus otros exponentes. Aprovecharse de su mito, de la amistad que mantenía con dichos escritores. Apartar el hecho de que la ficción y la realidad son dos cosas diferentes, y vender al consumidor la idea de que el personaje Dean Moriarty (protagonista de la novela de Kerouac On the Road, basada en Neal Cassady) era real y escribió un libro increíble que todo el mundo debe comprar porque el hombre era un auténtico genio. Y la realidad es que, si bien es cierto que Cassady era un personaje interesante, o mejor dicho, un personaje muy interesante, y si también es cierto que la estrategia editorial de recopilar de manera póstuma textos inéditos puede llevar a grandes libros, es un PECADO, así, en mayúsculas, que se cree de la nada la figura de un escritor de donde no la exista. Que se haga creer que alguien que no escribía, que no tenía oficio, que a diferencia de sus compañeros no se encerraba por meses a sufrir ante las hojas en blanco, que nunca publicó por el simple hecho de que no le interesaba publicar, porque lo que hacía era anotar sus divagaciones y alucinaciones causadas por intoxicaciones etílicas y de otras índoles. Porque, simplemente, no era escritor, sino una persona que vivía lo más salvaje y libre que podía. Y en eso era el mejor, sin duda alguna. Cualquier persona puede escribir un libro, pero no cualquiera es un escritor. De la misma forma cualquier persona puede estar rodeada de escritores, pintores, músicos y nunca crear nada artístico en toda su vida. Neal Cassady es un buen ejemplo de ello.

Sin embargo Cassady dejó su estela, imborrable. Hoy en día se siguen viendo a estos personajes que se escabullen y mimetizan entre escritores, que se aprovechan de eventos, bautizos de libros, ferias, y demás actividades culturales para hacerse llamar la atención. Adquieren una suerte de notoriedad a cuesta del trabajo y esfuerzo de otros, cuando la realidad es que algunos ni siquiera han garabateado palabras sueltas en un cuaderno una sola vez en su vida. Memorizan fragmentos de libros y repiten, como loros, aquellas acertadas frases que han escuchado de boca de verdaderos escritores. Logran hacerse cierto nombre, y hasta se las ingenian para impartir charlas, seminarios y hasta dar clases a alumnos ingenuos que creen estar frente a Kerouac, a Ginsberg o a Burroughs, sin sospechar que tienen a una copia de Cassady. Una copia aburrida y almidonada que, además, no tiene ni un cuarto de su locura heredada. Estos seres invadidos por el síndrome de Neal Cassady lastiman la literatura, que como plantas parásitas se aferran a lo malo: al invento editorial, a existir basados en un mito, a ser escritor sin escribir (¿es posible?). Y que se olvidan de lo bueno: de que Cassady, a pesar de todo, sirvió de inspiración para obras extraordinarias. Que aunque no era escritor era feliz siendo objeto de escritura, y que uno debe tener bien clara la función de su vida. En su caso era sencilla: vivir.