• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Santiago Zerpa

Todos queremos ser Frank

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Don: You play C, F and G?

Jon Burroughs: Yeah.

Don: You're in.

Frank (2014)

 

Lenny Abrahamson dirige en 2014 Frank, película independiente que traza la vida de Jon, un chico que quiere ser músico, y su encuentro místico/orgiástico con una banda de seres incomprendidos liderados por el misterioso Frank (Michael Fassbender): un aparente genio musical que lleva encima una enorme cabeza de papel maché que no se quita por nada del mundo. Jon empieza a formar parte de esa banda extraña, sumergiéndose cada vez más en un universo descontrolado de creación, personalidades bipolares, traumas, depresiones y una lucha incesante por ser original. Pero no solo eso, original y aceptado por las masas. Original y amado por todo el mundo. Frank es la llave para todo eso y más, pero, tal y como le aclara Don (otro miembro de la banda): “Todos queremos ser Frank. El problema es que ya hay uno… él.”

Comienzo hablando de Frank porque es la epítome de la búsqueda universal hacia la originalidad. Es algo que nos rodea a todos, siempre, y de muchas maneras que a veces ni logramos descifrar. Es una búsqueda incesante que pasa a través de la ropa que llevamos puesta, hasta la forma en la que hablamos, la pareja que queremos, los libros que leemos, las películas que vemos un domingo por la tarde, los amigos que tenemos (y lo que hacemos con ellos), etc. Todo es una trama hacia la originalidad, de ser único y sobre todo creérselo, sentirlo. Ser especial en un planeta en el que casi 7.000 millones de habitantes deben estar un escalón por debajo de ti. Y si eres creador, si escribes, o creas arte, o compones música, o diseñas centros culturales, ésta búsqueda es peor. Se vuelve una cruz con la que cargas todos los días y a todas partes, ya que sin originalidad no eres más que un plagiador. Idea que, además, tus queridas profesoras del colegio siembran en ti desde pequeño, y que luego tus profesores de la universidad se encargan de darle contorno a aquel arbusto descontrolado que crece entre ceja y ceja: No debes plagiar. Debes ser novedoso y original.

Ahora, esta búsqueda es de por sí absurda, y por muchas razones. La originalidad per sé no existe, empezando por nosotros mismos, somos la primera prueba de ellos. Mírate en un espejo y notarás que no eres más que un remix de tus padres, que a su vez lo son de tus abuelos, y así seguimos hasta el infinito. La ropa que usas viene basada, con seguridad, en otra colección, de otro diseñador, que vio a una persona caminando por París, usando una franela que ella misma hizo a partir de una banda de pop, que intenta emular a David Bowie. Es un ejemplo tonto, banal si se quiere, pero todo funciona así. Como seres humanos estamos capacitados para ser recolectores de información, cosa que hacemos todo el tiempo hasta de forma involuntaria. Basta que pases frente a una publicidad (sin necesidad que la detalles y/o leas) para que quede plasmada en alguna carpeta de tu memoria. Todo lo que vemos, leemos, escuchamos, vivimos y experimentamos está ahí y se queda ahí, aunque el problema sea luego encontrar dicha información. Sin embargo, ella logra encontrar la manera de salir, y sale, y esa publicidad que viste años atrás en un aeropuerto de pronto toma forma como la frase que dice uno de tus personajes del guion que andas escribiendo. ¿Entonces? ¿Qué hacer?

Mucha gente confunde el concepto de ser original con el de ser innovador. Y creo, personalmente, que la segunda vía, la de innovar, es mucho más satisfactoria y necesaria. Un profesor de Letras me dijo una vez, a modo de broma: “¿Para qué uno va a escribir nada si ya todo lo dijeron los griegos?”, y de cierta forma aquellas palabras eran sinceras e inteligentes. Los tres grandes temas de la literatura son el amor, la muerte y el poder. De una forma u otra, cualquier cuento, novela e historia tiene como base alguno de esos temas, o es una bifurcación de los mismos. Y sí, los griegos, antes que vinieran los romanos, antes que comenzara la historia occidental como la conocemos hoy en día, ya habían escrito y hablado hasta el cansancio de ello. A su vez habían descubierto que la originalidad no existía, que todo estaba en la naturaleza y que esta era el espejo al que se debía voltear la mirada. Tekhné Mimetiké, la llamaron ellos. Mímesis. Copia. La NO originalidad, pero la SÍ innovación. Decir lo mismo de muchas formas distintas. La manera de representar aquello que ya existía en muchas áreas diferentes hasta llegar al punto de hacerlas tan suyas, tan personales, que lograban apropiárselas. Hacían suya la naturaleza, y la innovaban en un templo, en una escultura, en una tragedia. Miguel de Cervantes copió las novelas de caballería que tanto lo abrumaban, y a manera de sátira, la fue tiñendo con un lenguaje propio y características nunca vistas para la época hasta innovar el género por completo. Un caso parecido, salvando las distancias, es de Charles Bukowski, quien después de haber devorado durante años las novelas negras de Chandler y Hammet decidió hacer su propia historia noir. Y así nace Pulp, novela que rescata la tradición de sus antecesores mientras es atravesada por la crítica al género por parte de Bukowski, a la vez que es renovada por el lenguaje y el paradigma cultural del propio escritor. Otro ejemplo es el de Andy Warhol, quien agarró una lata de un producto existente, con una marca preestablecida como lo era Campbell´s, y se lo apropió de tal forma que hoy en día es imposible mirar dicha lata y no pensar en el artista. La lata como alimento pasó a un segundo plano, aparte de ser la primera, la “original”.

“Los grandes artistas copian, los genios roban”. Es una frase cliché y repetida hasta el cansancio pero llena de sabiduría. Picasso, maestro al fin, sabía lo que decía, y sabía que el camino a recorrer era el de la innovación. La apropiación total, hasta que pierda su significado primigenio, y se acople al tuyo, es arte, es de genios. Hace poco vi Sherlock, serie creada en 2010 por la BBC por Mark Gatiss y Steven Moffat, basada en el famoso Sherlock Holmes de sir Arthur Conan Doyle. La serie, que en un principio no me llamaba la atención, terminó atrapándome por completo. Porque a diferencia de las películas de Guy Ritchie, también recientes, donde actúa Robert Downey Jr., la serie no intenta para nada ser original. Al contrario, su búsqueda es la de volver a los libros, al Sherlock primigenio, adicto, deductivo, frío, inapropiado y calculador de las historias. Los capítulos están basados en los propios libros, y el arte se encuentra en la innovación, el transformar una historia como la de Los perros de Baskerville, que no tiene cabida en pleno siglo XXI, e insertarla en nuestro contexto. En colocar a Sherlock llamando por celular y mandando mensajitos de texto, o al doctor Watson como un veterano de Afganistán que es blogger. Esos detalles convierten a la serie en una obra de arte, en una apropiación tan bien hecha que, ahora cada vez que pienso en el detective, no puedo figurar en mi mente otro personaje que el encarnado por Benedict Cumberbatch.

Yo también quiero ser Frank, pero innovando, robando, apropiándome de lo existente para crear algo propio.