• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

La Princesa de Francia

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La semana pasada fui a ver la última película del cineasta argentino Matías Piñeiro. Todo había comenzado unos días antes. Por azar me enteré de que iban a transmitir La Princesa de Francia en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (mejor decirle Malba por economía de espacio). La película (que ya me habían recomendado un par de amigos ligados al cine), independiente, diferente, se anunciaba como una más de la variada propuesta que mensualmente deciden transmitir para su distinguido, refinado y selecto público (cosa extraña, porque si eres estudiante pagas un cuarto del precio de la entrada, quizás siendo una de las más económicas de toda la ciudad). Así que, como la sala es pequeña, era viernes, debía ir a la universidad en una hora, y los autobuses no me dejaban lo suficientemente cerca, me lancé corriendo las veinte cuadras que me separaban del museo. Y corrí, como Forrest Gump, esquivando ciclistas, taxistas nacidos del odio y un sinfín de regalitos marrones que los dueños de perros deciden dejar en las aceras para el beneficio de todos (gracias, de verdad se les agradece dejar los regalitos, sigan así!).

La cosa es que quince minutos después llegué al Malba. Entro esquivando turistas en shorts (a pesar de que hacen 10 grados) y le pregunto a la recepcionista, casi desesperanzado, si todavía quedaban entradas para la película de Matías Piñeiro de esa noche. La recepcionista arqueó la ceja. Ahí debí haber distinguido una primera señal, pero por la carrera y falta de oxígeno pasó de largo. La película de Matías Piñeiro, La Princesa de Francia, ¿tienen entradas? Repetí. La chica revisó en su computadora gris y cuadrada, parecida a la que yo usaba con 9 años y que tenía Windows 98. Después de unos segundos de intenso silencio me dijo: Ahhh sí, quedan muchas (segunda señal pasada por alto) querés entradas? (acentos argentinos). Así que, con un par de tickets en mi bolsillo que me acreditaban entrar a la función nocturna, me lancé a la universidad para intentar llegar a tiempo. Y, aunque no venga al caso, ese día tenía clases de dirección actoral. Me tocó dirigir una pequeña puesta express en la que tres hermanos lloran la muerte de su padre, mientras que el cuarto (el outsider, el James Dean del grupo) fumaba un cigarrillo mientras insultaba en silencio a todo el mundo (tercera señal).

La noche llegó y fui con mi novia al cine, tradición que intentamos hacer semanalmente para escapar de Netflix y poder comer cotufas con sabor artificial de mantequilla. Ir al cine, como un acto per se, es una experiencia maravillosa. Muchas veces termino escribiendo de aquello que veo, de los que me rodean, justamente como ahora. Una vez, por ejemplo, durante una función, unas personas un par de asientos detrás de m comentaban a viva voz todo lo que ocurría en la pantalla. Cuando el protagonista lloraba, uno decía: está llorando porque su novia lo dejó. Cuando la chica se iba sin despedir, otro decía: se fue porque está indignada, seguro no quiere seguir estando ahí. Las dos horas de film se volvieron insoportables con aquellos tontos narradores de obviedades. Cuando se acabó la función y encendieron la luz, pude ver que los chicos eran (ya lo sospechaba) venezolanos. Vestían colores vinotintos y tricolores y seguían comentando todo a viva voz a pesar de que ya se había terminado. Pero volvamos a la película de Matías Piñeiro, donde no había venezolanos. Donde, incluso, no había casi personas. Éramos unos quince esperando fuera de la sala para entrar. Trece personas perdidas ante la enorme puerta de madera, mi novia (arrastrada por mi necia técnica de escoger películas), y yo, que seguía sin entender las señales que me mandaba la vida (la cuarta para ser exactos).

Entramos. Sin anuncios ni entretiempos se apagaron las luces y el filme empezó a rodar. Una cámara colocada desde lo alto de un edificio observa, como una vecina chismosa, un partido de fútbol. Una caimanera. Chicos que juegan y que se multiplican acompañados de una música clásica que los hace danzar. Los créditos iniciales se hacen presentes. Vemos al protagonista que ha regresado a Argentina. Vemos a su amante, a su ex, a su amiga, a la otra. Vemos cómo intentan montar una antigua pieza teatral, La Princesa de Francia, pero como una utopía inalcanzable. Todos los personajes han cambiado, demasiado, como para volver a ser los mismos de meses atrás. Todos los personajes mutan y se reflejan, siendo meros utensilios para que la historia se termine de narrar. Los bordes de la ficción se difuminan. La historia muta y se multiplica en dos, tres, cuatro versiones de sí misma, en donde todo es verdad, en donde todo es relativo. Como la vida misma. Secuencias que se repiten sin parar, contadas sin protagonistas, sin voces, como una suerte de experimento dadaísta, como una versión express y porteña del Rashomon de Akira Kurosawa. Todo muy teatral, con mucho diálogo, con muy buen manejo de las estructuras, que irremediablemente nos lleva a pensar qué carajo es lo que estamos viendo. Y durante la búsqueda de esa verdad nos damos cuenta de que una cosa, que una historia, es a la vez muchísimas otras cosas o historias. Que todo lo que estamos viendo quiere decir mucho más. Y así, de improviso, acaba. 67 minutos después. 67 minutos que, vista la cara de frustración de las otras 13 personas de la sala, se les hace insuficiente a un público que necesita más tiempo para reconstruir todo. Un público educado para ver las largas trilogías de Peter Jackson sin pestañear, y que siempre necesita más historia. Un público que va saliendo de la sala, a paso lento, sin hablar, y que intenta reconstruir o adherirle sentido a todo lo que acaban de ver. Y me da risa, y me río, porque me parece increíble que el refinado y culto público del Malba haya quedado tan extrañado con una película que, siendo franco, tampoco es la vaina más disociada del mundo. Es decir, Piñeiro le coloca una estructura interesante y muy bien armada que deforma las formas (valga la redundancia) pero que hace que conectes, que disfrutes. Cuenta una historia sencilla, bonita y sincera por delante de todo. Vamos, que no estábamos viendo una película de David Lynch o una de David Cronenberg con mutantes con penes asesinos que le salen de las axilas. En fin, salimos de la sala y mi novia me pregunta si me gustó. Yo le digo que sí. Ella me responde que también. Yo la abrazo y sonrío de nuevo. Ahora no tengo por qué salir corriendo a ningún sitio.