• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Santiago Zerpa

Sobre el desierto, la muerte, los genios y Tristicruel

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Sobre el desierto:

El desierto es un espacio despoblado, solo, inhabitado. Aunque lo primero que nos venga a la mente sea aquella imagen prefabricada con pirámides entre enormes dunas de arena, camellos y nómadas envueltos en telas, la verdad es que el desierto puede ser algo muy diferente. No tiene que medir miles de kilómetros como el Sahara ni ser caliente. La desolada antártica también lo es, pero no tenemos que irnos tan lejos para encontrar uno. De hecho vivimos rodeados de pequeños lugares inhóspitos sin sospecharlo, como los techos de las casas o las escaleras de los últimos pisos de un edificio muy alto, por ejemplo. También existen desiertos temporales, y aquí entrarían los pasillos de la universidad durante Semana Santa, los parques infantiles durante la noche, y ciertas urbanizaciones que son desérticas la mayor parte del tiempo, como Los Chorros (que también es un laberinto, además). Hay pueblos desiertos donde extrañamente viven personas, como Guaraunos en el estado Sucre. Y también hay desiertos emocionales. Espacios sin tiempo que se forman como engendros malvados de la mente y que se expanden, como una planta parásita, dentro de uno. Estos son los más peligrosos de todos, porque no tienen principio ni fin y uno no se deshidrata hasta morir, por lo que puedes quedarte perdido en la eternidad.

 

Sobre la muerte:

Hay personas que ponen un pie en el desierto y son devoradas por la nada en cuestión de minutos. Leyendo sobre los 43 estudiantes que habían desaparecido en Iguala y luego fueron encontrados muertos (asesinados, quemados y enterrados), no pude dejar de pensar en varias cosas. Primero, que México, desde siempre, o mejor dicho desde los aztecas, ha sido una tierra de magia, misterio, sangre y desiertos. Ya nos lo decía Juan Rulfo con su Comala, aquella región sin tiempo envuelta continuamente en un halo de muerte. Pero también nos lo decía Roberto Bolaño, un mexicano adoptado, en su novela 2666. En “la parte de los crímenes”, narra de una manera fría y exacta, con una mano que parece más la de un forense que la de un escritor, los atroces crímenes que azotan al poblado de Santa Teresa. Las mujeres asesinadas en la novela son un espejo de los estudiantes asesinados en la realidad. Rulfo y Bolaño nos hablaban de un país voraz, cíclico y lleno de interrogantes. De un México como desierto. Venezuela de cierta forma también se ha vuelto uno, quizás emulando a México, quizás porque los indios caribes eran primos de los aztecas y en el fondo llevamos la misma sangre sangrienta, valga la redundancia. Los dos países viven sumidos en distintas carnicerías, parecidas, pero de diferentes naturalezas. Salvajes las dos, pero la del norte envuelta en la bruma de Comala, y la del sur en una despiadada anarquía a sangre fría. Ya quisiéramos saber cómo escapar de aquellos desiertos, o que al menos nos otorguen una brújula.

 

Sobre los genios:

Los genios viven en una encrucijada desde el momento en el que nacen, pues no solo viven en un desierto físico sino que además se están creando desiertos emocionales a cada rato. Es una manera intrépida y masoquista de vivir, como dormir sobre una bombona de gas con un cigarrillo en la boca. Por eso los genios son pocos. Crean esos espacios emocionales por el hecho de no dejar de pensar. Esa mente que funciona como una maquinaria que no para es una bendición y una maldición. Crean cosas maravillosas, pero están predestinados a llevar encima todo el peso de la desolación. No todos los escritores son genios, pero muchísimos genios escriben. No creo en las coincidencias. El hecho de que escribir sea una de los oficios con más números de suicidas a través de la historia no es azar. O que sea uno de los oficios donde el promedio de expectativa de vida no supere los cincuenta años. Y es que vivir entre aquellos dos mundos no debe ser sencillo. Es una decisión ruda de cómo llevar la vida, sobrevivir al desierto externo sobrellevando el interno a donde quiera que vayas. Sin tregua, sin pausa. Por eso es muy fácil perderse en el camino, o buscando el camino. Por eso genios como Horacio Quiroga, Ernest Hemingway, John Kennedy Toole, Alfonsina Storni o David Foster Wallace, por citar a algunos, decidieron lanzarse sin timón y a la deriva. Y no puede culpárseles de nada, ni cuestionarlos, ni criticarlos por lo que decidieron. Sumergirse en un desierto donde solo hay preguntas es de valientes, y es muy difícil. Respeto y admiro a los genios que prefirieron irse pero también a aquellos que decidieron quedarse. Son dos caminos paralelos e igual de complicados.

 

Sobre Tristicruel:

Este texto nace a raíz de un amigo, de un genio que se fue sin brújula a buscar algo que solo él sabía. Iba a escribir de Domingo Michelli y de su libro Tristicruel, pero muchos se me adelantaron, y escribieron cosas tan hermosas que no tiene sentido que me ponga a repetir sus palabras. Personas como Carlos Sandoval, Ricardo Ramírez Requena, José Delpino, Adalber Salas, Mariana Maduro, Francisco Catalano o Nancy Moreno, por citar algunos entre el enorme grupo de personas que sintieron que escribir sobre el desierto de Domingo les correspondía también a ellos (googleen y no se arrepentirán). Después pensé en recopilar estos escritos, pero Nicolás Gerardi (otro amigo y genio) ya lo había hecho en su Blog personal, Textura (que recomiendo visitar: http://texturas.net84.net/), a lo que además le agregó, en un texto, su propia visión. Por eso decidí, en cambio, hablar de los espacios inhóspitos, de la muerte, de México y de Venezuela. Es mi forma de hablar de lo mismo que ya todos dijeron tan acertados: del vacío, de las preguntas.

Por mi parte considero que Tristicruel es un gran libro. No sé si es bueno, o si es malo, pero a mí me gusta, y mucho. Quizás es por toda la carga emocional que significa leer en esas líneas a un amigo, como seguirle la pista, como casi conversar con él durante los minutos que tardas en leer uno de sus cuentos. Domingo nos narra, con una magia que además manejaba muy bien, una visión de ese desierto tan salvaje que significaba Caracas para él. Nos invita a que abramos los ojos y que agudicemos el olfato porque vivimos rodeados de pequeños lugares inhóspitos sin sospecharlo. Quizás por eso mi versión de Tristicruel se torna un desierto hacia el final del libro, donde ha desaparecido la página número 124 y en donde se repiten varias veces las 125,126 y 127. Como diciendo que no tiene principio ni fin, y que vale la pena que te pierdas en la eternidad de esas historias.