• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Santiago Zerpa

Las calles de Buenos Aires vistas por un caraqueño

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La mañana comienza fría en Buenos Aires. Hacen unos -2˚C y cae una llovizna incesante que acompañará a los argentinos durante el resto de la estación. La ciudad es gris por todas partes, aunque luego me dirían que no, que en realidad en sepia. Si caminas sin prestar atención, todos los edificios pueden confundirse como una sola mancha melancólica. Pero si te detienes, descubres que entre la flamante torre de telefonía y el centro comercial descansa una vieja catedral llena de gárgolas al mejor estilo de ciudad gótica. Los demonios con lengua afuera y los grifos de afiladas garras adornan un paisaje lleno de árboles desnudos a causa del invierno. Aquí el cemento devora el verde, devora todo.

Los cafés se las pasan llenos a toda hora. Tanto aquellos emblemáticos (aquí los llaman Notables) como aquellos que se han vuelto franquicia, ofrecen un refugio a trabajadores y peatones que comienzan su rutina calados hasta los huesos. El café se sirve en jarrita, no en taza. Se acompaña con empanadas de mozzarella, de panceta, de jamón curado o de picadillo, un preparado de carne troceada y de procedencia incierta. Sin embargo, aunque el café sea la bebida predilecta, hay un grupo de personas fieles al té. La ocupación inglesa en las Malvinas dejó su huella, y es común ver en algún rincón a una señora de nariz estirada dándole sorbitos a su té mañanero mientras devora una medialuna que romperá su dieta. Pero no solo hay cafés, las pizzerías, los bares y as heladerías se propagan por toda la ciudad cual enredadera. Las cuadras comienzan a formar patrones y uno descubre que la fórmula se aplica sin excepción a medida que avanzas entre las calles. Heladería, café, pizzería, bar, y así hasta el infinito.

Las calles de Buenos Aires están llenas de plazas y de librerías. Cada dos cuadras puedes encontrarte un templo de lectura con libros hasta el techo. Las hay de todos los tamaños y colores, y puedes perderte entre las perfectas bibliotecas del exuberante Ateneo como tragar kilogramos de polvo en uno de los muchos huecuchos de libros usados que se encuentran atrapados entre medianeras. Al frente de las librerías hay lugares que ofrecen el poco verde que contiene la ciudad y que invitan a la lectura de los libros recién comprados. Las grandes plazas están llenas de mártires a caballo, de indios mapuches y de mendigos envueltos en cartones. Las pequeñas tienen nombres peculiares, como Plaza Mafalda, Plaza de la Memoria o Plaza Cortázar. Ésta última es ideal para sentarse a leer Rayuela y sentirse defraudado de ésos cinco metros de cemento en forma de rombo, que no tiene bancos, ni plantas, ni nada, y aún así lleva el nombre del señor de los Cronopios.

Las calles están llenas de personas que necesitan dinero y que hacen cualquier cosa por conseguirlo. Las esquinas albergan todo tipo de bandas que van desde un quinteto de acordeones a una banda de punk rock llamada Culo de Mandril que escupe sobre el rostro de los transeúntes que se van sin dejarles dinero. Hay mimos, magos, comediantes, estatuas vivientes, malabaristas, titiriteros, bailarines de tango y hasta un par de freaks que se engrapan en los testículos los pesos que el público les va dando. También hay una joven pareja que ha almidonado su ropa para que parezca que un fuerte viento los está empujando. Posan en extrañas posiciones y cobran para que te fotografíes con ellos. Un japonés se coloca entre ambos y hace una posición de karate. Feliz, deposita un grueso billete de cinco pesos junto a los otros tantos que la pareja va almacenando, seguramente de nipones anteriores.

Las calles de Buenos Aires son muy amplias, y están llenas de peatones. Fueron hechas para caminar, y cumplen su función sin descanso las veinticuatro horas del día. Cientos de miles de personas se desplazan como hormigas y atraviesan los diez canales que ocupa la Avenida 9 de Julio. Nadie se detiene a ver el enorme obelisco que se levanta contra el cielo lleno de nubes y que separa en dos, como Moisés, a ése mar hecho avenida.  Ninguno se da cuenta de que alrededor del golem de piedra vive una de las familias de palomas más numerosas de toda la ciudad, o que su parte inferior está forrada de panfletos de mujeres en poca ropa que ofrecen satisfacción inmediata y garantizada. La gente pasa de largo al obelisco y a los grupos de turistas que intentan sacarle fotos de todos los ángulos existentes. Los peatones pareciesen que no dejaran de caminar nunca, y van deslizándose de calle en calle, esquivando los miles de mojones de perro que se esparcen sobre las aceras, hasta que desaparecen bajo el suelo en aquella serpiente del transporte público llamada Subte. Se desplazan en fila india ignorando todo lo que ocurre a su alrededor y, sobre todo, ignorándose entre ellos mismos. La única forma de que un porteño se pare de su peregrinaje citadino es que estén pasando por televisión un partido de fútbol. Boca Juniors, River Plate, Avellaneda y Racing son los cuatro equipos que apadrina la capital. Todos los porteños son hinchas de un equipo de fútbol al que le han jurado amor a la camiseta. Celebran con locura una victoria contra su acérrimo rival y lloran desesperados si el campeonato se les va de las manos. Cada habitante de Buenos Aires, sin excepción, es hincha de la albiceleste y aman a Maradona y a Messi por encima de sus propias madres. Cuando Argentina golea a un rival, el obelisco sirve de punto de concentración y resguarda a los hinchas enloquecidos. Los diez canales de la Avenida 9 de Julio se llenan de personas que saltan y emborrachan y transmutan en su propia vida toda la emoción del partido de fútbol.

Buenos Aires no duerme y es porque sus habitantes están llenos de una magia que es difícil de descifrar. La ciudad late sin parar dicha magia y la esparce entre los bares de jazz en donde puedes escuchar las estridentes notas del saxo de Charlie Parker, como en los locales de cumbia en donde se versiona de manera atroz las canciones de Soda Stereo. La esparce entre los cientos de teatros, museos, galerías y centros culturales como en el Travestródromo, calle habitada por decenas de damas de compañía transexuales que desfilan, cual pasarela, buscando clientela. La esparce en la pizza de fugazetta rellena, en la parrilla, en el lamento del tango, en el chofer de autobús que escucha a los RollingStones, en el cartonero que anda a caballo recogiendo papeles de entre la basura, en el inmigrante paraguayo que vende duraznos a mitad de precio, en los paseadores de perros, en los lagos llenos de gansos, en las miles de medianeras que decoran el cielo, en el morado de los jacarandás en primavera, en el olor al mate de la tarde, en los litros de dulce de leche que le ponen a todo, en el profesor facho que le da clases al alumno peronista, en las callecitas, en las avenidas, entre las casas y edificios. En los atardeceres anaranjados que despiden diariamente a los porteños. La magia está en cada una de sus calles, y uno solo debe detenerse a observar para ser partícipe de ella.