• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Vin Diesel y la Cajita Feliz

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La producción en masa es algo que siempre me ha llamado la atención. Una producción que, además, anda acompañada de un consumo salvaje y descerebrado que la mantiene a flote. Una simbiosis perfecta en donde cada vez se hace más, para que gastes más, para hacer más. La historia no va a cambiar hasta que estalle una nueva guerra mundial (¿la tercera? ¿Entre fanáticos religiosos? Ya veremos) o que exploten de cuajo las principales bancas del mundo y volvamos a un estado primigenio-sin-dinero como el que nos sugiere Chuck Palahniuk en Fight Club. Sea lo que sea, de momento no tenemos una salida clara. Basta con ir a un McDonald’s para darse cuenta, ver un niño abriendo una Cajita Feliz, igual a miles de millones de cajitas que alrededor del mundo están siendo abiertas por otros niños, buscando un juguete de dudosa calidad made in China, que probablemente pierda la cabeza en los oportunos primeros minutos que lleguen a su casa. La comida, que también es un producto de masa, que también es plástica, pasa a un segundo plano porque cuando eres niño lo único que te interesa es el condenado juguete. Tus amigos en el colegio lo tienen. Aparece en televisión. Aparece como protagonista en la nueva película de Disney quien ha hecho un pacto diabólico junto con McDonald’s para atrapar el alma de los niños en personajes que cantan, bailan y brillan sin razón aparente. Y así, entre miles de ejemplos parecidos, creces deseando aquello que no tienes, pero que podrías obtener por algo de dinero. Felicidad inmediata hasta el próximo juguete.

En el cine sucede algo similar. Series de películas que no son buenas, con pésimos guiones, generalmente malos actores, peores actuaciones son inyectadas por un montón de millones de dólares en efectos especiales y animadores web quienes se encargan, de alguna forma, de hacer una película. De esta forma nacen sagas de películas que nunca se vuelven de culto por apuntar al target comercial desde sus raíces. Dejan a un lado lo que puede volver arte al cine y se enfocan en atrapar con sus redes a los mismos niños consumidores de McDonald’s que ahora pueden ir a ver una película por su cuenta. Y así nacen las series de Rápido y Furioso, Transformers, Taken, etc. Las cuales cumplen su única función a la perfección: mostrarte lo mismo durante la mayor cantidad de películas posibles, mientras te quitamos todo el dinero en el proceso. Porque, si le quitas la dirección, la actuación y el guion a un proyecto cinematográfico, te guste o no, lo que queda es nada. Es un proyecto vacío, sin alma, donde te basas en algunas caras populares y conocidas para mantenerlo a flote. Y sí, seguramente la explosión del helicóptero es increíble, o la manera en que lograron hacer que Optimus Prime salvara a la Tierra, pero no hay nada más. Utilizar efectos de animación y la última tecnología no vuelve a una película un objeto estético, y mucho menos le brindan calidad como obra. El placer que sientes al ver uno de esos filmes es tan momentáneo y vano como el de comerse una hamburguesa de cadena rápida. Lo preocupante es ver los cientos de millones de dólares que cada producción logra recaudar. Y uno no puede más que preguntarse: ¿Entonces? ¿Quizás es realmente increíble esta película con Vin Diesel si ya van por la siete? ¿Me estaré perdiendo algo que cambiará mi vida para siempre? La respuesta, sin embargo, va más allá. En una sociedad de masas consumidoras, como es la occidental, de la que formamos parte, debemos estar claros que el “gusto”, tal y como lo conocemos, es algo que debe colocarse entre comillas. Quizás todo se remonta a la época de los romanos, en la que sus hábiles emperadores se dieron cuenta de que las masas son mayoría, pueden tumbar imperios, pero que también son desinformadas, incultas y de fácil manipulación. Pan y circo es lo que necesitaban para mantenerles felices y a raya, y en medio del Coliseo, mientras el pueblo se emborrachaba y felicitaba las sangrientas matanzas que los gladiadores le brindaban, se olvidaban de todo lo demás. Y bajo esa piedra se ha erigido la sociedad de consumo actual. Las pantallas de cine se han transformado en alguna suerte de coliseo donde el pueblo va a entretenerse. Y el “gusto” no es bueno ni malo, porque es algo que ni siquiera está sobre la palestra. Desde pequeños se han ido transformando en un engranaje más de la cadena corporativa, sin opciones, sin oportunidades de elegir. La gente entra en el cine a ver a Vin Diesel haciendo lo mismo por séptima vez consecutiva no porque les guste, sino porque fueron moldeados para aplaudirlo, para gastar su dinero viéndolo, para impresionarse fácilmente con una persecución de automóviles a gran velocidad donde el héroe nunca choca, ni muere, y al final se queda con la chica. El público, incluso, ve la misma película dos, tres, cuatro veces, porque quizás otras películas que estén pasando no los satisfacen de la misma manera. Es un síndrome de abstinencia, igual al de los bulímicos que no pueden dejar de comer McDonald’s, para vomitarlo pocos segundos después, y enseguida volverse a colocar en la fila del Auto Mac. Y por eso personas como Michael Bay, director que aniquila cualquier película que se decide a tocar (y que está en mi lista negra por asesinar a Transformers o a Las Tortugas Ninja, íconos de mi niñez) tienen tanto éxito. Lo mismo pasa con los libros, con personajes como Dan Brown, John Green, Stephenie Meyer, E. L. James, Deepak Chopra o Paulo Coelho. Personas que escriben libros para satisfacer esa abstinencia comercial de las masas pero que difícilmente puedan catalogarse como escritores, como personas con talento o pensadores. Deberían verse como hábiles comerciantes, o más bien, como útiles herramientas para que el engranaje comercial que los manipula siga funcionando a la perfección. Hasta la próxima guerra mundial, explosión de las bancas mundiales, apocalipsis zombie, invasión alienígena, o lo que suceda primero. Quizás cuando todo suceda a la vez.