• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Santiago Zerpa

Venezuela vs cultura

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No es fácil sobrevivir a la realidad venezolana. Mucho menos intentar apartarla para hablar de otra cosa. La cultura, por ejemplo, pasa a la última gaveta del clóset cuando se tiene que escribir. Es más fácil hablar de la política, del Estado, de los secuestros, asesinatos, desabastecimientos, censuras e inverosimilitudes de la realidad que nos carcome. Está ahí, latente, carne fresca esperando a ser atendida bajo la pluma de todos los columnistas, pensadores y periodistas del país. Está para cualquiera que desea escribir de algo aunque no tenga idea de lo que dice. En un perfil de Facebook, en una cuenta de Twitter o en una fotografía de Instagram: el país nos atormenta con su inexorable día a día.

Abres una página de noticias y ves a veinte, treinta personas que opinan y han escrito sobre los mismos aconteceres inmediatos de un país que se ha quedado sin temas. Se repiten los unos a los otros porque el tema, monótono y cíclico, es quizás demasiado grande para poder apartarlo. Todos, de una manera u otra, nos hemos vuelto partícipes del único argumento que existe en Venezuela: Venezuela. Víctimas del odio y del miedo, no nos damos cuenta de que la subjetividad, la edición y la ficción nos acompañan en cada línea que leemos o escribimos, desde un artículo en este periódico hasta una cadena que mandes por Whatsapp.

El país se ha vuelto tan accidentado que nos hemos vuelto consecuencia directa de su propia naturaleza. Y entonces apartamos la literatura, el cine, la gastronomía, la filosofía, la fotografía, la arquitectura, las artes plásticas y todas aquellas manifestaciones del quehacer cultural que parecer atentar, de manera salvaje e inapropiada, con una situación política, social y económica que se llevan las primeras planas. En otras palabras: pareciese que no hay tiempo ni ganas para hablar de otra cosa que no fuese de la situación del país. Pareciese que aquel que se atreve a escribir de otra cosa es un insensible, ajeno a la realidad, un ermitaño sin sentido común ni amor a la patria por dedicarle tiempo y esfuerzo a algo que no es Venezuela como tal. Pareciese, y quizás sea lo más terrible, que en verdad nadie quiere leer de otra cosa que sea diferente, que no hay lectores para otros temas, que no interesa.

El sensacionalismo, la división social y el incremento de la representación política en todo lo que nos rodea nos han lavado el cerebro. Y entonces el pensamiento se abandona, el raciocinio, el sentido común. Los venezolanos nos hemos vuelto moscas que nos abalanzamos hambrientos sobre una cabeza de pescado que aún se mueve. Olvidando que hay aletas, carne, espinazo, cola, decidimos tercamente aferrarnos a la misma parte todos los días. Estamos hartos de comer cabeza de pescado, pero volvemos obedientes al día siguiente, pululando en el mismo ojo sin vida, en la misma agalla.

Y quizás no lo sabemos, o tenemos miedo, o nos da flojera, pero insisto: el lavado cerebral existe. Un lavado que nos dice que nos apartemos de la cultura cuando, irónicamente, la cultura siempre ha sido la manera más eficaz de interceptar las realidades que nos rodean. Más aún en momentos de auténticas crisis existenciales. A través de la historia los escritores, artistas y pensadores han sido los personajes necesarios para sacar a flote o hundir aquellos aspectos de la sociedad que merecen la pena observar bajo lupa. Viviendo con censura, temor y violencia, las ramificaciones culturales son imprescindibles.

Entonces, ¿por qué se olvida la cultura? ¿Las artes no son también un espejo de nosotros mismos? ¿No es, por ejemplo, Ricardo III de Shakespeare un vil reflejo de lo que nos sucede a los venezolanos? ¿Acaso Orwell y Huxley no visionaron a la Venezuela actual? Estamos tan sumergidos en el conflicto que las pocas expresiones artísticas que surgen giran, irremediablemente, en torno al conflicto país. Ahora se han multiplicado los caricaturistas que creen que por dibujar en pocas viñetas las situaciones que atravesamos son cool, artistas, olvidando que los verdaderos maestros son los que nos hablan de cualquier tema desde su propio universo y sin hacer hincapié en nombres y apellidos.

Aquellos que entienden que la historia es constante y circular logran aproximarse a la cultura de una forma eficaz en la que pueden plantear crítica social si lo desean, sin tergiversar el arte. Zapata o Quino por ejemplo, o Hergé, o hasta el mismo Stan Lee. También se ha desarrollado un sinfín de periodistas o reporteros políticos que repiten los mismos argumentos hasta el infinito, copiándose los unos a los otros, intentando decir siempre lo mismo pero de alguna forma que igual atraiga a cientos de lectores/moscas a sus artículos de cabezas de pescado. Todos esperan ansiosos a que suceda algo, que un dirigente de oposición declame algo, que un dirigente del gobierno cometa un atropello, que haya una marcha o que no suceda nada para abalanzarse a las redes sociales y colmar todos los espacios con un ejército de noticias clonadas sobre el mismo tema: “Qué ineficiencia que no sucedió nada hoy, todos los días debería suceder algo, por eso es que estamos así, porque hasta Gandhi cuando no hacía nada estaba haciendo algo, yo cuando duermo no hago nada pero en realidad estoy reuniendo fuerzas para hacer algo mañana, y tú que andas en tu casa leyendo esto, ¿has hecho algo hoy?”, etc.

Y repito, no es fácil sobrevivir a la realidad venezolana. Sin embargo me alarma la falta de creación cultural que estamos viviendo. Si bien este gobierno se ha caracterizado por tapiar la cultura, los espacios, los eventos, y otras áreas de manifestación cultural, es extraño que de todas formas lo hayamos terminado aceptando. Las pocas expresiones artísticas que se manifiestan, los pocos espacios que aún se arriesgan en la cultura, son joyas en medio del desierto. Los escritores que deciden escribir, los editores que deciden publicar, los artistas que logran armar una exposición, o una obra de teatro, o un performance, o la persona que a pesar de todo logra levantar una cámara y hacer una película, son verdaderos héroes en esta historia. Héroes necesarios e imprescindibles. Porque, señores, las verdaderas revoluciones se hacen con la mente, no con sangre.