• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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The Carlos Zerpa Show

“Quietud: los cantos de la cigarra penetran en las rocas” Matsuo Basho

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Lo primero que ves al entrar a la exposición son dientes. Muelas y colmillos que van cubriendo una figura erguida sobre su propia serenidad. Cuernos de buey que contrastan entre tantos matices de blanco, beige y amarillo que adornaban anteriores bocas. Ojos profundos y llenos de mensajes. Ojos llenos de quietud. Así es Mola el Minotauro, una de las obras principales de la última muestra del artista NO convencional Carlos Zerpa. Pero así también son el resto de sus esculturas, de sus cuadros, instalaciones. Todo su arte está bañado con una quietud desgarradora, como el de las aguas que se retraen antes del maremoto, que anuncian lo inevitable, lo irreversible. Así, también, es él.

Crecí rodeado de esqueletos, monstruos, luchadores mexicanos, dinosaurios, tigres y boxeadores. Oyendo a Frank Zappa, a Los Rolling Stones, a David Bowie o a Tom Zé. Admirando al conde Drácula y al Hombre Lobo como auténticos héroes, y también entendiendo que las calaveras no son más que lo que tenemos todos debajo de la piel que nos cubre la cara. Desde muy temprano me extrañaba que aquello que a los demás les causaba miedo, asco o espanto para mí eran cosas del día a día. De una forma u otra, el universo de mi padre se transmitió a través de las largas horas que pasaba acompañándolo en su taller. Yo dibujando con colores sobre un cuaderno, él lanzando rápidas pinceladas sobre un cuadro de Tarzán luchando contra cocodrilos. A veces no era Tarzán, sino San Jorge contra el dragón, pero era un manera quizás más bíblica de pintar lo mismo. A mi padre nunca le interesó la diferenciación entre el bien y el mal, y dudo mucho que eso haya cambiado recientemente. Le interesa, eso sí, entender que el bien y el mal existen, o mejor dicho, que coexisten en un mismo universo. Comprender que todos tenemos un poco de ambos y que el arte reside en mantenerlos en equilibrio. Quizás es una idea muy parecida al núcleo del Paraíso Perdido de John Milton, pero cuando lo ves pintando, esculpiendo, pegando infinidad de objetos sobre el rostro de un maniquí… no te quedan dudas. La dualidad existe en toda su obra, tanto en colores, como técnica, como en los intereses que lo motivan a crear. De esa manera es que pueden entrelazarse una Marilyn Monroe al más puro estilo Pop Art de Andy Warhol con la escultura de un niño a gatas, todo de blanco y con máscara aborigen de Tigre, casi tan místico como el mismo minotauro de muelas, o la torre de cabezas grises de la que sobresale, en la cima, la única fluorescente. Pero a la vez, el misticismo y el Pop se unen con lo kitsch, con el imaginario popular y las tendencias contemporáneas, con el video, con la sensación pegajosa de estar dentro de cuatro paredes donde ocurren muchas cosas. Hay muchos colores chillones pero también abunda el blanco. Hay mucha iconografía musical tratada desde una reinterpretación del significado Pop, pero a la vez hay mucho misterio en aquellos rostros casi celtas de Mick Jagger o Keith Richards. ¿O acaso la figura del niño con franela de los Rolling Stones, que se alza blanco, inmaculado, no es una reinterpretación casi onírica de una escultura clásica de mármol? ¿No es también una traducción conceptual del imaginario del artista? Y sin embargo conviven en una sola pieza, y en un mismo universo que protege al resto de la exposición. De esa forma, a través de las diferentes obras vamos cruzando un sendero lleno de recovecos. Descubrimos diferentes tonalidades que se apisonan unas sobre otras en tan solo un rostro, o pequeñas cabezas de Buddah que se esconden entre las muelas del minotauro, o descubrimos bondad en los ojos de la verde y decapitada cabeza donde retoña un árbol, o nos perdemos entre las estrellas plateadas que adornan las botas de un drogado Joe Cocker. Hay mensajes sobre mensajes sobre mensajes. Pero para poder asimilar tanta información es necesario tomarse una pausa. Es curioso que la dualidad de las obras también se refleja a través de los sentidos. Aunque uno se detiene ante imágenes soberbias, no se inquieta. De cierta forma se ha logrado un equilibrio, uno observa los cuadros, las esculturas, y lo invade la quietud. Por más que uno razone que está ante un monstruo compuesto de miles de muelas humanas, por más que te de asco, te detienes a contemplarlo. Descubres la templanza inherente de las obras y el infinito esfuerzo y sabiduría que el artista les dejó plasmada mientras las creaba. La excesiva información entra por tus poros, y luego, ya en tu casa, te descubres pensando en aquello que presenciaste hace tan solo pocas horas. Las obras de The Carlos Zerpa Show pueden parecer un paso más en su profesión como artista, pero abarcan otro espacio. Son cuadros, esculturas y ensamblajes profundamente planificados desde su astucia, desde su concepción de la vida y de su madurez. Hay conocimiento en técnica y en ideología. Hay un niño que juega, pero también un viejo sabio. La dualidad existencial se desborda desde la esencia misma de cada una de las piezas, y terminas viendo fragmentos de su alma. Fragmentos que, a su vez, funcionan como espejos. Mi padre, de cierta forma, siempre hace la misma pieza cada vez: portales. Y se ha vuelto muy bueno haciéndolos. Quizás por eso es que escribo por primera vez de su arte, porque es también la primera vez que no asisto en físico a una de sus exposiciones. Sin embargo, basta con verla a través de fotografías para que los portales se activen. Y sin importarme la objetividad, termino admirando a mi padre desde la distancia como lo que es: un gran artista.

 Texto basado en la exposición The Carlos Zerpa Show, inaugurada el domingo 3 de mayo de 2015 en la Galería D’Museo, en el Centro de Arte Los Galpones de Los Chorros, Caracas, Venezuela.