• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Santiago Zerpa

Submarino (no amarillo)

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La tristeza no golpea, rasguña.

Americania


Oliver Tate vive en medio de un desierto llamado Gales, en un pueblito portuario que bien podría ser Tucacas o Marigüitar, si los personajes no fueran tan grises como el impreciso clima del Reino Unido o tan fríos como la bañera abandonada en la que Oliver se acuesta a pensar temas demasiados laberínticos para un niño de quince años. ¿O quizás no? Pero ya va, vayamos paso a paso.

Es 1986, pero eso es lo de menos. Todo está atascado por el tiempo. Un pueblo que se vuelve de piedra y en el que predominan demasiados marrones y beiges como para que una sonrisa salga a flote. La gente se peina de lado, camina a la escuela envuelta en extravagantes chaquetas de terciopelo. Una lluvia que no termina de caer en un paisaje lleno de recovecos inhóspitos y desoladores. De fondo, un paisaje de playa que funciona como la perfecta antítesis de nuestra Margarita. Todo piedra, sucio y a media luz. Grúas y tractores. Gaviotas que chillan en busca de un poquito de color materializado en pez. También hay bosques que no se diferencian en mucho a la playa a excepción de unos árboles a punto de derretirse del aburrimiento. En medio de todo eso hay unas casas y un colegio. En medio de todo eso, vive Oliver Tate.

Desde el primer minuto de película nos dicen todo: quién es y qué quiere. Y aunque la película podría acabar en ese minuto y medio que lleva rodando, continúa. ¿Por qué? Porque en el fondo todos queremos engañarnos y sentirnos un poco como Oliver. Ese chico extraño, delgado, pálido a más no poder. Con ojos enormes y oscuros que guardan una tristeza que ha heredado de sus padres y abuelos, y que muy probablemente le transfiera a sus hijos. Una tristeza que moldea su cráneo desde que está en el feto y que resulta en un niño de quince años que tiene problemas existenciales de uno de veinticinco. Oliver es el hijo perfecto entre Holden Caulfield y un personaje de Tim Burton. Outsider, precoz, pensador y lector. Vestido de negro, profundo, débil, enamoradizo y desgarrado sentimental a su corta edad. La imagen, sin duda alguna, que muchas personas que podrían ver esta película indie seguro se hacen de sí mismos. O como dije antes, el chico que te hubiese gustado ser, el chico que sólo encontrabas en los libros que leías y en el que mentalmente te transformabas cada noche antes de dormir, para despertar al día siguiente siendo tú mismo.

Oliver vive una vida aburrida, monótona en un pueblo fantasmal. Tiene una horrible relación con una madre sobreprotectora y en plena crisis de los cuarenta. Tiene una nula relación con un padre incomprendido y famélico. Va a una escuela que es tierra de nadie y donde la anarquía intenta ser controlada (a duras penas) entre cuatro paredes blancas. Es el bicho raro del salón, víctima de burlas, distanciamiento, abusos y el síndrome del niño que lee: falta de amigos. En la escuela se enamora de Jordana. La femme fatale, a la usanza de James Bond: sabes que no debes acercarte a ella, sabes que si lo haces te irá mal, pero aún así vas corriendo a sus brazos abiertos. Brazos que se vuelven pinzas de mantis religiosa. Jordana es incomprendida pero de la forma cool, es decir, es la chica guapa que todos quieren convertir en su novia pero que habla poco, fuma, y lleva a cuestas un montón de chismes de precocidad. Tiene un eczema, pequeño talón de Aquiles que opaca un poco (poquito) la perfección que tiene enamorado a Oliver y sacude su vida.

Y aunque parezca que hasta ahora es una típica película más de preparatoria, la highschool romance movie que nos acompaña con fiereza desde los ochenta, cambiando looks pero preservando personajes, pues… no. Hay algo más. Algo que tiene que ver con la estética del desencanto que te va atrapando poco a poco como una víbora tragavenado y que te mantiene pegado a la película entre los pormenores de la vida de Oliver Tate. Quizás porque ese mundo absurdo, irrisorio y trastornado donde vive comienza a tener sentido dentro de la mente de cada uno de nosotros. Empezamos a creernos que esa precocidad de los personajes es una respuesta lógica ante la vida tan fastidiosa que tienen que llevar. Que esos laberintos de la mente salen de sus quince años y abarca un horizonte que nos cubre a todos. Imposible llegar a pensar que todo eso que sucede durante noventa y siete minutos de película no tiene nada que ver con tu yo interno. Y es probable que todo eso sea gracias al acierto del director de entregarle la responsabilidad musical a un genio de los que siguen vivo: Alex Turner. Turner, cabeza y vocalista de la banda Arctic Monkeys crea una pequeña obra maestra compuesta de seis canciones que acompañarán al espectador a través de las penurias de Oliver Tate. El soundtrack logra encapsular la estética y los sentimientos de la película de una forma sublime y muy delicada. Su voz le da el carácter que le falta a la galería de bellas y tétricas imágenes que conforman la historia. Alex con su guitarra logra marcar la pauta, el tiempo, el camino de ladrillos dorado por el que nosotros, Dorothys perdidos en aquella Gales fantasmal, vamos caminando poco a poco, acaso sintiéndonos más perdidos que al principio. Aceptamos el juego porque Alex Turner nos está diciendo que vayamos. Entonces Oliver Tate nos produce empatía. Entonces te provoca tener una bañera abandonada en medio de la nada para ponerte a pensar lo pequeño que eres. Te provoca tener un malecón abandonado por el cual correr agarrado de la mano de ese primer amor. Te provoca tener un poco de todo eso y sumergirte en el submarino, pero con el soundtrack incluido.