• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Saltó

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Buenos Aires tiene una cosa extraña con el clima, es impredecible. Ahorita tiemblo de frío mientras escribo esto, ya que el invierno decidió quedarse más de la cuenta para joder un rato. Pero la semana pasada hacía calor, y mucho. La gente se quitaba los sweaters y las chaquetas porque ya no podían aguantar los chorros de sudor que les bajaban por las axilas, por la nuca, por los pliegues de la espalda. Así también estaba yo. Resoplando, encerrado en un autobús en hora pico, sujetando mi bolso de la universidad y la chaqueta demasiado grande como para poder guardarla dentro, apretujado entre carnes de personas desconocidas que sudaban (por supuesto) tanto o más que yo. Y quizás fue ese contacto involuntario y pegostoso, ese calor vaporoso y asqueroso del atardecer porteño, esa inmovilidad sobre ruedas del que era víctima el viejo medio de transporte en el que me había montado, lo que me impulsó a bajarme, a escapar. Como pude, empujando, llegué a mitad de un autobús que se hacía cada vez más largo y espeso.

La humedad tibia creaba pequeñas gotitas sobre los labios de las señoras gordas, enormes manchas oscuras en las axilas de los trabajadores, un halo de tufo que se levantaba sobre todas las cabezas y que nos hacía formar una silenciosa comunidad de olor corporal ácido. No podía más, presioné aquel botón rojo que avisaba al chofer que abriera la puerta. Lo presioné dos, tres veces, desesperado. Prefería caminar las quince cuadras que me separaban de mi casa, pero al menos hacerlo en libertad. Con un poco de aire fresco, tan fresco como la capital porteña con unos pocos árboles desperdigados e infinitamente sepia podía brindarme. El chofer vio la luz roja de su tablero parpadeando. Vio la enorme y durmiente serpiente automovilística de la que formaba parte. Quiero creer que fue misericordia, que vio mi cara de sufrimiento que se asemejaba a la brillante, grasosa y rojiza que le era propia y algo le conmovió, sintió un click interno –entre las costillas– y decidió abrir la puerta para que me bajara. Y ahí estaba la luz, y salí, y detrás de mí salieron muchos otros que también estaban hartos, y por un segundo me sentí como Moisés en medio del desierto guiando a su pueblo judío, y enseguida se me quitó.

Caminé dos cuadras ininterrumpidas. Una línea recta. A mi izquierda la masa metálica de autos estacionados y haciendo fila india. A mi derecha los edificios, con sus quioscos, lavanderías chinas, vecinas chismosas que salían a la acera a pasear a sus caniches que cagaban por todos lados. Esquivando mojones, esquivando personas que caminan paseando y a paso lento, esquivando todo a causa del calor y de las ganas de llegar a mi casa lo antes posible para quedarme acostado sobre el piso de parqué, en interiores y con los ojos cerrados, hasta que todo estuviera un poco menos asqueroso.

Y de pronto una pared humana. Veinte personas en la esquina de la calle, ocupando toda la acera, evitando el movimiento peatonal de cualquier manera. Todos mirando hacia arriba, arriba a la izquierda, señalando con un dedo, con una mano, negando con la cabeza. Todos hipnotizados, y asintiendo, sobre todo asintiendo, mucho pero de una forma sutil, delicada, como si se estuviesen diciendo sí a ellos mismos. Entonces me doy cuenta de que hay más personas en la acera de enfrente. Que hay unas luces rojas y azules que se traducen en la alarma superior de una patrulla de policía que está a mi lado. Y a su lado, otra patrulla, y una ambulancia, y más personas, muchas más, todas mirando hacia arriba y a la izquierda, señalando con uno o dos dedos máximo. Asintiendo hipnotizados como zombis. Sí sí, sí, ahí había algo, sí, sí, pero yo todavía no me había dado cuenta de nada.

Y poco a poco, sin querer, como si una fuerza mayor moviera mi cuello y desplazara mi cabeza, como si una atracción magnética arrastrara mi mirada para camuflarse en medio de todas las demás, miré. Miré una pierna, cortada de tajo, que guindaba de un balcón de un segundo piso. Miré los jirones de ropa engarzados en una reja, en una ventana. Miré hacia abajo y vi un par de mujeres llorando abrazadas de un policía varonil que usaba un ridículo bigotico recortado. Vi un par de palomas picoteando algo. Miré hacia arriba y no pude contar la cantidad de pisos del edificio, aunque seguramente eran más de quince.

En verdad solo vi la pierna, puesta ahí, como una broma de mal gusto, como una decoración macabra anticipada de Halloween. Una pierna humana sin dueño y un poco de jirones de ropa, nada más. Todo lo que había quedado. Los vecinos seguían asintiendo, algunos se tapaban la boca. Llegaron más patrullas, más ambulancias. Yo no sé por qué, pero pensé en quién iba a limpiar todo eso. Debía ser sin dudas un trabajo de mierda al que le tocara sacar los pedacitos incrustados de las paredes y pasar horas cepillando. “Saltó” dijo una viejita, pero era innecesario que lo hiciera. Siempre hay personas obvias, como la que dice “es el papá” en medio del cine segundos antes que Darth Vader diga “Luke, I’m your father”. Gente obvia, inútil, que habla solo para ellas mismas pero que por desgracia terminamos oyendo más de uno. “Saltó” dijo, pero nadie quería escuchar aquella palabra. Saltó y solo quedó la pierna, pensé yo. Por eso era la cola de autos, de personas hipnotizadas que miraban hacia arriba y a la izquierda. Por eso nada se movía y el calor se mantenía estancado, asfixiante, como una tragavenado que nos rodeaba poco a poco y que pretendía quitarnos nuestro último soplo de aliento. Y yo tampoco podía moverme, ni irme de ahí, y me sentí apresado por el sepia de la capital porteña, peor que como estaba dentro del aterrador autobús, con la mirada perdida como la de todas las demás personas. “Saltó”, volvió a decir la vieja. Y yo me quedé con aquella imagen de la pierna flotante, fantasmagórica, sin cuerpo, sin nada, que guindaba de un balcón de un segundo piso, que había aterrizado violentamente después de caer, al menos, quince pisos. Me quedé con aquella imagen y me fui.