• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Peregrinos de hoy

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Anoche vi Wildlike, una película independiente escrita y dirigida por Frank Hall Green. Ahí vemos a McKenzie, una chica adolescente pero casi niña, en esa edad indescifrable entre los 13 y 15 años, a quien han mandado a Alaska para que viva con su tío. No sabemos mucho de ella, que casi no habla, pero sabemos que las cosas no pueden estar muy bien si te mandan a un pueblito donde solo puedes llegar por avión o por un ferry que va cada dos semanas. Además, el tío que se suponía que iba a ayudarla, resulta ser un personaje oscuro y perturbado que empieza a molestarla sexualmente. McKenzie entonces huye, perdiéndose en aquella inhóspita y desoladora Alaska con la ayuda de un mochilero que conoce y quien la adopta como su propia hija. La película, que maneja un tema siempre difícil y actual como lo es el incesto y el abuso de menores, es, sin embargo, una hermosa puesta de los paisajes, bosques y glaciares de Alaska. No es difícil llegar a querer estar ahí acampando junto a ellos, acompañando a la pobre McKenzie en su infierno personal. Es un viaje que no solo la aparta del tío, primer paso, sino que la hace asumir el problema y enfrentarse a ella misma. Así la niña que comienza la historia termina volviéndose no una mujer, pero al menos una adolescente más madura. De cierta forma tanto frío, naturaleza y osos, lograron no sanar su herida interna, pero al menos sí vendarla para detener la hemorragia.

Tengo un amigo que vive en el futuro. Como miles de venezolanos, se fue del país buscando algo mejor y llegó a China. Ahí, por rotación del eje terrestre, vive un día por delante de todos los que nos quedamos en alguno de los subcontinentes americanos. Además, vive en un país extraño, donde el gobierno lanza bombas al cielo para controlar cuándo llueve y cuándo no, tan grande (casi 9.600.000 km2), que todavía existen zonas sin habitantes; tan variado, que diversas regiones, como el Tíbet y Manchuria, siguen buscando su autonomía. Un país donde millones de personas todavía creen en la brujería, y donde consumen aves, cuernos de rinoceronte y polvo de huesos de tigre para aplacar sus males. Los mismos tigres que, en algunos lados, puedes encontrar por docenas en recintos sagrados donde los monjes los preservan, alimentándolos, bañándolos, y hasta durmiendo con ellos; y con los que puedes jugar y fotografiarte después de pagar un módico precio. También puedes pagar para alimentarlos con cabras, cerdos o pollos, y así pasas el rato divirtiéndote mientras un felino de 150 kilos despedaza un muslo congelado. Y en los alimentos, también es otra cosa, y no solo por los alacranes y tarántulas fritas que puedes comer en cualquier puestico de la calle (cual perrero), sino por los restaurantes especializados en perros, gatos, y hasta penes; como el Guolizhuang, en plena capital del imperio, donde se jactan de servir decenas de opciones diferentes. Y no es barato, un plato de pene de yak puede costar más de 200 dólares, y un plato de degustación, con pene de serpiente incluido, unos 110 dólares. Y aunque mi amigo no ha ido a comer penes (¿aún?) sí ha presenciado o hecho muchas de las demás cosas. Y de cierta forma China se ha vuelto para él un viaje iniciático, un viaje de transformación. Una peregrinación que lo ha llevado a convivir con niños autistas, a trabajar de lunes a lunes para poder ahorrar algo, a comprometerse con su futura esposa. Un venezolano al que detienen en el metro para sacarse fotos por… su barba, algo que a los chinos les parece una verdadera curiosidad. Y aunque no me lo ha dicho, tiene que haber un antes y un después de China. Un cambio tan drástico jamás pasa inadvertido en lo que somos. Vivir en el futuro no es cualquier cosa.

Eso me lleva al tema de la peregrinación, que según la RAE:

Peregrinar (Del lat. peregrināre):

1. intr. Dicho de una persona: Andar por tierras extrañas.

2. intr. Ir en romería a un santuario por devoción o por voto.

3. intr. En algunas religiones, vivir entendiendo la vida como un camino que hay que recorrer para llegar a una vida futura en unión con Dios después de la muerte.

4. intr. coloq. Andar de un lugar a otro buscando o resolviendo algo.

Apartando las connotaciones religiosas, podría decirse que un peregrino es aquel que anda por tierras extrañas buscando o resolviendo algo. Y lo que busca, lo que pretende resolver, por lo general son factores emocionales que lo atormentan y que se le han vuelto una carga. Las peregrinaciones más efectivas y comunes son aquellas que se hacen sin saberlo, y donde se destapan los temores más profundos. No es azar esa idea que se tiene de que si una pareja viaja “para arreglar” la relación, o se separan o terminan más unidos que nunca. La peregrinación forma parte natural de muchas culturas, y hasta tienen su épica personal que las mantiene. Es común que miles de europeos viajen sin cesar entre un país y otro con nada más que una mochila sobre la espalda. En Estados Unidos, por ejemplo, el roadtrip es el pan nuestro de cada día. Ya sea hasta Las Vegas, hasta el Gran Cañón, hasta Alaska, México, Canadá, de este a oeste o viceversa, las carreteras norteamericanas han sido la peregrinación por referencia y un emblema de su iconografía social y cultural.

En Venezuela la peregrinación es extraña. Ir a Mérida por carretera o perderte en la Gran Sabana o en el Amazonas podrían ser considerados como los viajes introspectivos más poderosos que un venezolano podía hacer dentro del país. Regiones de Falcón o Sucre, de sus playas escondidas entre manglares, también eran una buena opción. Antes podían hacerse con más facilidad esos viajes, cuando no existía Instagram ni los diabólicos palitos para selfie, y había relativamente mayor seguridad. Al menos no te mataban si acampabas en una playa. Eso es algo que se ha perdido, el viaje, no por shopping, no por acabar los trapos en un yate escuchando reguetón. El viaje por el simple y hermoso hecho de viajar, de contemplar la naturaleza, de saborear el cambio. Peregrinar. Por eso, quizás, es que la gran mayoría de los venezolanos que peregrinan terminan haciéndolo inconscientemente. Por escapar del país se han ido a cualquier lugar del mundo que les ofrezca, al menos, un poquito más de opciones. Tierras extrañas, con climas, culturas y personas que no son iguales a uno, por más que te esfuerces en aparentarlo. Y es un viaje que hacemos para resolver nuestras propias vidas, para buscar soluciones a nuestro presente y pensar en el futuro. Y no es algo consciente, porque no decidimos ir a acampar en medio del bosque o retirarnos en una cabaña en la cima de una colina. Son, más bien, peregrinaciones citadinas, donde los edificios toman la función de montañas, y las autopistas, de ríos infranqueables. Y uno pretende descifrar todo eso mientras resuelve cómo pagar la renta, mientras intenta encontrar un trabajo afín a sus intereses para dejar de ser mesonero, mientras ahorras lo poco que puedes porque jamás te dieron Cadivi y es impensable que tus padres dejen de comer por un año para enviarte unos pocos dólares. Entonces ahí te transformas, como mi amigo en China, al igual que la chica de Wildlike en medio de Alaska. Quieras o no.