• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Pensamientos de marzo

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Tres ideas que me han dado vuelta a la cabeza en lo que va comenzando el mes:

1) Es martes y estoy sentado en el autobús yendo a la universidad. Mi parada, sobre la avenida Córdoba, es la siguiente, por lo que me dispongo a levantarme. Una mujer de unos cuarenta está parada cerca de mi puesto, y como me voy a bajar me levanto y le ofrezco el asiento:

—Puede sentarse si quiere.

—No estoy embarazada.

Ya va… ¿Qué acaba de decirme? La mujer me mira con una cara que empieza a molestarse y volverse roja.

—No estoy embarazada. ¿Por qué me ofrecés el asiento?

—Porque me bajo en la próxima parada…

La mujer empieza entonces a reírse, pero el rojo de su rostro sigue intacto.

—Pero… ¿Creés que estoy embarazada? ¿Por eso me ofreciste el asiento?

Noto su mirada llena de dinamita a punto de estallar. El autobús se detiene en mi parada y abre la puerta. Yo me levanto y le digo antes de bajarme:

—No. Le estoy ofreciendo el asiento y ya porque me voy a bajar. Si no le da la gana de sentarse no es mi problema.

Me bajo, las puertas se cierran. Logro ver a la mujer que sigue roja, molesta y sin sentarse. Yo me voy caminando a la universidad sin entender nada.

 

2) Las parejas detectivescas siempre funcionan. O mejor dicho, funcionan para mí. Lo obvio es pensar en Sherlock y Watson (desde los libros a la gloriosa serie de TV), Hannibal y Clarice. Quizás también en John Luther y Alice Morgan. Y por supuesto: en Dipper y Mabel Pines, los hermanos mellizos de la absolutamente genial serie animada de Disney. Sí, animados, de Disney, geniales. Y es que Gravity Falls no es una caricatura cualquiera. Dos hermanos que llegan a un extraño pueblo de Oregon, plagado de criaturas y situaciones paranormales. Hay algo, una química extraña entre ambos. Haciendo zapping (vestigio de mi infancia frente a la TV, como buen niño crecido en los noventa) llegué a la serie. Había gnomos vomitando arcoíris, cupidos rockeros, un cerdo mascota y un demonio triangular iluminati llamado Bill Cipher. Me enganché.

Pero quizás toda mi fascinación por las duplas detectivescas empezó de niño, leyendo. A mis manos llegó un librito amarillo, con un par de niños dibujados horribles, y una lupa en la esquina superior izquierda que decía: Resuelve el Misterio. Se trataba de una serie de libros (aunque solo tenía uno) protagonizados por Amy Adams y Lince Collins. Estudiantes de la ciudad de Lakewood Hills y detectives amateurs dedicados a resolver todos los misterios que se producían ahí. El que yo tenía se llamaba El misterio de la casa embrujada, y sí, me encantaba porque además mezclaba otra de mis pasiones: los monstruos y apariciones. El libro proponía ocho o nueve casos en los que, tras exponer el misterio y presentar a los sospechosos y sus posibles motivaciones, se dejaba al lector la tarea de solucionarlos. Para ello había que encontrar la respuesta al par de preguntas con las que acababa cada historia, con la ayuda de un dibujo (horrible) de la escena del crimen hecho por alguno de los dos niños detectives en su eterno cuaderno o de algún documento proporcionado por algún otro personaje. Si la solución se resistía o, simplemente, queríamos comprobar que nuestra deducción era correcta, tan solo había que ir a las páginas del final y, con la ayuda de un espejo y adoptando una postura de contorsionista, leer la resolución del caso en una página escrita al revés. En definitiva: era increíble. Era uno de mis libros favoritos y a pesar de ya haber descubierto todos los misterios volvía a leerlo uno y otra vez.

Quizás por eso cuando decidieron cancelar Gravity Falls después de solo dos temporadas y cuarenta episodios brillantes, me sentí mal, como a quien le falta algo, y a quien no le queda de otra sino esperar que surja (pronto) otra pareja detectivesca que ocupe el espacio.

 

3) Ayer vi La sal de la tierra, un documental sobre la vida y obra del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, quien pasó más de cuarenta años documentando la miseria humana hasta saturarse de la sociedad misma. Entonces volvió a su tierra natal, a la hacienda de sus padres, a reforestar una zona sin vida y darle un vuelco a su propia búsqueda fotográfica. El filme, dirigido y producido por su propio hijo junto a Wim Weders, es hermoso. Sin duda la búsqueda estética directoral se toma de la mano con la calidad fotográfica del propio Sebastião quien, a partir de un sinfín de imágenes en blanco y negro, logra trazar una cruda y terrible mirada sobre la raza humana. Las guerras, la hambruna, la muerte, la miseria, los éxodos y la desolación son algunos de sus temas de interés social. Sin embargo, lo terrible es darse cuenta de que a través de cuarenta años, todo se ha mantenido igual. Es decir, siempre hay una parte del mundo que está en la completa agonía, desde Sudamérica a África, desde Europa del este a Asia: no hay rincón que se salve. O mejor dicho: no hay rincón que se salve de nosotros. No es de extrañar que se saturara de todo y que luego se dedicara a fotografiar la naturaleza. En el documental lo vemos huyendo de un oso polar y rodando por una playa de piedras intentando fotografiar una morsa. Lo vemos viejo, cansado, tomando un respiro bajo uno de los enormes árboles que él mismo plantó años atrás. Ver tanta muerte debe tener un límite. Debe haber una capacidad total dentro del cuerpo humano ante tanta crueldad y miseria, y la de Sebastião, simplemente, rebozó. Y si uno se conmueve viendo fotografías de niños cadavéricos, más esqueletos que carne, por un par de horas, no puedo ni pensar en lo que es vivir con eso todos tus días. Años y años viendo cómo entierran a los que fotografiaste ayer, cómo intentan los sobrevivientes soportar una semana sin agua y comida, cómo son golpeados una y otra vez por el sol, la arena, los políticos, los guerrilleros y las balas. Sobre todo las balas.

Admiro a Sebastião. No solo tiene un estómago de hierro que acompaña a una verdadera vocación, sino que tiene el arte de convertir algo tan terrible en una fotografía hermosa. No es fácil. Quizás la frase más poderosa de todo el documental viene de sus propias palabras: “We are a ferocious animal. We humans are terrible animals. Our history is a history of wars. It’s an endless story, a tale of madness”.