• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Mothra en Caracas

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Escrito/manifiesto de cuando era estudiante de letras de la UCAB:

 

Uno camina por la calle y no espera encontrarse con un árbol de duraznos ni con un retrato de Goya escondido entre la basura. Sabes que eso no va a pasar. Lo que haces es pensar en cosas banales como el clima o el tráfico mientras te desplazas de un lugar a otro casi que por inercia. Todo es una existencia por lo físico, porque en realidad lo que quieres es agarrarte a todo el mundo, y sufres cuando notas que estás muy lejos de lograrlo. Luego vas a la universidad, escuchas clases con un profesor académico que te da náuseas, escuchas, escuchas, te escapas como puedes y vuelves a caminar pero esta vez de regreso, hasta que ya los pies no te dan más. Hasta que tu camisa esté tan empapada de sudor que podría exprimirse. Pero el sudor es solo algo mental. Segregas de más por el hipotálamo. Un aguado control de comportamiento sexual.

Entonces te viene la sed y decides tomarte una cerveza. Entras en el primer chino que encuentras y por suerte ahí están más baratas que en el local de al lado (al que fuiste ayer, con una chama que escuchaba a Andrés Calamaro y que te daba dolor de cabeza porque nunca paraba de hablar, nunca, y tenía aliento a mayonesa), te sientas en tu mesa, una donde haya buena acústica, y pides un cenicero, y pides la birra más fría que tengan, y entonces el chino se te queda mirando como si le estuvieras hablando en chino, lo cual no tiene ningún sentido, pero estás cansado y te gusta el lugar, que además está limpio y entonces te quedas. Ves a los borrachos que están a tu alrededor y te sientes en familia. Leíste una vez que nuestros parientes más cercanos eran aquellos francotiradores, los llaneros solitarios que asolan los cafés de chinos de Latinoamérica. Y sabes dentro de ti que es verdad. Que es así. Aquellos son tus hermanos.

Y mientras el mesonero desaparece y no sabes a ciencia cierta qué carajo es lo que te va a traer, piensas en tu rutina, en tu día a día, en tus desplazamientos casi involuntarios, que estás vacío. Porque lo estás desde hace tiempo pero intentas olvidarlo entre las aceras. Porque tu mente no piensa mientras haces todo lo que haces y te angustia pensar que no piensas. Tanto tiempo desperdiciado, y tú podrías estar escribiendo como un loco en tu casa, podrías estar escribiendo la mejor novela de este jodido país, o del continente entero. Pero no, estas tomándote una birra, que por fin llega, y que está helada, tiene velo de novia, y entonces brindas y rezas (a nadie porque eres ateo) para que jamás te atropelle algún carro, y que nunca, nunca necesites un trasplante de hígado o alguna otra operación suicida. El primero es para los muertos. El primero es para el tipo hermoso que no sabía darle orgasmos a la jeva. El primero es para la chica fotógrafa que se pierde y se ahueca en Europa. El primero es para aquellos que escaparon y te dejaron aquí.

Porque uno cuando bebe con sus amigos se emborracha, habla cada vez más fuerte y de temas cada vez más antropomorfos. La mesa se va decorando con chapas y el humo que penda sobre las cabezas se hace líquido. Siempre hay una declaración de amor. Siempre hay un momento en que dos personas se quedan viendo y hablan de una literatura que solo ellos creen conocer. Siempre hay una mujer que seduce bajo el mantel a un hombre, y le agarra el pene, y lo frota con fuerza, y el hombre disimula en la superficie y aguanta por no eyacular ahí mismo. Y todas las lenguas saben a arena, y todas las costillas parecen pegarse como un acordeón. Sin excepción. Cuando bebes con tus amigos estás enterrado en pura ficción. Pero cuando bebes solo es distinto. Te sientes como Butch Coolidge yendo a buscar su reloj. No tienes a nadie que te ayude. La diferencia con tus amigos es que siempre hay un plan B. Cuando estás solo, regresas a tu casa a limpiar, a cocinarte algo sencillo para matar el hambre (una sopa Cup Noodles), te pones a ver televisión y olvidas en un rincón el libro que debes leerte. Los fideos instantáneos ahogan a Cortázar. El atún enlatado te aplasta. Cuando estamos solos no hay plan B, ni C. No hay una lluvia de escafandras que te arrastre con ella. No hay una mujer salvadora que te rescate con su mirada y te lleve con ella. Cuando estamos solos la birra con velo de novia es opacada por la violencia, por el abismo, por el miedo y el horror. Por la falta de cultura. Por los caníbales.

Las papas fritas, las películas de James Bond, las guacamayas azules, los libros llenos de polvo, los raspados de kolita con leche condensada, las semillas de para-para, el liceísta que hace flexiones en las barras paralelas, el esqueleto de chicharra pegado al jabillo, la Marilyn fucsia de Warhol, el gol al minuto 90+3, la reina pepiada de la esquina, las niñas con cintillos, el tatuaje en forma de caracol, el lápiz Mongol del número dos, el barbudo que escucha su walkman, el portugués que huele a tabaco, el perro que come los restos de arroz con pollo, el bebé que corre desnudo por el apartamento, las perinolas, las guacharacas que gritan en la mañana, las semillas que vuelan como helicópteros, las flores de cariaquito, el pollo a la brasa, los barrios perdidos, la masturbación, el chamán, la copa de champaña, el Ávila, La Guaira, el trayecto en autopista, el piso de Cruz Diez, el pasaporte vinotinto, el sello, los sellos, los escritos, los garabatos, las anotaciones, las palabras tachadas, los muñequitos al borde de las páginas, la nostalgia, la tristeza, la zarigüeya que se atasca en medio del pecho.

Invoquemos a Mothra. Que venga y arme su capullo entre las torres de El Silencio. Y que luego, ya con alas, vuele arrasando con toda la ciudad. Que arrase con todo menos con este chino, menos este cuaderno lleno de poemas y dibujos que solo descubrirá mi madre por accidente, años después de que me haya perdido en la selva.