• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Ari está enferma, lleva una semana con gripe, fiebre y dolor de cabeza. Eso quiere decir que yo también he estado encerrado una semana con ella. A las labores de la casa (fregar, limpiar, cocinar, hacer mercado, pagar las facturas, etc.) se les van acumulando las atenciones. Hay que ir a comprar algún remedio. Hay que ir a la clínica del seguro para que un doctor le mande un antibiótico, y luego buscar la farmacia que tenga la misma marca para que el récipe se haga efectivo. Ser pareja se vuelve, incondicionalmente, en enfermero. Significa ir a comprar litros de Vitamin Water, significa estar tomando la temperatura para ver si la fiebre está controlada. También significa tener que hacer una arepa a mitad de la noche porque ella necesita comer algo para poder tomarse el antibiótico.

Se van los días y de pronto llega la noche, ella está dormida, y es el único momento que tienes para poder sentarte frente a la computadora y ponerte al día con los trabajos de la universidad. Un ensayo sobre la película Frankenstein (1931) del director James Whale. Otro ensayo sobre la incursión digital en la manera de hacer cine. Escribir los episodios de una serie documental que andas planeando y que no sabes cuándo terminarás. Escribir el guion de un cortometraje, donde la protagonista se ha ido de su casa en busca de un orgasmo. Pienso que yo no me puedo ir a ningún lado. Veo la hora, 3:00 de la mañana, y me doy cuenta de que ya no me da chance de releer el libro de cuentos que terminé hace meses, que tampoco podré escribir nada (para mí, no para la universidad), que el proyecto del cómic que ando esbozando también tendrá que esperar a otro momento.

En la mañana debo pararme temprano a lavar los platos, ir al Carrefour a hacer el mercado, pagar los teléfonos celulares que están a punto de que los corten. Agenda mental: llamar al banco. Agenda mental: cuadrar una reunión. Agenda mental: insistir en terminar la película de terror a tres manos que comencé a escribir junto con compañeros de la facultad. Me acuesto en la cama y aunque estoy cansado, y aunque sé que debo conciliar el sueño porque sólo tendré cuatro horas antes de que suene la alarma, no puedo cerrar los ojos. Ari tose dormida. Mañana será otro día, pienso.

Los días de Buenos Aires tampoco están ayudando. Sus nueve grados centígrados se van alternando entre nubes y llovizna. Hace frío, sobre todo cuando el viento viene de frente arrastrando heladas gotas de lluvia y haciendo inútil cualquier paraguas. Es decir: siempre. La gente anda envuelta en bufandas y gruesas chaquetas peludas. Todos tosen, estornudan. Todos están enfermos también.

En la universidad hay un olor a huevo podrido. La entrada está llena de pintura, confeti, escarcha y docenas de huevos estrellados por todas partes. Cuando alguien cursa la última materia para graduarse de la universidad, la familia espera afuera de la universidad para “bañarla” en ese extraño rito porteño que todavía no logro asimilar. Los padres, los hermanitos, la abuelita, todos con diversas mierdas coloridas y apestosas con las que empaparán (a pesar del frío) a su querido y feliz graduado.

Camino esquivando las cáscaras y el agua que sale de la manguera de un infeliz empleado al que le toca limpiar y hacer lo mismo cada dos días. El profesor llega media hora tarde. Vuelve a hacerme un chiste que no entiendo porque tiene que ver con algo de Colombia y porque después de seis meses sigue sin saber de dónde carajo soy. Después del chiste regaña a toda la clase por el último trabajo que le entregamos. No escriben como guionistas, dice. No está mal, pero es mediocre, dice. Todavía le hace falta algo, me dice mirándome a los ojos, así que escriban más, involúcrense con su documental.

Salgo de clases y me confirman la reunión de trabajo. Es decir, tengo que encontrar un hueco para leerme todo lo que no me he leído, y ver docenas de videos en Youtube para intentar encontrar referencias de lo que quiero presentar. Empieza a llover, camino debajo de los pequeños techos que me permiten los negocios e intento no mojarme mucho. Frente a una librería que está cerrada me encuentro con un enorme libro blanco. Hay cosas que no puedo no agarrar en la calle, una de esas es un libro. Lo levanto, seiscientas páginas en alemán. No tengo idea de qué carajo me estoy llevando a casa. Le escribo a un amigo que sabe alemán y me responde: cuidado si es una vaina de brujería o algo nazi. La portada parece de best seller, con algunos colores brillantes y reviews con estrellitas de algo escrito en alemán. Busco la foto del escritor en la solapa, que no parece ni brujo ni nazi. A pesar de la lluvia, el libro no está en mal estado. Me lo llevo bajo el brazo, camino las quince cuadras que me separan de mi casa.

Cuando me monto en el ascensor, recuerdo que no he comprado nada para hacerle a Ari. Me regreso, cruzo la calle, entro a Carrefour, busco para hacerle sopa de pollo, busco agua, busco papel toilette. Hago una cola enorme detrás de unas viejitas que huelen a perfume vencido. Un niño me saca la lengua y yo le respondo haciendo lo mismo. La cajera me pregunta si quiero donar cuarenta centavos a Unicef. Pienso en Shakira. Pienso en el Barça que ganó la liga jugando una mierda, menos mal. Le digo que sí. No, no necesito bolsa, tengo mi morral, gracias. Salgo y ya no sigue lloviendo. Subo los trece pisos y abro la puerta del apartamento. Ari está dormida.

Hola, llegué, ¿Tienes hambre? Me escriben de la reunión de trabajo diciéndome si ya hice las cien cosas que no he hecho. Escriben de un grupo de Whatsapp diciendo que para mañana hay que entregar un ensayo. Escriben de otro: Venezuela está cada vez peor, a Capriles le pasó esto, Maduro declaró tal vaina, la AN decidió esto otro. Me llegan tres cadenas diciendo lo mismo. Le escribo a mi papá para ver si todo está bien. Le escribo a mi mamá para ver si todo está bien.

Cocino la sopa mientras hojeo un libro de apocalipsis zombi que no he podido terminar. Un médico chino le dice a otro: todo va a estar bien. Y aunque resulte inverosímil, en medio de todo el caos de muertos vivientes, el otro médico se queda tranquilo. No sabe cómo, pero sí, todo va a lograr resolverse. Les digo a mi papá y a mi mamá que todo va a estar bien. Que se cuiden. Pienso en las películas que no he visto. La pila de libros sin leer que se acumula al lado del sofá. Las series que van avanzando sin que yo me ponga al día. La exposición de Marta Minujín que no he visto y que está a punto de clausurar.

Termino de cocinar, Ari tose pero tiene mejor cara. No tiene fiebre, al menos no ahora. Me da las gracias y los ojos le brillan mientras come y el calor de la sopa la salva del clima porteño. Pienso en otro libro que me ando leyendo, donde un chico debe ser enfermero de su madre a quien le han derretido la cara después de un ataque con ácido. El chico recorre las calles de Milán, bebiendo y cogiendo con putas. Sin embargo, está ahí para su madre, o lo que queda de ella. Aguanta dos años a su lado, mientras le reconstruyen un rostro que era calavera. Pienso en los siete días que he estado con Ari, en su mejora de cara. Le digo: ¿ya pensaste adónde vamos a ir a cenar cuando te cures? Le digo: Tranquila. Todo va a estar bien.

Y aunque no soy un doctor chino, y aunque voy a estar toda la noche despierto haciendo vainas, y aunque me hacen falta un par de horas extras al día, y aunque Venezuela se cae a pedazos con mi familia encerrada ahí, y aunque los zombis invadan la ciudad y llenen a todo el mundo de huevos podridos, pintura y escarcha, sé que va a ser así.