• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Santiago Zerpa

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Durante cinco años utilicé el metro como vía de transporte. Me montaba todos los días en la estación Chacaíto y me bajaba en Antímano para ver clases en la universidad. Como muchos, desarrollé una extraña habilidad de leer en casi cualquier posición mientras lograba sujetarme con una mano de alguna arandela, extrayendo mi mente del tufo, el reggaetón y el calor de la hora pico. Pero también heredé una extraña manía de observar. Mientras leía y pasaba las páginas, levantaba la vista. Entonces por fin me daba cuenta de algún vendedor de chucherías que te aseguraba que lo vendía a la mitad de su valor, de la señora que pedía dinero para su moribunda hija ingresada en el Pérez Carreño (la cual había mantenido, milagrosamente, la misma edad y condición crítica durante cinco años), los estudiantes de algún colegio de sordomudos que empezaban a reírse entre señas que solo ellos conocían, y por supuesto, de los libros que otras personas, como yo, lograban leer a pesar del infierno que se armaba en aquel vagón de pocos metros cuadrados. Ahí entendí que el venezolano es acérrimo lector de Paulo Cohelo y demás tomos de autoayuda o autosuperación que hay en el mercado. Veía a señoras intentando descifrar quién se había robado su queso, ejecutivos comprendiendo que la culpa de su presente era por haber tenido un padre pobre, una secretaria analizando si el ganado vacuno era culpable o no de sus desdichas, y hasta un chamo, liceísta, imaginándose cual monje manejando un Ferrari. La gente leía esos libros con cara de concentración, intentando sustraerlo todo, succionar cada partícula de información necesaria para mejorar su vida en un futuro inmediato a base de consejos “altamente efectivos”.

Cada mañana pasaba por la salida a la autopista de Santa Mónica, aquella esquina desastrosa donde se alza un Crema Paraíso en decadencia, fiel reflejo de nuestra sociedad actual. En aquella calle que se convierte en embudo, siete canales que se vuelven uno, donde normalmente hay una alcabala, de esas innecesarias, donde los Guardias Nacionales ni siquiera revisan los carros sino que se limitan a engrosar el tráfico, proliferan los vendedores. Hay un señor que vende nísperos, otro que vende mp3 “variaditos” con mix de su propia autoría, una señora gorda con tantos plumeros que parece un vestido de carnaval. También hay un señor torcido que mantiene sobre su hombro una pequeña biblioteca de los bestsellers caraqueños. Aún con sueño lograba reconocer en aquellas carátulas las mismas letras chillonas que adornaban los textos de los lectores del metro. Pero, aparte de los libros de autoayuda, el señor torcido también vendía otra clase de género igual de terrible y popular: la política sensacionalista. Cien tomos de Chávez en sus diferentes facetas: cuando estaba joven en Barinas, en la cárcel, la verdadera historia jamás contada, el caso Chávez, la telaraña del chavismo, los secretos de su viaje a Cuba, el legado, lo que siempre quisiste saber de Chávez y nunca te atreviste a preguntar, etc. Tanto en contra como a favor, los libros que hacían referencia al expresidente se apilaban en una enorme columna que se vendía al final del día. Al lado se levantaba otra torre, de libros de otros políticos, de oposición, de Simón Bolívar en tal lugar tomándose un guayoyo mientras escribía tal manuscrito en una edición nunca vista. El libro del doctor Chirinos, el pequeño diccionario para entender al doctor Chirinos, el manual para evitar próximos doctores Chirinos en el futuro y volverte rico en el proceso. Una tercera columna, tan terrible y peligrosa como las demás, era la de las novelas de estación. Ahí se levantaban los éxitos del momento, aquellos que pronto serían llevados al cine, y que las niñas que quince años o las mujeres cuarentonas leían entusiasmadas. Había pasado Dan Brown, con cuatro o cinco libros, hasta que fue suplantado por los vampiros llenos de escarcha de Stephenie Meyer. Luego se olvidaron de los vampiros y la moda fue el sadomasoquismo hecho telenovela de la saga de Cincuenta Sombras de Grey. Ya en los últimos días los cursis libros de John Green se estaban adueñando de la situación. Todo eso se aglomeraba sobre aquel torcido señor, todos aquellos libros que parecían no verse afectados por la falta de papel en el país y que competían salvajemente entre ellos por ofrecer el ángulo nunca visto, la solución a tus problemas, la historia secreta que no te atrevías a leer, el romance que en verdad deberías haber vivido. Era increíble ver como aquellos bestsellers eran devorados los unos por los otros. Y también terrible, porque lograbas entender que el venezolano compra libros que de una forma u otra, intentan alterar su realidad. Ya sea por conseguir más dinero o poder, o intentar entender una realidad histórica que se ha vuelto surrealista, personajes públicos que son estrellas pop, o conseguir aquel amor que es imposible entre la realidad estereotipada de perros y cuaimas. El venezolano lee por estar insatisfecho, por ser un inconforme, por ser también flojo y vivo prefiriendo utilizar un libro para que le resuelva los problemas de su vida.

Y claro, también había personas que leían otras cosas en el metro. A veces podía reconocer un Stephen King a lo lejos, uno que otro Cortázar, en extraños casos personas leyendo literatura nacional. Pero son casos aislados, casi inexistentes entre el bajo margen de la lectura en general. Admito que una vez me emocioné con un niñito que leía excitado un suplemento de Tintín, o con una niña que, concentrada, movía la boca al ritmo Allan Poe. Niños que sabían que los libros no sirven para resolver los problemas, sino para salvarte de ellos. Casos rarísimos que me hacían pensar que no todo está perdido.