• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Santiago Zerpa

Lector en extinción

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Recuerdo que cuando era niño pasaba mis tardes creando historias increíbles con mis juguetes o construyendo naves espaciales con mis legos. También me la pasaba leyendo, y mis libros de Tío Conejo acompañaban las historietas de Tintín como mis tesoros más preciados. Mis padres me inculcaron la lectura, y se los agradezco más que nada en el mundo, pero después me apropié de la práctica. O, mejor dicho, lo volví un hábito, algo que forma parte de lo que soy. A medida que crecí devoraba más y más páginas, y a pesar de eso hoy en día sufro por todo lo que me falta leer. Creo que de eso se trata ser lector, de siempre tener hambre de más. Un hambre que va creciendo mientras más libros lees, mientras descubres nuevos autores, mientras relees por segunda, tercera, cuarta vez. Leer es un oficio, uno difícil y masoquista, que te deja en la boca esa sensación salada de querer seguir devorando a pesar de estar lleno.

Siempre he pensado que nací para leer. Sin embargo, ¿se nace lector? Si es así, cada vez nacen menos, o es lo que parece. Vivimos en una generación de lo inmediato, de la tecnología en la palma de la mano. Ya los niños no deben esperar a llegar a su casa para jugar al Nintendo, ni comprarse un Game Boy para jugar fuera de casa. Todo el mundo tiene un celular que cada vez se vuelve más computadora que teléfono. Con la capacidad de tener en tu bolsillo cualquier videojuego, ¿qué niño va a querer leer un libro mientras espera su cita con el odontólogo? Pero la cosa va más allá. Los padres, que antes leían y devoraban las revistas de la sala de espera, ahora también se la pasan conectados al celular. Las revistas se llenan de polvo y se vuelven una decoración tácita del lugar. El niño juega con su celular mientras celebra los goles que va metiendo en su partido de fútbol. Los padres también con la mirada fija en sus respectivos celulares van perdiendo la noción del tiempo, del espacio, de todo.

La tecnología es maravillosa y es estúpido estar en su contra, ese no es el problema. El problema es que vivimos para y por un efecto de inmediatez. El tiempo pasa cada vez más rápido y no nos rinde. Preferimos comer en el AutoMac porque no da chance de ir hasta la casa a cocinar el almuerzo. Vivimos estresados mirando el reloj, mientras nuestra vida se nos va escurriendo entre la cola del supermercado, la cola para depositar un cheque en el banco, la cola para pagar la cuenta del celular, la cola infinita de carros que te lleva hasta el trabajo, o hasta tu casa, o a cualquier lado. Cuando te das cuenta es de noche, te duermes, y todo vuelve a empezar. Se te van los días, las semanas, y no has hecho ni la mitad de lo que tenías planeado hacer. No tienes tiempo para acostarte en la cama y empezar a leer un libro. No, el tiempo se te va en demasiadas cosas como para pensar en eso. Necesitas más horas de las que tienes. Todo tiene que ser ya, y rápido. Por eso la mayoría de los periódicos y páginas web se han vuelto herramientas de la inmediatez. Expertos en crear un buen título que resuma toda la información para que, de esa manera, puedas leerlo en cuestión de segundos. Abres Twitter y en menos de cinco minutos ya estás enterado de todo lo que sucede en el mundo. Veinte títulos son tu resumen de los acontecimientos mundiales, y ni se te ocurre abrir el link para leer la noticia completa. Si lo hicieras, sin embargo, te encontrarías con una página (o menos) de información condensada que de cierta forma sigue siendo lo mismo que el título pero con más palabras. Seguramente te encuentras con un video, que te narra la noticia para que ni siquiera tengas que leer la página de información. Información que se repite, además, de forma idéntica en todos los demás medios. Así que si lees un título leíste todos los demás. Listo, rápido. No pierdes tanta vida con 140 caracteres. Y Twitter es solo un ejemplo, porque si miras tu muro de Facebook pasa exactamente lo mismo, o tus conversaciones de Whatsapp. Oraciones cortas, inconexas, que se resumen a pocas emociones y a un montón de emoticones que suplantan las palabras.

En la literatura también se ve el efecto de la inmediatez. Los cuentos vuelven a ser populares y la microficción se abre campo a pasos agigantados. España promueve alrededor de 40 concursos de microficción (menos de 100 palabras) al año. Argentina unos 20. Venezuela unos 10. Y no es algo malo, para nada. La microficción es un género increíble y he leído en 2 líneas cosas más poderosas que en 300 páginas de una novela. Pero es innegable que algo ha cambiado. Que la gente lee cada vez menos y en menores cantidades. Y lo peor es que se está volviendo algo común. Es normal que se gradúen universitarios que solo han leído los textos obligatorios de la carrera, y eso por necesidad de graduarse. Para mi horror he conocido a personas que, entre risas, admiten que no han leído un solo libro en su vida. Y no son personas de bajos estratos sociales o que no han recibido la suficiente educación. Simplemente es algo que ven extraño, innecesario, ajeno. Sí, quizás la literatura nunca ha sido de muchos, pero leer debería ser algo de todos. Muy atrás quedaron los días cuando el padre se sentaba a desayunar leyendo el periódico y los niños se dormían escuchando un cuento. Hoy el padre no se lee ni los ingredientes de la caja del cereal que está comiendo, prefiere darle retweet al título genérico de una página sensacionalista. Hoy los niños no leen ni escuchan cuentos antes de dormir, sino que se acuestan comentando sus estados de Facebook o dándole like a las fotos de Instagram. Leer es perder tiempo que se puede emplear en otras cosas que de inmediato dan satisfacción.

Creo que los lectores nacen, pero que también se hacen. Como dije antes, leer es un oficio, pero es algo que se debe mantener, ejercitar. Me niego a creer que con tanta inmediatez ya no hay espacio para sentarse un día entero a devorar una novela, un libro de cuentos, un poemario. La lectura es un escape de aquella realidad que nos devora, y hay que verla como una salvación ante la falta de tiempo que nos consume rápidamente y en contra de nuestro consentimiento. Entre páginas las horas se vuelven días, recorriendo años, vidas enteras de personajes. Así que de cierta forma ganas tiempo leyendo. De cierta forma, vives el doble. Leer las mil ciento y pico de páginas de El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon, o las breves líneas de Javier Jiménez Emán. Recorrer con sudor en la frente los poemas de Alejandro Castro, o los cuentos de Hemingway. O no, quizás alejarte de la ficción, y meterte de lleno en la historia, en la política, en el periodismo, en la física cuántica… pero leer. Hay que leer y ejercitar aquel oficio. Hay que llevar un libro adonde vayas y darle un vistazo a las páginas cada vez que puedas. Revisar en Internet y, aparte de los blogs políticos o gastronómicos que abundan en exceso hoy en día, volver a aquellos lugares que dicen las cosas que no encuentras en otros lados. Llevar en el celular un libro de cuentos que revisas mientras esperas a que la secretaria te llame por tu nombre. Usar la tecnología a tu favor y luchar contra la inmediatez. Aunque sea difícil, masoquista, y te deje hambriento de más. Pasar una tarde leyendo no es perder el tiempo, es ganarle al tiempo.