• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Internet Junkie

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La película nos la había recomendado una amiga de Ari. El flyer era confuso, mucho morado, muchas preguntas, pero el título estaba claro: Internet Junkie. Otra cosa también estaba clara, detrás del flyer había un link de Youtube, y una premisa sencilla: “Hagamos una apuesta: mirá el tráiler. Si te gusta, venís; sino, olvidála”. Regla número doce para mí mismo: nunca obviarás un link que llegue a tus manos. Entonces me metí en esa plataforma de videos atiborrada de Rubius y gente rara, escribí en el buscador las palabras Internet + Junkie + Trailer, y apareció (aquí les dejo el link). 59 segundos de más confusión. Un hombre que besa un espejo, una mujer abrazando una laptop, Argentina, México, Israel. Ah, también aparecía el culo de un perro Pug y un niño con afro. No sabía si me había gustado o si quería ir a la premier de dicha película que, en teoría, comenzaba dentro de dos horas. Ari me escribió un mensajito de Whatsapp: “¿Entonces vas a querer que vayamos a la película esa?”. Mis dedos dudaron un segundo antes de responderle “sí”. La apuesta del flyer, a pesar de todo, había funcionado.

Revisé en el mapa del celular la dirección. Un autobús, el 39, me dejaba a una cuadra del cine que se encontraba diagonalmente al obelisco. Veinticinco minutos de trayecto. Ari llegó a la casa y nos pusimos un suéter porque el clima en Buenos Aires siempre es extraño y, aunque haga calor, de pronto puede cambiar en cuestión de segundos y entonces empiezas a congelarte. Cruzamos la calle para esperar el 39. Esperamos. No pasaba. “Comienza en una hora, si no, agarramos el metro, pero hay que caminar más”. Un señor gordo que estaba frente a nosotros se cansó de esperar y paró un taxi. La fórmula mágica surtió efecto: siempre que alguien se va en taxi por fastidio a esperar, aparece el autobús. Gracias señor gordo. Nos montamos y nos fuimos recorriendo en líneas rectas las calles porteñas que de noche lucen un poco menos sepia de lo que en realidad son. Pasamos frente a El Cuartito, quizás la mejor pizzería de pizza argentina de toda la ciudad. La fugazzeta que hacen ahí es un pedazo de paraíso materializado en masa, queso, masa, cebolla y más queso. Ari me miró a los ojos con cara de hambre y me dijo “tengo hambre” (obviamente, pensé, es imposible pasar por ahí y no querer bajarte). Le prometí que íbamos cuando saliéramos del cine, que ya estábamos llegando tarde, y que como era una premier quizás ya no teníamos entradas. En verdad, ahí fue que lo pensé, no sabía a qué estábamos yendo. Saqué el flyer del bolsillo: no logré descifrar nada. Bueno.

Llegamos a la parada, caminamos y cruzamos la calle, pasamos frente al enorme Teatro Colón y su par de guardias que revisaban sus celulares. Caminamos un poco más. ¿Cuál era la calle?, no había señalización ni numeración en ningún lado. Volví a sentirme en Caracas y una necesidad de que alguien me indicara a través de señas y referencias absurdas (después de la mata e’ mango, cruza, y es frente al portón blanco pa’ allá) se apoderó de mí por unos breves y terribles segundos. Ari me señaló un pequeño edificio iluminado con algunas personas paradas fuera de él. “Debe ser ahí, ¿no?”. Caminamos hasta el edificio y, en efecto, era ahí. Había unas diez personas esperando a que fuera la hora para entrar. Todos jóvenes, hipsters, con gruesos lentes de pasta, barbas, cabellos pintados y cámaras fotográficas guindadas al cuello. Yo alcé la mirada y verifiqué que estuviésemos en el centro, que el obelisco se irguiera frente a nosotros, que mendigos inmundos durmieran a escasos metros, que el suelo estuviese sucio, pegostoso y con olor a orine seco. Verifiqué todo y me pareció absurdo el grupito de hipsters sentados frente al cine. En fin. Entramos y, obvio, quedaban muchas entradas. Las compramos y salimos, todavía faltaban veinte minutos para que comenzara la función. Ari seguía con hambre y nos fuimos caminando un par de cuadras para conseguir un kiosco. Llegamos a Corrientes, llena de gente e iluminada tipo Las Vegas. Había un kiosco como en cualquier esquina de la ciudad. Ari pidió un paquete de galletas mientras yo observaba unos peluches horribles y llenos de polvo que exhibían sobre los chocolates. Salimos del kiosco y vimos a un chico lanzando basura en la calle, justo al lado de un basurero. El chico hablaba por teléfono y alcanzamos a escuchar un “…qué ladilla esta jeva pana…”. Respiré profundo. Regresamos al cine y ya estaban empezando a entrar. “Es bajando las escaleras, sala tres”, dijo la cajera. Entonces le hicimos caso, bajamos las escaleras, caminamos por un pasillo y llegamos a una sala amplia que se dividía en tres caminos. Me sentí en una película, en una de esas en las que el héroe debe decidir, sin dudar, la ruta correcta que lo llevará sano y salvo a su destino y evitar las otras que son trampas mortales. No había nadie a quién peguntarle. Ari fue al baño que estaba ahí mismo mientras me dejaba deducir la solución. Del primer pasillo, el de la izquierda, salieron dos lesbianas que se besaban gráficamente a medida que caminaban sin ver y, de forma milagrosa, esquivaban obstáculos. Desaparecieron por una escalera. Ari salió del baño, y solo supe decirle que creía que el pasillo de la izquierda no era el correcto. Nos fuimos por el de la derecha. Apareció un chico pálido y sudado parecido a una lagartija. Nos pidió los tickets, los rompió en pedacitos y nos pidió que siguiéramos hasta la última puerta. El pasillo se iba volviendo cada vez más estrecho y oscuro. Había puertas de madera cerradas con cadenas. Llegamos a la última, que estaba semiabierta, y que tenía un antiguo y dorado número tres guindándole encima. Entramos a la sala con los diez hipsters que estaban afuera. Nos sentamos un poco atrás y a la derecha y empezamos a comer las galletas que habíamos comprado. Un minuto después se apagó la luz y empezó la película que intentaré resumir de forma correcta y sin spoilers a continuación:

1)                Un coronel mujeriego que juega ajedrez online.

2)                Una pareja de jóvenes que tienen dificultades y adoptan un Pug.

3)                Un niño mexicano con afro que vive en medio de una familia que apenas habla.

4)                Una mujer que se acuesta con todo el mundo.

5)                Un israelí maestro en artes marciales chinas.

Esto era la película, o al menos parte de ella. En realidad es más de lo que acabo de enumerar. Cinco historias seudoconectadas, bien redondas desde la parte del guion, bien sencillas desde la parte de la historia, pero bien grabadas. Buenas actuaciones y personajes interesantes. Escenas bien logradas. Es decir: me gustó. A Ari también. Hay veces que las apuestas terminan siendo buenas decisiones. Salimos del laberinto del cine a la superficie. Los hipsters hablaban y se tomaban fotos los unos a los otros. Ari le preguntó a uno de ellos si sabía quién era el director. Nos lo señaló con un dedo. Nos acercamos. Un chico alto nos estiró la mano y saludó. Estaba pendiente de lo que pasaba a su alrededor, de los comentarios, de los abrazos que le daban sus amigos que habían venido a la premier. Ari le dijo que habíamos venido por su amiga. Entonces Alexander (así se llama) volteó y nos miró antes de preguntar: “¿Qué les pareció?”. Nos gustó, le dijimos. De verdad, añadimos, como para que se quedara tranquilo y se diera cuenta de que era… verdad. Alexander medio sonrió (en verdad hizo una mueca extraña) y se puso a abrazar a una chica con el cabello azul que venía a abrazarlo. Nos despedimos. Nos fuimos caminando de regreso, pasando de nuevo frente al Teatro Colón y su par de guardias adictos a las redes sociales.

—¿Cómo es que tu amiga lo conocía?

—En el metro. Lo conoció en el metro del DF.

Habíamos ido a la premier de un argentino/mexicano/israelí en un cine extraño y laberíntico del centro de la ciudad. Un chico que una amiga de Ari había conocido en el metro. Pasamos frente a El Cuartito pero ya las galletas habían aplacado el hambre y decidimos no entrar. Nos fuimos a la casa en el 39, volvimos a recorrer las mismas calles, subimos hasta nuestro departamento. Me saqué el arrugado flyer de bolsillo. Seguía siendo morado, confuso y con demasiadas preguntas. Pero ahora me gustaba, no sé por qué.