• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Inherent Vice

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Doc Sportello: So, what've you been up to?

Japonica Fenway: Escaping, mostly, and I escape real good.

 

Paul Thomas Anderson es uno de mis directores favoritos. Recuerdo que cuando vi Magnolia por primera vez, me quedé atrapado en medio de aquella extraña gama de personajes que parecía imposible que pudiesen convivir juntos en el mismo planeta. Pero lo hacían, de una manera tan precisa y hermosa que sus historias se entrelazaban de forma tan perfecta como una bufanda de crochet. Aquella composición de grandes actores, y un guion absurdamente genial, era una combinación que atrapaba. El seudomusical, los silencios, la lluvia de ranas que marcaba un punto y aparte en la manera que iba a ver cine de ahí en adelante. Me volví un fan de Anderson, de esos que no se la pasan leyendo y averiguando todo lo que hace y acontece en su vida pero que, sin embargo, lo ve diligentemente y admira su genio una y otra vez. Desde Boogie Nights hasta The Master, su estilo oscila por gamas de una misma paleta que no deja de redescubrirse y de plantear preguntas en la forma en la que se hace cine. Inherent Vice, su última película, no es la excepción.

Aunque fue lanzada en 2014, todo iniciaba cuatro años antes mientras escribía y filmaba su película The Master. Lector acérrimo de Thomas Pynchon, se propuso desde ese entonces hacer algo que nadie había podido/querido/atrevido a hacer: adaptar uno de sus textos y llevarlo a la pantalla grande. Aunque en un principio se había decantado por Vineland (1990), al final la novela escogida no fue otra que Inherent Vice, donde en sus 384 páginas se narra la maravillosa y caótica vida de Larry “Doc” Sportello, que intenta encontrar al novio de su exnovia. Fue amor a primera vista para Anderson, quien sintió una gran atracción por los laberínticos personajes de Pynchon, aquel mundo infestado en drogas y descontrol que describía con pelos y señales el caos mental por el que todos eran víctimas y verdugos de principio a fin, la psicodelia, el descontrol y el orden como leitmotiv de las acciones de un “Doc” que se va sumergiendo en aguas más profundas de lo que su escasa sobriedad puede controlar.

Con un gran reparto de actores como nos tiene acostumbrados (haciéndome demasiada falta Philip Seymour Hoffman, uno de sus predilectos) las actuaciones no se descuidan ni un segundo. Joaquin Phoenix logra representar a un formidable “Doc” Sportello sumido en su paranoia personal, en un papel quizás igual de enorme y complejo como el que anteriormente había realizado en The Master. Josh Brolin  interpreta a un policía, sí, de nuevo. Pero el personaje del teniente “Bigfoot” es tan pedante, terrenal e irreverente que logra sacarlo del encasillamiento de sus antiguos papeles y enemistarte con él. Las breves apariciones de Reese Whiterspoon, Benicio Del Toro y Martin Short son hábiles, sencillas y lo suficientemente inteligentes para no caer en los clichés y hasta causarte una carcajada en medio de tanta incongruencia y descontrol. Y hasta Owen Wilson lo hace bastante bien, y nos hace creerlo como un exadicto/encubierto, muy lejano a sus papeles en las películas de Wes Anderson, por ejemplo. Estos personajes, y todos los demás que van apareciendo como en un desfile de modas, unos detrás de otros, cada vez más extravagantes, absurdos e incomprendidos, son traspuestos desde las páginas de Pynchon con gran habilidad y delicadeza por parte de Anderson; quien los dota de sus propios colores pero que mantiene la esencia del anonimato, de lo que no se dice, porque a pesar de la complejidad de todos ellos es difícil llegar a conocerlos de verdad. Ni siquiera “Doc” se nos descubre a través de la película, siendo el protagonista. Todo lo que vemos, o sabemos, es porque él mismo nos lo dice. Aunque su subconsciente nos habla y no debería haber secretos, el resultado es todo lo contrario. Mentes como cajas chinas. Al menos en eso Pynchon debería estar feliz.

Aunque Inherent Vice deja muchos cabos sueltos en cuanto a la novela de Pynchon, se nota el trabajo y el estudio que hay por detrás. La adaptación resultó una proeza por parte de Anderson, quien se echó encima un reto casi imposible. No es una película que supera la novela, pero tampoco me gustan esos términos. Anderson logra, eso sí, una visión muy particular del texto original, siendo fiel donde debía serlo, alterando códigos necesarios para una buena resolución ante la cámara. Y en medio de sus característicos planos secuencias, sus tonos pasteles y fluorescentes, sus referencias a Cheech y Chong y a las novelas Noir de Raymond Chandler, se encuentra el espíritu auténtico y anónimo de Pynchon. Por momentos de la película pareciera que estuvieses sumergido entre las páginas, y aunque sea por esos breves segundos, podría decirse que la misión está cumplida. Corrió el riesgo de lanzarse al vacío sin saber qué le esperaba abajo, y cayó de pie. Solo espero que siga siendo valiente.