• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Santiago Zerpa

Golpeando a la vejez

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Mickey Rourke ganó hace poco una pelea de boxeo, después de dos décadas de no subirse al ring. La pelea fue todo un show; cientos de aficionados se reunieron en Moscú para ver cómo la estrella de cine vencía por nocaut técnico en el segundo round. Cuatro minutos le bastaron para vencer a Elliot Seymour, rival de 29 años. Un boxeador estadounidense que luego admitió que la pelea había estado pactada y que necesitaba el dinero ya que es un vagabundo y duerme en los bancos de las plazas. Sin embargo, que la pelea estuviese arreglada o no es lo de menos, de eso no pienso hablar en este artículo. Lo que importa en realidad es que Rourke, con 62 años, se subió al ring. Que mostró su gran estado físico, que lanzó golpes como un poseso, que hizo de un show internacional su gran regreso al cuadrilátero. Con sombrero vaquero y guantes dorados, lleno de arrugas y un rostro deformado por los golpes y el exceso de bótox, celebró y gritó al mundo que sigue vivo, que tiene ganas de más. Apareció en todos los periódicos, canales de televisión y páginas web, y se salió con la suya. Con trampa o sin ella, yo creo que es admirable.

Conozco muchas personas de sesenta años que son ancianos, más viejos en cuerpo y alma que muchos abuelos que podrían ser sus padres. Gente que se dejó consumir por la vida y que esperan a que sus años terminen de pasar. Sesenta años no son noventa, y me parece absurdo pensar que estos individuos decidieron apagar la mecha demasiado temprano. Quizás por temor, o por cansancio, o por no atreverse a hacer el ridículo, o a fallar… quién sabe. No obstante, pienso que bajar los brazos antes de tiempo es una equivocación. Un buen ejemplo de esto es Charles Bukowski. Con cincuenta años decide dejar la oficina de correos donde trabajaba y dedicarse a su verdadera pasión: la literatura. A partir de entonces es que empieza a vivir de verdad, a escribir desenfrenadamente, a publicar, a volverse un escritor de renombre, de culto, al que seguían y al que imitan hasta el día de hoy. Si Bukowski hubiese bajado sus brazos muy rápido no hubiese existido. Nadie sabría que ese viejo y borracho cartero tenía un talento y una sensibilidad increíble para plasmar en letras el mundo que lo rodeaba. Se hubiese muerto, como cualquier otro cartero del mundo, y ya. Menos mal que decidió no bajarlos y que se atrevió a escribir. Menos mal que se dio cuenta de que su mecha todavía era muy larga y la mantuvo encendida. En veintitrés años vivió lo que no había vivido en los otros cincuenta. Repuso el tiempo perdido y su vida. Se dio cuenta de que se estaba avejentando en una oficina de correo y decidió darle un mordisco a la vida antes de que esta lo sepultara poco a poco. Hasta escribió el guion para una película en la cual el propio Mickey Rourke (que en ese entonces no boxeaba, sino que más bien era un sex symbol) lo encarnaba entre botellas de cerveza. Vivió plenamente, cincuenta años tarde, pero vivió.

Mick Jagger y Keith Richards tienen 71 y 70 años, respectivamente, y son dos de las personas más increíbles que conozco. Siguen tocando y creando como siempre lo han hecho. No se cansan de grabar, de hacer giras por todo el mundo, de participar en otros proyectos musicales, de escribir libros. Woody Allen acaba de cumplir 79 años y sigue creando obras maestras. Año tras año dirige grandes películas y sigue reinventándose como escritor, director y actor. Declaró que ahora es que le falta camino por recorrer, y le creo. Bruce Willis va a cumplir sesenta años y sigue disparando, explotando cosas y pateando traseros en todas las películas en las que actúa. Clint Eastwood tiene 84 años. Sigue actuando y dirigiendo como solo él sabe, fumando, gruñendo, un badass que hay que respetar y temer a pesar de sus arrugas. Martin Scorsese tiene 72 años y sigue, sin discusión, dando cátedra de su genio con cada película que saca. Sin irnos tan lejos: Rafael Cadenas tiene 84 años, y creo que sigue siendo una de las voces más actuales y renovadas de la literatura venezolana. Todos ellos están lúcidos y completos porque siguen haciendo lo que les apasiona. Porque creen en sí mismos, y saben que todavía pueden seguir creando cosas maravillosas sin importar la edad. Son unos auténticos rockstars de la vida.

Mi padre, Carlos Zerpa, tiene 64 años y es la persona más joven que conozco. Muchos de sus amigos contemporáneos parece que le doblaran en edad. Pero él sigue pintando cuadros como nunca, creando personajes y obras de arte que se le aparecen en sueños; planificando exposiciones, instalaciones y performances que planea hacer de un momento a otro. Es un jodedor, y no hay forma en que puedas estar serio por mucho tiempo si estás a su lado. Mi padre escucha rock & roll igual que como lo hacía cuando tenía dieciocho años y soñaba con estar en Woodstock frente a sus ídolos. Está lleno de tatuajes y solo piensa en hacerse el próximo. Sigue leyendo, estudiando, escribiendo, viendo películas, creando sin cansancio. Ha recorrido la mitad del mundo y sigue planeando recorrer la mitad que le falta. Y sí, ahora tiene canas, pero eso es solo el color de su cabello. Como Mickey Rourke, no tiene miedo de montarse en el cuadrilátero y recibir unos cuantos golpes. Sabe que si se cae tiene todo el tiempo del mundo para pararse de nuevo. Pero, sobre todo, sabe que puede seguir ganando combates. Que no va a apagar su mecha y que si la vida desea entrometerse va a recibir unos cuantos ganchos y uppercuts. Que todavía le falta mucho para guindar los guantes.

Yo quiero ser como él.